Campamento bravo

Reportería y mecanografía por Alfonso Buitrago y Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Una isla de espacio público, con piso de tierra, en los bajos del viaducto de la estación Prado, se ha convertido en el campamento de cuarentena de cacharreros, desahuciados de inquilinatos, campaneros de plaza y comensales de olla.

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Muchos sobreviven con ventas a ras de asfalto y no tienen dónde guardarse. Envuelven su mercancía y cubren con plásticos sus carretas. Y juegan al trueque con sus cacharros porque no hay clientes, o tienden su plante para hacer inventario.

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Son gitanos sin etnia, con la existencia ensurullada en sábanas, costales, maletines raídos. La isla está llena de cartones, retazos de madera, plásticos templados y restos de muebles como barricadas contra el desalojo.

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A un costado de la isla hay una barbería de un solo puesto. La silla giratoria es el trono del lugar. El pelo no obedece a las quietudes y la calle impone retoques. Barbero y cliente lucen serios, concentrados. Tienen un asunto entre manos.

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En un banco de plástico, ya cubierto con la capa de Hells Dapper, espera en próximo paciente. Los dos clientes de la peluquería son ajenos al agite de la isla. Clientes de bancas más apacibles que llegaron al “local”.

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El barbero jefe se niega con furia a ser fotografiado. Hay confusión, se alzan voces y de las barricadas sale un grupo de muchachos amenazantes, sin camisa, con gorras y tapabocas estampados. Quedan claros algunos roles.

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Los rostros cubiertos con figuras de calaveras y embozos camuflados. Los ojos ardidos. “¡Ey, ey, qué pasa pues, suerte!”. En un segundo se arma un conato de rebelión de enmascarados a plena luz.

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No pasa nada, no pasa nada”, decimos retirándonos despacio, sin perderlos de vista. La olla del caldo que están cocinando en el suelo bulle. De pronto todo se tranquiliza y nos llaman y explican su situación y piden una foto.

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El vocero principal es un hombre fibroso rodeado por una camándula de la espalda al abdomen. Muestra cicatrices de enfrentamientos con la policía. La barbería es una pequeña fortaleza, un reino hecho entre Quibdó y Medellín.

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Sandra, de las pocas mujeres en la isla, cuenta su historia. La acaban de sacar de El Rojo, el hotel donde vivía: “Sacaron a los venezolanos y ya somos muy pocos, van a cerrar”. Su hermana tiene miedo de recibirla: “Puedo llevar el virus”.

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Por la Paz suben un par de patrullas de policía y una jaula con detenidos. Giran en Juan del Corral para rodear la isla. “Ahora nos querían tumbar la olla”, dicen en el campamento.

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Los policías solo dan órdenes a quienes extienden sus trapos en las orillas de la isla. “Usted sabe, si uno los deja aquí comienzan a concentrarse y llegan más y más”, dice un agente. Esta ciudad no se protege con tapabocas, se esconde.

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