Las restas de la cosecha

Mecanografía por Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Nelson nos mira desde abajo con la mano como visera contra ese sol picante de sábado en la tarde. Le gritamos desde un filo cerca a su cultivo en la vereda Las Playas, en San Cristóbal, en las goteras al noroccidente de Medellín.

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Sube risueño, sin el embozo del momento, a pesar de que sabemos de los días amargos de su rocoto y su ají dulce: “Estaba jugando un chico de billar”, dice campante “¿Y dónde?” “Ah, ahí en la casa”. El hombre sabe de confinamientos.

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En el campo no es nueva la soledad ni el silencio, no aplica el encierro ni apremia el control. La sensación de extrañeza que nos hace sentir en una época única no ha llegado hasta el Boquerón, un declive que vemos a diario desde la ciudad.

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Nelson lleva un poco menos de un mes sin recoger sus ajíes. Le mandaron a decir de la mayorista que no necesitaban. Restaurantes, cafeterías y fritadoras de acera están apagados. Ni ceviches ni empanadas.

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Estamos a dos mil metros de altura y el sol pega con toda. Nelson tiene afán de volver a sus labores sobre el paño. Hace unos días le dieron 30.000 pesos por un bulto que normalmente vale 300.000. “Lo saqué porque cualquier cosa sirve”.

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En El Plan, en una vereda en la ladera del frente, Nelly Vásquez muestra otro semblante. Menos parca e igual de risueña. Es la presidenta de la Asociación Campesina Agroecológica de la región de Boquerón (ACAB). Lleva cuatro años en el cargo.

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Cuenta que se han perdido cosechas de lechuga y remolacha, de las que solo dan cuenta las vacas, que siguen impasibles rumiando su pandemia. Las que más demandan son las 50 gallinas. Les tienen que rendir cuentas a mañana y tarde.

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Nelly está probando un cuido que ella misma prepara con harinas, minerales, cáscaras de huevo, sin hormonas ni añadidos químicos: “Y conservan una postura muy buena, ponen bien porque son felices”.

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Muestra su elocuencia al lado de Poli, un loro que la mira desde su jaula como si le estuviera tomando la lección: “Mis hermanos trabajan con flores y legumbres, ellos han tenido pérdidas. Tocó cortar un gladiolo que ya estaba”.

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La Semana Santa fue por televisión y el Día de la Madre será con la rasca dedicada por teléfono y los regalos para el otro año. Los gladiolos rojos, al lado del follaje, no dejan de tener su belleza. Al menos para el ojo indolente del citadino.

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Ivan Darío, hermano de Nelly, nos enseña sus obligadas artes de puntería. No es fácil pegarles a los días precisos de marzo, mayo, agosto, septiembre. Fechas de floristería. Sus gladiolos y cartuchos amarillos no tuvieron blanco posible.

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Bajamos de la finca y nos sorprende una amplio parqueadero de motos. La fábrica empacadora de bebidas del D1 trabaja a media marcha: “La gente compra productos de aseo y comida, pero las bebidas están quietas”, nos gruñe el administrador.

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El tono nos deja claro que dejamos atrás la calma rural para enfrentar la pandemia, esa lógica que hace que el virus que aterra al mundo no sea más que una plaga de babosa en la lechuga.

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Llegamos al centro de San Cristóbal y la pandemia solo muestra que cada vez es más una compañía cualquiera. Lo único cerrado es una heladería. Agitación, compras, gritos, motos y tapabocas.
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Los números del pico y cédula pegados en una tienda para que el único policía en la cuadra se ría un rato. Nunca fue tan falso eso de pueblo chiquito infierno grande. Todo Medellín quisiera la animación tranquila de este “caserío”.

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