La ciudad y el silencio

Fotografías de Juan Fernando Ospina

En 1951 el músico experimental John Cage se metió a la cámara anecoica de la universidad de Harvard. Fue su intento para experimentar el silencio absoluto. Al estar adentro con sus oídos afilados, contrario al silencio total, distinguió dos sonidos: uno alto y uno bajo. Perplejo le preguntó al técnico de la cámara sobre los ruidos que había escuchado. El sonido alto era el de su sistema nervioso, el bajo correspondía a la circulación sanguínea de su cuerpo. El silencio puro no existe, al menos no mientras tengamos un cuerpo, concluyó el músico que escribió la afamada canción “4:33”.

Si bien, el silencio total no es posible, hay una pátina silenciosa que cubre los días solitarios de la pandemia. El pico de contagios obliga a decretar cuarentenas estrictas que conllevan a que las calles se vacíen, que los ritmos del mercado, que es el núcleo gravitacional de las ciudades, se dobleguen, se ralenticen. Solo pueden salir las personas cuyos oficios son indispensables para mantener más o menos vivo el sistema nervioso central de la ciudad.

Aparentemente no podemos ver el silencio, pero esta serie de fotos, tomadas estos días solitarios, nos pueden demostrar lo contrario. El silencio, aquí retratado, cobra forma en los semáforos, en las calles límpidas, en la luz extraña y tensa que se empoza en los objetos, las palomas lo picotean y se alimentan de él, las gotas de lluvia lo rompen y lo dejan malherido; pero el silencio, como un trapo feo y húmedo, usado para diversos fines, regresa y se instala, se frota entre las formas, se escabulle con los domiciliarios, otea, campanea, pide monedas, se mezcla con el viento, es guardado en bolsas como una mercancía más, hasta que logra, a cierta hora de la madrugada, casi el mismo tamaño del valle.

                                                                                         Texto de Santiago Rodas

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