Animales silvestres

Mecanografía por Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Animales silvestres llegan a ciudades desoladas. Bullosas guacharacas agitan el aire al ritmo de los semáforos. Y las zarigüeyas cruzan por la cebra. Pero las palomas, callejeras y domésticas, extrañan a los humanos: migas y vulgaridad.

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En un caspete las toman como escudo. Tres sedientos violan la cuarentena tomando cerveza con hielo marca Covid19. “Vinimos a alimentar las palomas…Pobrecitas”, dice la mujer. Y las pobres picotean un banano. Engrudo para su máquina de moler.

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Han perdido todo recelo. Casi esculcan en los bolsillos de los caminantes. Asustarían al Hitchcock de Los pájaros. Ahora son más bandas que bandadas. Ni iglesias, ni parques, ni fieles, ni niños. Beben el cielo de los charcos.

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Un estruendo les recuerda sus plumas y su miedo. Ese aleteo cerca al estadio es una lección. Se hace más patente el silencio en el sitio más estruendoso de la ciudad. Las palomas no saben envanecerse, pero hoy son el hambre y el ruido.

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Ha llegado un samaritano, un colega de las necesitadas. Despedaza un pan viejo y hace un milagro. Seguro las conoce desde hace tiempo. Ha bautizado a dos de ellas. Para él es simple rutina, para las palomas es la comunión del domingo.

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“La gloria es una estatua cagada por las palomas”, dice Fernando Vallejo. Último adorno de las charreteras. Pero alguien ha tomado precauciones y Rojas Pinilla está a salvo en medio de la pandemia y el ánimo corrosivo de las palomas.

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