La vida sigue

Por Isabel Botero

El virus es un muerto viviente. No está vivo, pero tampoco está muerto. Sus límites son turbios y por eso es imposible de categorizar. Es una pizca de información genética que nos encierra y, a la vez, nos exhibe.

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Ese ser-noser, que necesita hospedarse en nosotros para prolongar su existencia, cumple una función en la historia de la vida. Y esa vida-novida que sigue a pesar de esa cosa-nocosa, la sigo por las ventanas.

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La vida sigue, de día y de noche, por estas cinco ventanas se aparece, no cesa y se rebosa y cualquier acción cotidiana se convierte en un acto de resistencia.

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Esas escenas de la vida que sigue las grabo y las clasifico en seis casillas, como insectos atravesados por un alfiler en una suerte de taxonomía pandémica. 1: Animales. 2. Deporte y ocio. 3a. Ley y No ley. 4. Compradores y vendedores. 5. Servicios varios y varados. 6. Lo inclasificable.

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La sexta celda, lo inclasificable, es variopinta. ¿Dónde meter el abrazo en la oscuridad de esa pareja que se besa sin tapabocas y viola la distancia social? ¿Abro una casilla de desobediencia civil? ¿Y meto a la señora que cruza una verja con un plato en sus manos? ¿O a la otra que le tira piedras al gato?

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Nuestra casilla dice Sapiens y la hemos dividido en pequeñas parcelas según criterios arbitrarios y escrupulosos. Nos inventarnos el concepto del otro, como si fuera posible separarnos del todo.

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Este diminuto ser-noser, cosa-nocosa, vivo-novivo, inerte-noinerte, encarna la ambigüedad y nos lanza al miedo primitivo, borra la retícula y nos mete en la misma celda. Y la vida sigue y no sigue. Sigue-nosigue. Sigue. No. No sigue. Si no es para todos, no sigue.

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