Desde las afueras

Mecanografía por Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

En los primeros días del aislamiento escandalizaron las imágenes de los carros subiendo por la vía al mar hacia el túnel de Occidente. Para algunos, la mejor forma de enfrentar la crisis global era en una piscina.

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Con el paso de las semanas, la ruta pasó de ser el escape de ensueño, la promesa de que siempre habrá sol al final del túnel, al escenario de lo que podría ser nuestro estallido teñido de rojo.

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Centenares de personas se fueron apostando a un costado de la vía para agitar trapos rojos, clamando por alimentos, y algunos intentaron asaltar vehículos con ayudas. En esa vía inauguramos la fuerza antimotines para amortiguar hambrientos.

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En la salida al occidente la ciudad se apega a la montaña. Es la gran zona de crecimiento de Medellín. Una parte del corregimiento pide ser comuna y una comunidad campesina pide ser campo con vista al Centro.

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La señal se asoma cada tanto con mayor discreción. Los trapos ondean al pasar los carros mientras grupos de hombres y mujeres extienden la mano. “El hambre es vergonzante”, nos dijo un agricultor de San Cristóbal, este no es el caso.

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Esa seña común, ese trapo, hace visibles de una manera distinta los pedidos de ayuda, los iguala en humanidad, en fragilidad, nos obliga a preguntas que la necesidad de todos los días oculta: “Vea que estoy de rojo, yo soy el trapo rojo”.

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Uno o dos kilómetros adelante aparece una realidad distinta, los campesinos que se fueron acercando a la ciudad sin moverse. San Cristóbal tiene 50 kilómetros cuadrados y algo más de 100.000 habitantes. Las parcelas reemplazan el ladrillo.

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En las 17 veredas del corregimiento de San Cristóbal, reducto rural de Medellín por el noroccidente, los campesinos viven también sus propios días de pandemia. En algunos se percibe esa serenidad y resignación que da tener los pies bien hundidos en la tierra.

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Mientras las cocinas en aislamiento de los ranchos de Vallejuelos sacan la lengua, en parcelas de San Cristóbal las flores se marchitan y los precios de las verduras caen. Algunos campesinos botan las cosechas o las venden a pérdida.

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Rodrigo Maya, 52 años, nacido en Las Playas, tras un mes de cuarentena, ha decidido cortar su Solidago, una flor menuda, Vara de oro le dicen otros, muy usada para armar ramos. Noventa días de cuidadoso cultivo convertidos en chamizos.

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“Ya perdí la temporada de Semana Santa, que era muy buena, y ahora voy a perder la del Día de la Madre”, dice. Casi la mitad de su terreno –2.600 m2– luce como si le hubieran pasado una podadora.

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Aquí todo tiene una tranquilidad distinta, se asume en silencio, con un realismo sereno. Son situaciones muy parecidas a las de la gente en las ciudades. Un familiar en riesgo cierto y un duro golpe a sus ingresos. El zumbido sosiego.

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Dioselina nos ofrece jugo de guayaba y sus pocas palabras son ahogadas por la eterna cantaleta de un pincher. Volvemos de dar vuelta a los cultivos y nos cuenta su secreto: “Hace unas semanas no ayudo en la parcela, no tengo ánimos”.

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En su casa la peste se ve por la noticia lejana de la TV y la cercana del celular, conversaciones con su hijo que está desde febrero en Guayaquil, Ecuador: “Se fue a aventuriar y allá quedó… No cuenta mucho pa no preocupanos, pero una sabe”.
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El paisaje esconde verdades. Los campesinos se acostumbran a las desgracias del granizo o el verano ¿Pero cortar sus flores? “Es peor que una granizada, porque soy yo el que la corta, siento como culpa…”, cuenta quitándose la mascarilla.
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Rodrigo pertenece a la Asociación Campesina Agroecológica de la región de Boquerón (ACAB) y agradece que hace diez años destinó la mitad de su terreno a sembrar verduras. Cebolla, lechuga, pepino, calabacín, acelgas, arveja, perejil, tomate…
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El trabajo asociado, y el apoyo de corporaciones como Penca de Sábila, le permiten seguir comercializando sus productos en tiendas de comercio justo como Coliflor y con algunos distribuidores mayoristas.
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Oímos a los campesinos describir el miedo a la incertidumbre y el peso de las pérdidas con la serenidad con la que aceptan plagas menores. El virus es todavía un mal citadino, una imposibilidad para algunas ventas y ciertas ventanillas.

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