Atardecer en madrugada

Mecanografía por Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Anochece y los policías se preparan para ponerle candado a la ciudad. Muchos aprietan el paso, no saben si se van a quedar adentro o afuera. Los buseros se dejan poseer por el espíritu intrépido del domiciliario en moto.

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En la panadería hacen los últimos intentos con una copla y un parlante encima del horno ya apagado: “A la madre yo le digo, en tiempos de cuarentena, de regalo aunque sea llévele una rica una avena”.

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Chillan las llantas, se ladean las carrocerías, resuenan los pitos; qué tanto es un semáforo en rojo. Un tránsito agita la tarde con su silbatina, arrea los carros con su gesto perentorio. Tiene algo de mimo con su afán en una ciudad vacía.

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La sensación de urgencia atropella por todas partes. No es el sentimiento de tedio, silencio y algo de desamparo que ha cundido por las calles en cuarentena. Ahora es una ansiedad más mundana, la angustia ante una inminencia policial.

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Las escobitas guardan sus canecas en el acopio y se quitan la inmunidad del uniforme de Empresas Varias. El vendedor de arte callejero encomia sus inventos, a falta de compradores solo queda alardear un poco.

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Los únicos que no traen afán son los perros, conducen a sus amos despreocupados por el permiso que les otorga su mascota; el que se deja llevar de un animal, obedece a otras lógicas; se aleja sin temor a la ley de los humanos.

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Cae la noche en pleno cruce de la Playa con la Oriental, un lugar por el que antaño podía pasar un millón de personas al día; se desgranan las últimas almas indistinguibles con tapabocas; con el rostro tapado, todos los cuerpos son pardos.

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En la clínica Soma, una pareja se aferra a la reja a la espera de un vigilante que autorice la entrada. No hay nada que indique que estamos en una emergencia sanitaria. En la esquina opuesta, dos carretilleros resisten los últimos minutos en libertad.

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“Llevaba 40 días encerrado”, dice Fredy Restrepo, al lado de su carretilla de mangos. “Me quedaban 200 mil, o los trabajaba o me los comía. Y aquí estoy trabajando”. Faltan pocos minutos para el toque de queda, pero Fredy apenas se acomoda el tapabocas para seguir hablando.

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“Porque qué lidia para que le dieran a mi esposa esos 160 mil de la ayuda, que haga esto, lo otro. Uno sabe que la gente roba, pero que le den la platica a los pobres”, dice mirando esos mangos que nadie compra.

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Diego Correa maneja la carreta del lado con naranja y pera: “Esta ya está librada, ya le ganamos 20.000” Toca vender 160.000 para pagar la fruta, el viaje desde La Mayorista y el parqueadero. “Usté sabe que uno es el pilar del rancho”.

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“Yo trabajo como manero en el Atanasio, vendedor en conciertos y marchas, rebuscador de calle, pero ahora no hay nada”. Dice que se arriesga a salir sobre todo con miedo de llevar “eso” a la casa. Y entrega su ritual de asepsia.

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Los sucesivos acuartelamientos tuvieron como efecto colateral la recuperación del espacio público del Centro. Deleite para el ojo del fotógrafo. Quedó claro que recuperar significa sacar a los pobres con sus carretillas, chazas, sombrillas.

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Ahora son las siete y ha llegado la quietud absoluta. Acabó el ambiente de la inminencia. Quienes todavía caminan no tienen nada que perder. “Ni la pandemia nos encerró”, dice un moreno con acento venezolano en el parque Bolívar.

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El guardián del motor de la fuente frente al atrio parece cuidar la ciudad completa. La Catedral parece más pesada en esa ciudad quieta. Un caminante atormentado la hace ver inmensa, no levanta la vista, no quiere un reproche.

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Ya de regreso, huyendo de ese sueño algo tétrico, vemos la silueta de dos enfermeras en la ventana de un cuarto piso. Miramos con ojo dramático y conmovido, hasta que el conductor de una carreta nos despierta con su jolgorio de otro tiempo.

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