Medellín de sur a norte

Mecanografía y fotografías por Santiago Rodas

Salgo desde el sur en bicicleta. Es viernes, son las 5:30 de la tarde. La ciudad está casi vacía. Más sola que un primero de enero. Un día cualquiera las calles estarían llenas de carros, motos, gente, ruido.

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El viento me da en la cara, pero no lo puedo disfrutar. Se me hace que todo está nervioso: el aire, el pavimento, la gente. Hay algo tenso en la superficie de las cosas.

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Un tipo con un letrero pintado a mano pide plata en un semáforo. Me quedo un rato mirándolo. Pasan dos carros y no le dan nada.

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En el trayecto me encuentro con varios retenes de la policía. Solo detienen a gente en moto.

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En el centro veo habitantes de la calle, enfermeros, rappitenderos, personas sin ningún rasgo distintivo para identificar su profesión y domiciliaros de farmacias. Algunos pocos buses cubren las rutas. Hay pequeñas filas en los paraderos.

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En las persianas cerradas de la avenida Oriental veo un grafiti que dice: “Si seguimos tumbando árboles vamos a tomar jugo de mueble”.

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Hay una gran valla amarilla que dice: “Quedarse en casa”.

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Los parques están vacíos. Muchas tiendas a sus alrededores siguen abiertas. La gente se rebusca sus pesos, no hay otra opción, unos con guantes y tapabocas, otros van a capela.

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Encuentro una belleza siniestra en la ciudad vacía. No es el momento para la poesía, pienso. Aunque lo que veo me demuestra lo contrario.

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Regreso pedaleando en la noche hacia el sur. La ciudad está más vacía que en el día. En 40 minutos de recorrido tan solo me adelantó una moto. El que manejaba tenía un uniforme de seguridad privada.

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