Domingo en Aranjuez

Las ventanillas de la casa

Mecanografía por Alfonso Buitrago y Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

En la parte baja de Aranjuez, las cortinas multicolores de los edificios de interés social parecen guirnaldas contra el cielo plomizo del final de la tarde. La gente graneadita sale a las tiendas y aprovecha para campanear en la esquina.

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Quizás lo que más da muestras del parón en el que estamos no son las calles vacías ni los espacios públicos desolados, sino la gente en los balcones y los carros estacionados, todos sin destino.

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En los talleres de mecánica se arruman trastos que nadie maneja ni quiere arreglar. Ahora esos pichirilos desahuciados sirven de alojamiento, transitorio o definitivo, de quienes no tiene casa o no se aguantan encerrados en la propia.

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En una convaleciente Chevrolet Custom, Jesús María Lopera, sesentón e hipertenso, guarda su herramienta y algo e mugre. Es su cuarto útil. Cuando el mundo andaba fungía de latonero. En tiempos de pandemia, no hay contra que chocarse.

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Se escapa del encierro insoportable de su casa y se guarda una Luv de estaca desahuciada. Una camioneta sin uso ni carga ni rumbo, “conducida” imaginariamente por un latonero sin oficio, sintetiza bien la deriva mundial.

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Con la disculpa de comprar en la tienda, Noris Cheker, turca monteriana, sale del cerco epidemiológico al adulto mayor. Con la mascarilla puesta, le lleva el almuerzo a su marido y le hacer la visita como si se fueran de paseo.

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La veterana pareja, más de 40 años juntos, prefiere mudar el encierro de su propia casa, porque “hay mucha gente y mucho ruido”. Y matan la tarde confinados en la cabina del camión, entapabocados, en un viaje imaginario a cualquier parte.
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No hay radio, no hay viento, no hay ruta.

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