Cementerio al sol

Reportería y mecanografía por Alfonso Buitrago y Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

La imagen del cementerio de San Lorenzo en desuso, en días de pandemia, con sus bóvedas abiertas, que filtran los rayos del sol, contra el azul inmune de una tarde de sábado, regocija y conmueve.

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“Hay espacio para todos”, se ocurre pensar. En los balcones, los vecinos atisban la ciudad callada y colorida, con sus árboles enverdecidos que parecen recién pintados y el viento que lleva y trae trinos de mejores tiempos.

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Entre la manga alta sin podar se entrevén dos jóvenes camuflados con gorras y con la hierba en la boca. Dan señales de humo para anunciar su inminente escape de esta realidad alucinante. Practican las acrobacias callejeras que llaman parkur.

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En la esquina que da a la carrera Niquitao, al lado de la puerta de una casa-tienda, se ventila una pareja de ancianos. En esta atmósfera enrarecida de noticias virales, la tarde es fresca y soleada. La pareja disfruta del “recreo”.

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Doña Fabiola, “La mamita del cementerio”, conversa animada y se aferra a recuerdos. “Aquí llevo más de 40 años y no me quise dejar sacar del barrio”, dice y señala a uno de sus hijos en la ventanilla de la tienda.

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Recuerda los días en que el San Lorenzo gozaba de plena salud y ella se levantaba temprano a preparar aromática para regalarles a los sepultureros y a los afligidos.

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Y sin que su marido se diera cuenta, preparaba desayuno para nueve menores que pasaban hambre en el inquilinato de mitad de la cuadra. Y les regalaba estampitas de la virgen para asegurarles al menos una bendición.

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Los hijos comienzan a marcar la hora de entrada. Se asoman condescendientes pero señalan el reloj. Doña Fabiola intenta alargar la charla. Es la primera vez que ve la calle en 15 días. “Nos van a matar a punta de noticiero”, sentencia.

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Durante la charla pasó una pareja de vecinos, que comparten barrio y edad, con las bolsas de mercado. Se saludaron y se miraron con complicidad. Un poquito de libertad para ganar vitamina D con unos rayos de sol.

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Al final se impone el orden y la pareja vuelve al confinamiento. Lina García, su hija, ha dado la orden definitiva. Trabaja en la UCI de la Clínica León XIII. El pantalón azul oscuro del uniforme la delata.

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La pandemia deja ver protagonistas donde menos se espera. Su rostro es apacible, con la serenidad de quien sabe lo que se puede venir. Cara a cara con lo inevitable. “Tenemos 150 camas disponibles”, dice para delimitar su tarea.

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