Barrio Triste… y vacío

Reportería y mecanografía por Alfonso Buitrago y Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Si la era del petróleo colapsara como consecuencia del aislamiento causado por la pandemia, a Barrio Triste habría que convertirlo en un museo a cielo abierto; sería nuestro Chernobil.

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En un domingo de cuarentena ya parece que hubiera sido abandonado hace décadas. No es difícil imaginarnos nuestra propia distopía local. Calles rectas y planas, en cuadrícula, locales cerrados, descuartizados, asoleándose en la calle…

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Hay autopartes arrumadas en las esquinas, canecas de aceite dejadas a la deriva como pequeñas barricadas y grasa vieja acumulándose en las alcantarillas. Aquí yacen los restos de una ciudad pensada para los automóviles.

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Diego de Jesús Jaramillo, canoso y flaco, de unos setenta años, lleva una mascarilla colgada del cuello. Llena un balde de agua en el hidrante de una esquina, al frente del templo del Sagrado Corazón de Jesús.

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Vive de las propinas que le dan por cuidar esos restos de mecánica; pero cada vez es más difícil encontrar quién le dé unas monedas o le venda un plato de comida. Hoy tuvo que caminar hasta Tejelo para encontrar almuerzo.

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En los letreros sobre las fachadas y los techos aparece un enfrentamiento perfecto para el apocalipsis. Arriba se anuncia “El señor 666” y abajo le hace la contra “Llantas el Sagrado Corazón”. Todo cerrado y la competencia no para.

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La iglesia parece el casco de un gran barco varado en ese taller al aire libre. Iglesias mudas los domingos, las plegarias no atendidas. No puede prestar siquiera sus naves altas y frescas, su sombra.

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