¡Se buscan las palabras!

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo
Ilustración de Cachorro

¿Escribir un diario? ¿Por qué? ¿Para qué? Creo que el simple hecho de preguntármelo así de tajante, con ese compás de tambor sordo y trascendente, me quita las ganas de escribir.

Escribir un diario no es como escribir un himno, al contrario es un rumor solitario, sin grandes hazañas ni coros celestiales, es el silbido nervioso con el que me acompaño cuando me siento solo.

Escribir un diario es intentar desamarrar un nudo ciego en el zapato, palpar a tientas en nuestro cuarto, buscar las palabras sin adornos y sin tantas cortesías, como nos hablaría un amigo.

Este encierro por miedo a contagiarnos se parece a un mal amor que amenaza con matarnos y que no queremos volver a ver y que, sin embargo, hagamos lo que hagamos, toca aceptar que va a seguir ahí y que no hay otra opción que acostumbrarnos.

Escribo este diario porque es la única forma de hacerme compañía, y entiéndanme queridos vecinos que NO me siento solo ni estoy reclamando más visitas, ¡NO! Muchas gracias.

Cuando digo compañía estoy pensando en un solo visitante, muy observador, callado y sensible que habita dentro de mí. Escribir este diario es tener la paciencia para que él aparezca. Y cuando lo hace y toma la palabra, jamás lo hace con la solemnidad del ¿por qué? o el ¿para qué? Simplemente quiere acompañarme en todos mis estados de ánimo como si fueran paisajes en los que voy quedando atrapado, paisajes que son importantes sobre todo para mis emociones olvidadas.

Hoy, por ejemplo, una ambulancia va camino a recoger a un ser querido para llevarlo al lugar menos querido por esta época de pandemia.

Mi papá va rumbo a una clínica. Lo hospitalizan por un problema circulatorio en sus piernas, la verdad, lo que ya comienza a llevárselo son sus noventa años. ¡Qué ironía! Lo más saludable que hoy tiene mi padre es el olvido. No es sino verlo con esa sonrisa sincera, sin el lastre del presente, tan alejado del miedo a contagiarse.

Hoy sale de su casa el ser más saludable, no lo oí nunca quejarse, hablar de enfermedades no era lo suyo, aunque tenía su propio remedio: Vick VapoRub, un ungüento de mentol y eucalipto que recetaba para todos nuestros males. Hoy este roble que nos enseñó a ser rectos y fuertes, sale tumbado en una camilla con sus piernas ulceradas y eso me duele.

Hoy sale de su casa, sereno, el hombre más casero, un ejecutivo que siempre llegó a su casa sin falta a las cinco de la tarde, directo a su jardín, a podar sus rosas blancas y a elegir al azar el nombre de uno de sus seis hijos para que recogieran los tallos y hojas que iba dejando en el camino.

Hoy sale de su casa un hombre que nos formó de manera firme y recia, para que nuestras vidas resistieran los embates del tiempo. Un fiel caballero de su credo extremo y muy personal que reza así: “Al que madruga… y se baña y se viste elegante, ¡INCLUSO LOS DOMINGOS!, Dios lo ayuda”.

Con su habilidad manual y su manera de ser exigente como el que más me alejó sin quererlo del mundo de las herramientas, me hizo odiar la llave de tres octavos, el cortafrío, el calibre de las brocas, la llave alemana y el hombresolo, todavía los confundo.

Sin embargo, otra fue su lección después de tantas sesiones fallidas por mi manera torpe y tensa de usar un destornillador estrella. Comprendí que lo que tuviera que componer en mi vida adulta tendría que hacerlo con la escritura. Descubrí que cuando trabajaba con las palabras, mi cara tomaba ese mismo aire de placer y tranquilidad de mi papá desarmando y armando la estufa, la aspiradora o un tomacorriente.

Hoy mi maestro y mi oponente, mi contradictor y mi sparring no sale de pie de su casa, alguien que siempre fue vertical hoy es un cohete que ya no apunta al cielo, y me duele saber que mi ejemplo de fortaleza se desvanece, que a los noventa años, cuando lo lleven lejos a otra cama, sin su entorno familiar, sin su mesita de noche, sin sus paredes, seguro seguirá luchando por su vida, ascendiendo por la parte más pendiente, sin cuerdas de seguridad, con las manos cansadas y con ganas de soltarse.

Hoy sale de su casa Rubén Antonio Dueñas Rubiano, sin que ninguno de sus hijos podamos acompañarlo. Espero que no sienta el miedo que yo sentí a los ocho años cuando me sacaron igual, de urgencias, para dejarme en el pabellón de contagiados del Hospital Infantil Lorencita Villegas porque tenía difteria. En esa ocasión, “por fortuna” para mí, no había camas disponibles y tuvieron que regresarme a mi casa en El Recuerdo, mi mejor remedio.

Mi papá ya tiene su cuarto en la Clínica Shaio y no puedo imaginar que va a pasar con su alzheimer cuando despierte mañana en un espacio totalmente blanco, con el televisor incrustado entre el techo y la pared, barandas metálicas y sin su esposa, Yolanda, a su lado, con la que ha dormido por más de sesenta años.

Un diario es inventarse un lago imaginario al que podamos tirar palabras como piedras para desahogarnos.

La tristeza es un puño

Una sombra arropada por otra sombra, así me siento entrando en este hospital en medio de la pandemia para ver a mi viejo que poco a poco se apaga.

En la semana que duró su agonía, fuera de la casa, un viento recio y frío fue tallando el rostro de mi padre, primero pulió el mentón y luego pronunció sus pómulos hasta copiar en él la cara de su madre, mi abuela Emilia.

Lo que vino después es el triste gesto de una vida que nos da la espalda y se marcha. Unos ojos que aún brillan como dos gotas de agua de un pozo que se seca. Un silencio que avanza. Alguien que se aleja de nosotros, del mundo y de su propio cuerpo. Al final son horas lo único que queda para recordar una vida, como cuando volvemos a las casas en que vivimos momentos importantes, a recorrer sus recuerdos entre paredes que ya nada abrazan.

Llega la muerte. Llega sin rabia.

Nunca había visto a mi papá durmiendo, hasta hoy, 5 de agosto a las 3:56 de la tarde, que se me ha muerto.

Su cara tiene la blancura de la nieve, la lejanía de la nieve, la soledad de la nieve. Esa complicidad transparente de volver a ser un niño, y de poner mis dedos en sus párpados, y cerrar los míos para jugar, la última vez, en este invierno de mi sangre, a volver a hacer su alma con mis manos, a levantarla otra vez como un muñeco de nieve, con ese esplendor que me consuela, con esa inocencia que me quema, con esa fragilidad de cristales derritiéndose que le dice a mi llanto que nada es para siempre. Nunca había visto a mi papá durmiendo, y ahora que lo veo, no quiero despertarlo. Y no quiero hacerlo, no porque lo sienta lejos. Al contrario. No quiero porque cuando cerré mis ojos y puse mis labios, por última vez, en su frente, abismo insondable, yo crucé de su lado y ahora los dos vivimos debajo de sus párpados. Él esperándome… y yo soñándolo.

Abro mis ojos y ya no está, se ha ido. Sin embargo, falta otro adiós menos poético, el del hospital, el de tener el veredicto médico de que fue una muerte natural, tan necesario en esta era de tanto miedo al contagio; el de pagar las cuentas y dejar su cuerpo como una encomienda sentimental en manos extrañas.

La carroza mortuoria llegó por mi viejo pasada la medianoche, como un ladrón de casas, sin trompetas celestiales ni corceles negros, en una camioneta gris, con un hombre impasible de overol azul en su rutina de meter en una funda oscura y plástica los cadáveres y embalarlos en bandejas metálicas.

A la una de la mañana, el silencio de la muerte se rompe como un fino jarrón, con el interrogatorio de un empleado diligente y trasnochado, en medio de un decorado triste, la puerta de atrás de un hospital dormido. El personaje macabro hace inventario de la ropa recibida para ponerle al muerto, y pregunta por la clase de maquillaje, si tenue, natural o más expresivo; por la posición de las manos, si cruzadas o a los lados; por el peinado para la ocasión, si para delante, para atrás o de lado… una triste coreografía que anuncia que llegan del adiós sus detalles crueles.

Solo queda esperar un turno, como todo en esta vida, el de entrar en la gran rueda del negocio fúnebre, con un día y una hora para la ceremonia, el camino al patíbulo de la cremación y la despedida.

En tiempos de cuarentena los eventos sociales que no han desaparecido se han simplificado a su mínima expresión, y los entierros no son la excepción. Ya no son grandes iglesias con bancas llenas.

La verdad, las galas de la muerte las prefiero así, sencillas, esenciales, recogidas en el círculo más cercano del afecto. Con esto del distanciamiento se han decantado los sentimientos y el pésame ha vuelto a su estado original de una reunión entre corazones sinceros, sin tanto asistente ocasional que va porque toca ir, con ganas de cumplir pero sin lágrimas.

Con las nuevas reglas sociales del coronavirus, el número del cortejo no puede sobrepasar los diez deudos (mayores de edad y menores de 69 años), aunque para aumentar la audiencia se ofrece el servicio de transmitirlo por Facebook Live, que en la pequeña capilla se convierte en un feo trípode en la banca contraria a mi banca, con un celular que apunta todos los días sin pausa hacia un ataúd nuevo, y una homilía más, de las cuarenta programadas hoy, incluida la nuestra. Qué ironía querer vivir nuestro ritual, como algo único y especial y, sin embargo, al final sentir que estamos atrapados en una producción en serie dentro del sistema digestivo de la parca.

Tan pronto el cura remata con su “Podéis ir en paz”, aparece una mujer con pinta de azafata y con las mismas ganas de instruirnos a los hombres del cortejo: debemos tomar por las asas laterales el féretro que reposa sobre una base con ruedas, y empujarlo al otro salón hasta un gran nicho sobre una pared blanca, que cierra como una caja metálica, ahora soy un niño asustado que asiste a un acto de ilusionismo en el que por arte de magia, y de las llamas, desaparecen de su vista y de su vida a su papá.

No me gusta esta versión final del más allá, prefiero volver a la escena anterior y pegar en mi cabeza para siempre la estampa del agua que no deja de caer por la pared de mármol del fondo del altar, así caen y me alivian mis lágrimas. La tristeza es un puño.

A la viuda y a sus seis hijos nos resta esperar a que se cumplan los seis días para que el fuego y los tiempos de la industria nos entreguen en un pequeño cofre un montón de cenizas de un hombre que ardió sin mesura y nos iluminó todos los días de su vida.

Cuando salimos me llaman la atención los tres grandes tubos como altas chimeneas, no sale humo por ellas, señal de que los hornos no están prendidos. No puedo dejar de imaginar a mi papá yéndose en bocanadas de humo.

Llego a mi casa y me quito el luto del cuerpo como quien espanta una mariposa negra. Me queda en la espalda ese escalofrío.

Visita inesperada

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo
Ilustración de Cachorro

A los 90 años mi papá ya no quiere caminar. Ya no busca al sol. Ya no quiere bajar las escaleras. Ya no quiere sentarse en la sala con sus visitas fantasmas.

Lentamente se va alejando de su propio cuerpo, se está desvaneciendo, pero todo esto ocurre en la misma casa donde viví mi infancia, razón por la cual decidí regresar a mi cuarto por una noche para revivir, con mis cinco hermanos, esa caja de música llamada hogar.

La oportunidad estaba servida, aprovechando que Claudia, la menor, que vive en Restrepo, Meta, estaba en Bogotá de visita.

Pensé que quizás sería bueno para mi papá volver a escuchar el disco viejo y ruidoso de acetato de la vida en familia.

Parecía un plan ingenuo pero con esto de la pandemia mi idea pasó de normal a ANORMAL, lo supe cuando intenté invitar a mis cinco hermanos a una toma pacífica por una noche de la casa paterna.

Para algunos de ellos, tres para ser más exacto, la idea olía a azufre y por el tono de sus voces se apartaban prudentemente de mi intención “diabólica”. En estos tiempos, la unanimidad es otra ave exótica que se esfuma.

Nunca supe las razones de su NO velado. Era un NO como una niebla tratando de borrar mi camino. Un NO de mala cara, de ceño fruncido, que ni siquiera sonaba a NO, arrastraba las campanitas dulzonas del PERO.

Me imagino que era un NO porque consideraban mi capricho una amenaza de llevarles a los viejos la muerte, con esto del miedo al contagio del coronavirus. No sé. Me niego a creer que fuera por la incomodidad o la jartera de subirse a un barco incómodo y desvencijado, que es en lo que terminan las casas vividas. Lo cierto es que el buen ánimo y mi propuesta se vinieron a pique.

Una semana después, pasado el mal sabor del NO, decidimos tres de los cinco Dueñas, no volver a consultar ni pedir permiso a nadie, sino caer de sorpresa en la casa. Caer como paracaidistas a pasar una noche con los papás, con nuestras propias raciones de comida y nuestras bolsas de dormir, para no tener que poner a los viejos a trabajar de anfitriones… por si esa fuera la razón del NO aguafiestas de los otros, no sé.

El día D era el martes, ya no había excusas. Ricardo, mi hermano menor me recogió al caer la tarde y después fuimos por Rubén, el médico, para luego irnos a cumplir nuestra visita inesperada.

En el trayecto hasta nuestro destino hablamos de muchos temas como toreando el nerviosismo del que se dispone a atracar un banco…en eso había terminado la buena intención de pasar una noche con mis viejos.

Llegamos y fuimos apareciendo uno a uno. Primero el médico, luego el odontólogo y finalmente yo, el periodista.  No era normal que los tres hiciéramos visita entre semana juntos, pero ahí estábamos cada uno con su tula, decididos a quedarnos a dormir.

A los diez minutos ya era una realidad nuestro hospedaje forzado, y con una partida de dominó la resistencia y la tensión rompía filas. Oscurecía y la casa volvía a tener vida. Una enredadera de comentarios, gritos y risas comenzaba a cubrirla.

Vimos una y otra vez a mi viejo sonreír, olvidarnos y volver a sorprenderse con nuestra presencia y volver a sonreír al escucharnos, como si fuera la primera vez y no la repetición de lo mismo, de que habíamos venido a pasar la noche con él y su alzheimer.

A las ocho de la noche se fue a dormir como todos los días, tan pronto puso su cabeza en la almohada, todos los intrusos desaparecimos de su mente.

Con mi mamá y mis hermanos nos bajamos al comedor a comernos unos sanduches de jamón ibérico y a recordar la vida, los amigos, las novias y los juegos del barrio, esquina por esquina.

Estar allí de nuevo reunidos, como en los viejos tiempos, era volver a poner el primer carrete de cinta de una película en blanco y negro.

Mientras conversábamos crecía la lista de vecinos muy cercanos, aparecían las Otálora, los Nudelman, los Urresti, las Arango, los Gavilán, los García, las Mejía, los Forero, las Franco… Apellido tras apellido se arrumaba un inventario extraño de todo lo grato que ya no está, que pasó porque todo, hasta lo más querido, pasa de largo.

Finalmente, vino el acto de ponernos todos las pijamas y acomodarnos, unos en las camas y otros en sus sleeping bag, todos en los dos cuartos de arriba, menos yo, que decidí acampar en el primer piso, frente a la chimenea con el sable de mi bisabuelo con el que peleó en la Guerra de Los Mil Días. Estaba en una cama improvisada en la mitad de la sala, el lugar donde Inés, la mujer que me enseñó a querer, conoció por primera vez a mi mamá, Yolanda, y a mi tía, Mariela, arrodilladas un diciembre rezando la novena frente al pesebre.

Boca arriba, embutido en mi bolsa de dormir, siento el techo más bajo, la lámpara diminuta, las paredes pequeñas y el espacio mucho más estrecho que en mi época de joven inquilino. Por esta noche soy Alicia en el País de las Maravillas. He vuelto al mundo pequeño y fantasioso de mi infancia, con el gnomo que se esconde en el cuarto debajo de la escalera; el ascensor secreto en el fondo del armario, junto al cuarto de mis padres, que me lleva a la bodega de dátiles en lo profundo de la tierra o el baúl de mi madre con su compartimiento secreto en donde guarda en su funda una daga finlandesa, que yo daba por perdida, prueba de mi rebeldía, única compañía en mi gran prueba de supervivencia en el Parque Tayrona.

Han pasado más de 36 años desde que salí de esta casa, y hoy he vuelto para comprobar que este lugar tiene el esplendor y el ocaso de un taller de fundición olvidado en el tiempo. Sin hierro líquido al rojo vivo corriendo por sus venas, guarda en su semblante todo el señorío y la reciedumbre de su engranaje.

Siento el dolor y el placer de una espada visitando el terruño en ruinas de su forja.

Tumbado en el piso, con el rumor alegre y lejano de mis hermanos intentando conciliar el sueño, me abraza un escalofrío en todo el cuerpo, es la dicha de la pequeña tuerca humana que vuelve y encaja en una poderosa y compleja máquina productora de sosiego. ¡Vuelvo a estar en familia!… Así sólo sea una noche, con el virus mirándonos por las ventanas… desde afuera.

Si hay que saltar, salto al pasado

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo
Ilustración de Cachorro

Mientras estuvo prendida a toda potencia esta máquina llamada mundo, con su ruido infernal de tuercas, humo, engranajes y gritos, no había mucho que oír calle adentro de uno mismo.

Pero ahora que se ha detenido el bullicio por culpa de una enfermedad viral y el silencio ha vuelto a crecer como hierba invadiéndolo todo, mi casa ha vuelto a ser la celda de un novicio de clausura en la que han dejado al pie de su puerta una nueva ración de meditación y contemplación.

¡Un retroceso de cinco siglos! Hablo por mí. No respondo por los que andan como lobos aullándole al futuro y mirando desesperados la luna llena que les dibujaron digitalmente en sus muros.

Prefiero saltar en estos tiempos al pasado, volver a la quietud de la vida, para buscar cada vez más adentro en mis laberintos, y no más afuera en Twitter, Instagram y Facebook.

Todas las nuevas circunstancias trocadas por esta pandemia me tienen a mí de nuevo en un monasterio, de esos con huerta, de paredes altas y gruesas y de muebles austeros, con ganas de querer callar y andar en la procesión que siempre he llevado por dentro y que, sin embargo, no escucho hace tiempo.

Afuera arde una gran hoguera con todos los afanes que deseché por absurdos. La moda, la corbata, el reloj, los likes, el circo digital, la etiqueta, las buenas maneras cortesanas y, en general, todo el ritual inútil con sus arandelas frívolas del poder, la fama y la importancia.

El hecho de estar lejos de las multitudes por decreto me ha dado la claridad de contemplar y meditar sobre esos preciados afectos que hoy valoro más porque simplemente no los tengo. Pasiones que extraño visceralmente por puro síndrome de abstinencia. Me refiero a pequeñas cosas, acciones simples como salir en el carro por carretera con Inés, mi esposa enferma, sin afán de llegar a ninguna parte, solo por el gusto de reír y llorar cantando con ella sus canciones favoritas. Poder ir un sábado a desayunar con mis viejos y reunirnos en la mesa con mis hermanos a hacer el crucigrama y a reírnos de la vida. Ver a mi hijo todos los días salir en su patineta a su oficina y creer y estar tranquilo porque su vida ya tiene un camino recto, seguro y definido. Poder ir de visita a la casa de mi amigo Esteban en Envigado y disfrutar de su vida en familia. Irme de ginebras con mi amiga Pancha o de librerías con Li Chow. Ir a las cuatro de la mañana a Paloquemado al mercado de viveros con la excusa de comprar matas, aunque en el fondo lo haga para hablar con la gente que trabaja la tierra y poder disfrutar de su manera de ser transparente, bondadosa y sencilla. Tomarme un café con Klich, mi hermano de utopías, y caminar el centro dándole vueltas a una idea para una película.

Para resumir, en estos tiempos de encierro físico y alboroto virtual, me esfuerzo por escucharme más en mi silencio y valoro y disfruto todo aquello que entra en mi corazón y hace música.

El mal de encierro

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo
Ilustración de Cachorro

Si antes de todo esto, cada quien andaba en su casa con sus cosas a puerta cerrada; ahora, con el miedo a enfermarse, el aislamiento y la desconexión física son mucho mayores… Casi de cementerio.

Una cuñada vive al lado de mi apartamento, y si antes venía contadas veces a ver a mi esposa enferma, desde que todo el mundo habla de coronavirus cesaron los encuentros y esa distancia de apenas tres pasos entre nosotros y ella —del 201 al 202— hoy es mentalmente tan larga y abismal como la de su otra hermana que vive en Chicago. Absurdo pero cierto.

Encerrado pensando en el encierro dizque como la mejor manera de curarnos en salud, me acordé de un pequeño pueblo en África que piensa todo lo contrario, que es nuestra relación con la comunidad la que nos cura y nos salva.

Sus pequeñas viviendas son refugios para dormir y lugares de almacenamiento, el resto se vive afuera. Afuera se bañan, afuera se arreglan, afuera comen, afuera se conectan con el espíritu de la naturaleza, afuera comparten con los demás alegrías y tristezas.

Según la tradición oral de los dagara lo saludable es levantarse y salir a mezclarse con los demás. No hacerlo es quedarnos solos con nuestras dificultades, sin ningún tipo de energía externa que nos apoye y nos fortalezca. Después de varias conversaciones recientes con amigos totalmente desconectados y obsesionados —por no decir tostados— con el mal mortal que nos acecha, estoy más convencido de la sabiduría de estos africanos y de sus razones para no vivir encerrados.

Si seguimos viviendo como ostras, seguro muchos de los sobrevivientes a esta pandemia vamos a tener nuestras secuelas por esta sobredosis de confinamiento.

La ausencia de comunidad nos alimenta la sensación de que somos fantasmas, almas desamparadas sin un entorno habitable en el cual mostrarnos para intercambiar sentimientos, sentirnos semejantes, sorprender y sorprendernos en grupo.

En esta soledad obligatoria solo hay un laberinto de espejos donde se multiplican todas nuestras preocupaciones agrandadas, amenazantes y en gavilla, alrededor de nuestro ser arrinconado y frágil.

En el encierro el tono es trágico. Y los dagara lo tienen claro: “La comunidad es ese lugar que nos equilibra y al que acuden las personas para compartir sus dones y recibir los de los demás”.

Por estos días, cuando escucho comentarios de gente cercana en cuarentena convencida de que ya no necesita el mundo exterior, pienso que el mal ya está hecho, un futuro entre pantallas, lejos de los roces y las caricias, no puede ser más negro.

Muerte a la monotonía

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo
Ilustración de Cachorro

Nunca había estado tan pendiente de la vida de los demás. Antes, con la puerta abierta las veinticuatro horas, no se me antojaba tanto mirar afuera como ahora con este encierro.

Tengo muy claro que este gusto arrebatado por los otros, este despertar inusitado de humanidad, responde a un sentimiento claustrofóbico exacerbado. Veo en cada ser “cercano” una oportunidad única para abrir una ventana y escapar por unos minutos.

Con un atractivo adicional y es que esas vidas que tengo a la mano… digital, obviamente, se han vuelto más interesantes por el simple hecho de que la epidemia las hizo salirse del renglón —esa monótona línea roja de la rutina— y se han atrevido a hacer cosas que antes no hacían porque faltaba tiempo y valentía.

Hoy, con esta obsesión de mirarnos por dentro, buscando una salida a la cuarentena, más de uno ha desempolvado deseos e ideas que tenía en un rincón. Parecen cosas de locos, pero en realidad es la búsqueda de intereses más profundos. Ahora, más de uno, con lo que hace en su tiempo libre, puede perfectamente cautivar a su público.

Ya saldrá la versión de Netflix del zoom meeting de voyeristas en tiempo de pandemia, o las versiones para la serie futurista Black Mirror de las damas de compañía digitales, o los funerales por streaming o los curas confesores por pantalla.

Quién se perdería, por ejemplo, la historia de una mujer que descubrió su estufa, a los sesenta años, obligada por la circunstancias de una cuarentena prolongada. Este personaje excéntrico existe, es mi hermana mayor a quien, gracias a su enclaustramiento, le tocó por primera vez aventurarse con el fuego doméstico.

Igual que su primitivo pariente el Homo erectus, ella también desconocía la forma de encenderlo hasta que, por pura necesidad, acaba de clonar con éxito el tradicional arroz con leche de mi mamá. Lo sé porque, con este encierro, a mis cinco hermanos los veo más que en la vida real, gracias a un chat que abrimos para compartir ¡todos los días! la preparación del almuerzo en las distintas cocinas. Excusas y más excusas para escapar mentalmente.

Mirando en otra dirección, si no hubiera sido por el coronavirus no existiría la Sopa de Wuhan, un libro en la red con una serie de ensayos en torno al covid-19, de la editorial recién inventada Aspo (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), que se propone perdurar mientras se viva en cuarentena como “un punto de fuga creativo ante la infodemia, la paranoia y la distancia lasciva autoimpuesta como política de resguardo ante un peligro invisible”.

Y, volviendo a mi ventana, qué tal los baños de sol de un amigo desvergonzado, en la calle frente a su casa, totalmente empeloto en un acto ingenuo y al mismo tiempo subversivo, que alborota al vecindario en una especie de performance de su nueva obra inspirada en el sol como vacuna que puede vencer a la enfermedad. Y lo hace como un Diógenes, versión tolimense, convencido del adagio popular que dice que “donde entra aire y sol, no va el doctor”.

La monotonía no escapa de la muerte en tiempos de tragedias y epidemias, y ante la versión oficial de las cosas yo siempre voy a preferir narrativas satélites, cien por ciento auténticas y fantasiosas, colgadas como sugestivas sábanas en mi ventana incitándome a huir… Qué importa que no sea con el cuerpo.

Cable pelado

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo

Suena a cruce metálico de espadachines. Suena a corto circuito de cables de luz maldiciendo la rama del árbol que se les cruzó en su camino… es un golpe seco, eléctrico, el compás de este pleito callejero.

Aguzo el oído y ya no estoy seguro de que sea simplemente un pequeño trueno este golpeteo.

Pueden ser más los sospechosos de este goteo incesante en mi cerebro, muchos más en esta época extraña de encierro colectivo, de aislamiento, que lleva a todo el mundo a comportarse distinto.

Son tiempos excéntricos, estrafalarios. O si no ¡qué hago yo a las cuatro y media de la mañana en el parque de mi barrio mirando al cielo pasar de negro a azul oscuro, lanzando piñas de pino para que mi perro, Ronaldinho, corra, recogiendo popó como donuts frescos y, finalmente, tratando de descifrar un ruido misterioso.

Con este ambiente asfixiante de corset en el aire, este sonido metálico que oigo, que me golpea con insistencia, que se convierte en mi concierto obligado; podría ser un mar de nuevos ecos de gente en sus celdas domésticas intentando hacer origami con su vida y su tiempo.

La verdad, ya no me suena a golpe sino a latigazo. Creo que es un lazo golpeando contra un suelo brillante de linóleo. Ahora me suena a gimnasio. ¿Alguien salta la cuerda a esta hora? Miro a mi alrededor pero todas las ventanas de las casas están apagadas.

Seguro alguien juega al boxeador en las tinieblas, calienta con una soga y luego se pone los guantes para pelear unos rounds con su sombra, antes de que despierte su esposa y lo ataque con ese jab de reproches y quejas.

Todo es posible en la era del coronavirus. Con tanta gente represada, ese sonido que insiste en mi oreja puede provenir de mil maromas y extravagancias.

Ahora lo escucho como una especie de tictac con un leve chisporroteo al final. No cesa. Busco un rastro entre las fachadas que me acechan, una huella sonora que se le parezca: un reloj gigante con su segundero bipolar. Un hombre que se acerca a su víctima y alimenta el suspenso de su crimen arrastrando una varilla con desidia contra una reja. Una mano nerviosa que prueba y prueba tratando de prender el fogón de la estufa, una perilla que gira, un poco de gas y una chispa que no arranca. Un quejumbroso gramófono encendido, con su aguja arrinconada al final del disco patinando en el mismo círculo. A todo esto me suena ese bendito ruido. Es como si un puño no se cansara de golpear mi ventana para que yo le abra. Ya no es cuestión de que alguien alce la aguja de diamante de mi disco rayado y la ponga en su lugar.

Ahora creo saber de dónde proviene ese estallido nervioso, es un niño rebelde con una enorme bolsa de bolas de cristal, que juega a dejarlas caer en la madrugada, una a una, sobre el piso de mármol junto a su cama, alimentando cruelmente el insomnio de su papá que no le pone atención, que no le habla.

Mientras intento identificar en mi larga fila de sospechosos, un responsable de este restallido misterioso, me doy cuenta de que en lo alto del eucalipto viejo y costroso, que me mira piadoso con sus mil ojos grises, un ave como un barítono picotea sus latidos sin prisa y de manera acompasada en un golpe seco.

Esta vida clausurada me tiene paranoico, con el cable pelado, hilando muy fino, haciendo retratos hablados, buscando cadáveres y atrapando culpables por el simple trino de un pájaro.

Ahora comprendo que toda esta pesquisa delirante al amanecer, por saber de dónde viene ese tañido que salpica mi silencio, no es más que mi nostalgia de otras vidas dentro del círculo estrecho de este presente, donde no cabe mi cuerpo.

La oportunidad de ser viejos

Por Jairo Dueñas
Instagram @UnlugarUnMotivo
Ilustración de Cachorro

Mi papá tiene alzhéimer y una fuerza de voluntad infinita para no dejarse arrastrar por el olvido. Cada día en una libretica lo apunta todo para recordarlo todo… y en la noche lo tacha todo para no confundir, al día siguiente, las palabras frescas con las viejas. Ese es su método para no desvanecerse en su propio tiempo que no lo mira, que no lo espera, que no lo tiene en cuenta. Con esa dificultad para conectar con el presente, desde hace ya varios años, vive encerrado en su casa, la de toda la vida, una gran casa con toda la nostalgia de sus seis hijos, pero igual, un espacio pequeño cuando se convierte en nuestra celda de clausura. Y ahora por cosas del destino, o mejor, del coronavirus, resulta que de alguna manera, todos, absolutamente todos en esta tierra, andamos como mi papá, atrapados en nuestro propio círculo familiar, tratando de recordar lo que somos. No sé si este cuento tenga moraleja, de lo que sí estoy seguro es de que carga el buen o mal sueño de volvernos a todos ancianos, algunos más sanos que otros, pero todos en nuestros cuartos, ignorados, sin permiso para salir al mundo exterior. Más allá del miedo que despierta morir o infectar a alguien en una epidemia, que el virus y su cuarentena nos hayan atrapado en la ficción de nuestra propia ancianidad, a todos por igual, sin importar lo que sumen nuestras cédulas y nuestras células, es una oportunidad poética de pedirle prestada a mi papá su libretica y escribir en ella los deseos que se nos olvidan. Cuando este mal se vaya, los ancianos de verdad seguirán en sus cuartos, pero los que simplemente lo soñamos tendremos la oportunidad de volver a salir a poner en práctica lo que apuntamos en esa libretica sagrada, pedazo de alma que mi viejo, don Rubén Antonio Dueñas Rubiano, guarda con celo y respeto en el bolsillo de su camisa.

Suscríbase al boletín
de Universo Centro

© Copyright – Quarentena, todos los derechos reservados
Cohete.net

© Quarentena, todos los derechos reservados
Cohete.net