Domingo en la Placita sin flores

Mecanografía por Maritza Sánchez
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Tengo que comprar verduras y hierbas. Por la Avenida Colombia se ven cerrados los locales de plantas, materas y canastas de mimbre. Las cortinas metálicas amarillas abajo y la soledad insual hacen de esta una acera infértil. No puedo conseguir una tierra que necesito.

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Algunos locales atienden como de costumbre. Tapabocas de distintos materiales y motivos, vestidos por verduleros y compradores, recuerdan que hay cuarentena. Bajo al sótano; me piden cédula. Un vigilante insiste en ingreso de una persona por familia: «esto aquí abajo es estrecho».

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Desde un taburete, sin quitar la vista de los fríjoles verdes que desgrana con parsimonia, un señor pregunta: «¿Qué va a llevar, doña?» Pido una yuca, dos berenjenas, un kilo de papa criolla, unas naranjas, plátano verde, zanahorias, una cabeza de ajo y limones mandarinos.

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—¿Y este paquetico de arveja?, le pregunto.
—Está cara, le cuento. A 6 mil la migajita.

No la llevo: ¡no pesa ni media libra!

—Son 19 mil, me cobra casi con pena.
—Juepucha, todo está muy caro, don.

Me encima dos bananos. Se despide:
—Hasta que vuelva, doña.

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Del primer piso no necesito nada, las carnicerías se ven repletas. Los puestos de flores: cerrados. Placita de Flórez sin flores, ¡qué tristeza! Subo. No hay modo de desayunar calentao en donde Pachangas. En un local venden jabones para amarrar al ser querido que no me interesan.

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Abajo un letrero improvisado sentenciaba: «Sin tapabocas no atiendo». Arriba, en el segundo piso, hay menos filas y movimiento. Los yerbateros resisten y recetan: «Estas matas las hierve en un litro de agua; las tapa, las cuela y se toma esa bebida en ayunas por 5 días».

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¡Siento olor a ruda! Me alegro.
—¿Cómo le va, doña Ligia?
—Ahí vamos mija, esto está muy duro.
Las noticias no combinan con sus movimientos: escoge y empaca con calma ramas de albahaca, eucalipto, limonaria y yerbabuena. Me dice que no hay en dónde comprar la flor de jamaica.

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Otras veces doña Ligia nos atiende en simultánea a dos o tres; hoy es distinto: esto está desierto. Cuenta que tuvo que cerrar del 20 al 30 de marzo; hace cuatro días está abriendo, debido al desespero y a un permiso que consiguieron a locales como el suyo en la Placita.

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Me dan ganas de abrazarla, pero no puedo. Casi todos los domingos vengo: hace años confío en los remedios medicinales de este local 133. Me preguntaba por ella; también por el señor español que vende empanadas y tinto en la esquina de Ayacucho, de 5 a 9 am, de lunes a lunes.

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Ahora que pudo reabrir, doña Ligia está zafando, algo vende. En otro local está don Carlos Mario. Me atiende a regañadientes, con tono medio clandestino: «es que no me dejan abrir, niña. Me vuelo jueves y domingo, que tengo el tal pico y cédula, y le echo agüita a las matas».

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Me alcanza para dos materas y una bolsa de tierra de las pequeñas. «Le dejo todo en 10 mil». Siquiera, ya se me acabó la plata. Fue bueno encontrarlo a él, a doña Ligia, al legumbrero de abajo, en esta Placita casi apagada, que se la rebusca a tientas en estos días inciertos.

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