Tapar El Hueco

Mecanografía por Pascual Gaviria
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Han sido más de dos meses de rejas caídas y el síndrome de abstinencia se ha tomado el comercio céntrico en Medellín. El viejo Guayaquil quiere algo de su vieja normalidad, no importan las referencias a la calamidad en la ciudad ecuatoriana.

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De nuevo titila, en mayúsculas rojas, la pequeña pantalla encima de la registradora: CAJA CAJA CAJA. Han cambiado algunos productos, pero todo suena más o menos igual. Los venteros y los locales también tienen sus mutaciones para sobrevivir.

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Los protocolos se han convertido en una formalidad visual, la calle lo sabe, solo se necesita ruido y plástico. Ha aparecido una nueva figura, una contradicción en los términos: voceadora con tapabocas.

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Sigan, sigan, caretas acrílicas, cintas para aislar locales, telas para diseñar nuevos tapabocas, elásticos por metros para ponerlos sobre nariz y boca, alcohol por barriles, antibacterial con olor a sándalo…

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traje para dama con pañoleta compañera, avisos para demarcación de distancia, tapetes para protocolos con amonio cuaternario, bombas pequeñas, medianas y grandes para rociar venenos y alcoholes varios…

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Es sábado en la tarde y el sol quema. Los bares, el Nueva York, por ejemplo, ahora ofrecen el alcohol para untar. Al fondo, Vicente Fernández y otro cuate se ríen del mundo: “Bohemio de afición, amigo de las farras…” Tiempos aquellos.

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Las freidoras se preparan para la hora de almuerzo. Ahora la vitrina no es la empanada amarilla y crocante, sino la limpieza al aire libre. Lo que antes se hacía en la trastienda ahora se exhibe como activo para el good will.

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La gente se amontona en medio de los avisos de distanciamiento. Conos naranjas separan filas, huellas dicen dónde pararse… Hay instrucciones de comportamiento a cada paso. El mercado responde y compra, pero la realidad pasa por encima.

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El delirio de la asepsia se apoderó del mercado, químicos y plásticos mandan el comercio. La antigua guarnecedora de calzado hoy vende elásticos para armar tapabocas: 10 metros por 2.500; 20 por 5.000; 30 por 12.500.

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Pero una cosa es el rebusque menor y otra el corte y confección. En la miscelánea El Yoyo topamos con una tela de 59 motivos para confeccionar tapabocas: “Trajimos 50 esta mañana y esta es la última, vale 59 y le puede sacar hasta 200.000”.

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También hay campo para la moda, porque no todo puede ser mostrar los dientes o lucir la máscara de la Casa de Pepel. El maniquí luce su protección con la altivez suficiente.

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Para los trabajadores rasos están los overoles antifluidos. No hay permisos para abrir los locales, pero todo obedece a una admirable y rebuscada lógica circular: nos arriesgamos para protegernos.

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La policía patrulla con indiferencia, con afán y desconsuelo. Ahora solo se puede tomar la temperatura ambiente. Una esquina muestra la agitación del día. El almuerzo en la calle y el apetito por la mejor oferta.

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No hay adrenalina por la prohibición de movilidad o violación del pico y cédula, solo por la necesidad de encontrar el mejor precio. Las mejores rociadoras comienzan a agotarse. El letrero se lee con extrañeza y una risa macabra.

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También los juegos de mesa se exhiben sobre los mostradores y el vendedor de cobijas dice muy serio que solo despacha para llevar. “El corrientazo viene con protocolo: le encimo la leche y el bocadillo”.

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Ya nos hemos olvidado del virus. La familiaridad del contacto lo hace aún más invisible. La multitud vence el temor y multiplica el riesgo, es otra de las paradojas de este tiempo.

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Al final aparecen los manojos de ajos como una contra, a tres mil el gajo, “al fin y al cabo todo esto es culpa de los vampiros”.

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