El Periodista, la otra casa

Reportería y mecanografía por Alfonso Buitrago y Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

El caucho es amo y señor. El protector de siempre ahora ejerce como único dueño. El Parque del Periodista recuerda que su primera marca fue un árbol. La fauna de siempre, que no dejaba ver el paisaje, está enjaulada en el zoológico doméstico.

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La claridad y el silencio hacen resonar la vegetación de grafittis que trepa por las paredes y la que se refleja en los ventanales de las casas. De repente, las fachadas de los edificios lucen sus balcones pintorescos con barandas forjadas.

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Emerge la Academia de Historia, como si hubiera encallado después de un centenario naufragio; salvada de la barahúnda habitual, se ve una familia que comparte el sol en un balcón; el parque de vida nocturna transformado en postal de barrio.

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Es difícil que ese parque pueda verse abandonado. Es solo una muela picada entre dos calles el Centro de Medellín. Si un visitante pasará por primera vez por El Periodista desocupado solo diría, ve, que paradero tan grande y tan bonito.

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Cuando pasa el camión de la basura El Periodista no entrega ni sus botellas ni el berrinche para la manguera ni las latas que son la moneda de las tres de la mañana ni el ripio. Pasa el camión con su rugido y solo se lleva la hoja de una palma.

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El susurro de la escoba reemplaza al estruendo del camión. Sandra está barriendo en los alrededores de Don Manuel. El parque inmaculado y vacío, el sueño de muchos defensores del espacio público.

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Sandra responde con su risa como respaldo contra la timidez: “Empecé a trabajar el primer día de la cuarentena… Claro, en la casa les da envidia, puedo salir y ellos no”. Tiene unas trenzas como cataratas: “Sí yo las hago, he trabajado en peluquería”.

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Pero no todo podía ser tan trágico por defecto de mugre, ruido, extrañeza. Y aparece el Guasón. Es habitual del parque, lleva siempre su perro con collar y el gesto en la boca pintado con los temblores de la calle.

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Se mira en el vidrio del hotel, parece listo para salir a otra película de terror, pero se ríe y se contesta sus preguntas. De pronto ve que estamos hablando con Sandra y nos suelta sus preocupaciones: “Tengo miedo con mi perro, están envenenado a los animales”.

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Dice que los pájaros y las ratas están apareciendo muertos en las aceras. Le preguntamos a Sandra si es cierto y ella asiente con temor: “Si, en estos días vi uno”. El Guasón vuelve a la charla contra su “espejo” y nos quedamos con la duda.

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Al final, ya de salida, vemos a un pelao fumándose un bareto en una de las bancas. Ese tizón es la llama olímpica del Periodista, nunca se puede apagar del todo, siempre tiene que tener un relevo, un momento de humo. Otro héroe en cuarentena.

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Y ahí está la fachada de El Guanábano, tan simple y acogedora, esa pequeña hoguera que alumbró el parque, que alentó el parche y la fiesta. Ni muda pierde gracia. Sus capiteles falsos en la fachada, columnas ciertas para tantos ¡Larga vida!

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