Parques sin oficio

El Poblado

Mecanografía por Alfonso Buitrago y Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Los habitantes del barrio perdieron la pelea contra el ruido. Primero las tiendas, luego los bares, después discotecas y restaurantes. Al final los hostales. La ciudad de mostrar creó su vitrina de novedades para todos los apetitos.

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Un parque temático con banderas surtidas. Un juego de fachadas que simulan países como casillas típicas. En las noches se tiraban los dados a ver si caía tequila, whisky, guaro, ron… Los visitantes giraban en el tablero.

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Parece que el juego estuviera listo para guardar. Es sábado en la tarde y los dados están quietos. Es cosa de doblar el barrio y meterlo a la caja. Se ve más artificioso de la cuenta. En últimas, la gente entrega algo de realismo.

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Los únicos seres vivos que permanecen incólumes en una vitrina son dos maniquíes en ropa interior negra de encaje y con ligueros, muy propicia para una velada de confinamiento. Y en el centro del parque, la virgen que sigue rezando.

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Es el único sitio donde la policía nos ha requerido luego de 3 días y muchos lugares de reportería. El sitio más solo es el más vigilado. Dos veces nos pidieron nuestra identificación de periodistas. La fiesta de guardar.

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El barrio Lleras sirvió para recordar la palabra íngrimo, definida en el diccionario como “solitario, abandonado, sin compañía.” A pesar del maíz dorado que adorna el suelo del parque, ni las palomas asoman.

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La caída de la noche y una manigua creciente de palmeras y árboles cubren el barrio al final de la tarde. El alumbrado público amarillento, sin la competencia de los neones, esparce por las calles su luz de farol.

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En el escenario de acuarela el asfalto entrega sus signos culebreros. El estudio de filmación donde Medellín cautivaba su audiencia extranjera y ofrecía sus piernas abiertas y sus calambres luce ahora sin oficio. La ciudad extraña su vocación.

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Una escena describe el momento. Un vigilante-aseador descansa en medio de un arrume de mesas. Ve Los Simpson en una televisión que lanza un resplandor inaudito. La risa de un espectador callejero, que mira desde afuera, retumba en el barrio.

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En la esquina con cinco puertas, las cataratas del Niágara se antojan secas; a la vía Primavera parece que la acosa un frío otoño. Pero hay una rendija luminosa. Una licorera deja salir la luz de sus estanterías.

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Es un espejismo para los reporteros sedientos. Una grieta a una realidad que ahora parece lejana. Tocamos el vidrio y nos llevamos un cuarto de gracia mientras un domiciliario afanado entra a recargar. El barrio se apega a su función social.

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Sismólogos dicen que el movimiento humano apenas deja rastro en sus agujas. La vibración se aplana: rieles, turbinas, motores dejan de sacudir el mundo. Las ciudades no zumban. Un parquecito ruidoso en una ciudad montañosa aporta su silencio.

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En el Parque de El Poblado las cosas no son distintas. La máquina de turnos del acopio de taxis ha dejado de escupir sus tiquetes de despacho. En el acopio hay dos Rappi en espera de su turno. Sus cajones relucientes.

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Están estrenando trabajo. No llevan dos días en el oficio. Uno era domiciliario en un restaurante y el otro mecánico en el taller de su papá. “Gracias a dios hay pa hacer, en un día ya libre los 80.000 del cajón”.

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Agradecen la plata y la libertad de acelerar: “Uno no está acostumbrado a quedarse quieto”. Parece que practicaran un nuevo videojuego: “Ahora toca hacer 30 entregas para subir de nivel”. Miran sus pantallas, comparten rutas y trucos.

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