402 París

La tos en el bus: un día en la ruta 402 durante la cuarentena.

Por Santiago Cembrano
Fotografías de Liberman Arango

Durante la primera semana de cuarentena, cuando PBC estaba en turno manejando un bus, un hombre sin tapabocas tosió y estornudó. “Y ahí mismo todo el mundo que ¡señor, por favor, tapabocas! o ¡la higiene! ¿qué pasó? ¡está enfermo! Mejor dicho, le dijeron muchas cosas malucas. Hasta yo tomé reacción y hey, señor: póngase tapabocas, póngase guantes. Ahí mismo me llené de alcohol y antibacterial y también le eché a las monedas, los billetes, la cabrilla y la palanca de los cambios. Es muy incómodo. Ha habido veces que parece que van a pelear grave por lo mismo. Es una situación en la que todo el mundo tiene miedo; hasta uno, como conductor, y la gente que lo espera en la casa: mi hija, mi señora y mi suegra. El miedo es gigante”, cuenta PBC.

Días después, las calles del barrio París, al norte de Medellín, estaban vacías a las 5:30 A.M cuando el bus manejado por PBC, un 402 de Transmedellín, empezó su primer recorrido del día. Se había despertado a las 3:30 A.M. para alcanzar a ir en moto desde su casa hasta la Terminal del Norte –donde se cuadran los buses durante la noche–, recoger el bus, tanquearlo de gasolina y empezar el primer viaje. El último viaje de ese día empezaría a las 4:45 P.M. Luego de su jornada de más de 12 horas, volvería al cuadradero de buses y se quedaría conversando con algunos compañeros. El bus tenía un problema con los frenos, por lo que lo tuvo que llevar al taller. Llegaría a su casa a las 10 de la noche pasadas.

Es un sábado de abril de 2020, en plena cuarentena por el Coronavirus. “Nos toca usar tapabocas y guantes. Y a todo usuario que se monte sin tapabocas se le trata de vender uno, si uno tiene, o de pronto no se puede montar al carro. Eso es lo que nos dijeron en la empresa”, cuenta PBC en la fría mañana sobre qué medidas han tomado frente al virus. PBC es un hombre callado y amable con los pasajeros que suben al bus. Lo ideal para todos sería quedarse en casa. Para muchos, que la vida siga implica seguir saliendo a la calle a buscarla. PBC se encarga de que los que no pueden quedarse en cuarentena puedan llegar a su lugar de destino.

A pesar de lo que cuenta PBC, de los pasajeros que van subiendo al bus no todos tienen tapabocas y guantes, aunque varios sí cargan su antibacterial. Dentro de los que sí tienen tapabocas hay variedad estética: tapabocas clásicos que muestran su uso, unos más personalizados y otros que se ven aptos para el fin del mundo. Los que más usan tapabocas son los viejos, quizás conscientes de que son lo que más riesgo corren en caso de pescar el Coronavirus. Son días de crisis, y varios pasajeros regatean el pasaje según el destino, y llegan a acuerdos en 1.000 o 1.500 pesos. “Además de que ha disminuido la gente, la que sube tiene mucho temor. Le dan la plata a uno como tirada, y se la reciben con miedo o le dicen a uno tíremela”, revela PBC. El miedo en el bus se siente como una tensión constante que un tosido o un estornudo puede romper. No es una tensión que inhabilite risas ni charlas, pero sí es un piso sobre el que todos se paran; un piso frágil, quizás, y todos buscan que no se fracture, incluido PBC.

A lo largo del día, la población que habita el bus es diversa, y sus destinos varios se van revelando en el camino: oficinistas, personas que van a mercar y se bajan en la Plaza de Mercado Minorista, enfermeras y pacientes que se bajan en el hospital Pablo Tobón y más pasajeros que buscan hacer lo que tengan que hacer lo más rápido posible para poder volver a casa. En los viajes de la mañana temprana el flujo de pasajeros era alto. Hacia el mediodía, el flujo bajó; a las 2 de la tarde, con el sol en su máximo esplendor, el bus se llenó. Luego hubo un viaje donde había solo una señora, y otro en el que había dos pasajeros. La ciudad oscilaba entre su estado vacío de cuarentena y momentos de intensidad creados por los que no pueden quedarse en casa así quisieran. “En muchos viajecitos siempre se llena el carro. En otras ocasiones, uno madruga y el carro es vacío. Muchos de los que se suben van parados, no les gusta sentarse en esta situación”, describe PBC. Cuenta que en un día normal pueden subir entre 400 y 450 personas. Desde que empezó la cuarentena, ese número ha bajado; un día puede ser 200 y otro ser 300. Ese sábado en cuestión movió a 357 pasajeros, una buena noticia para su trabajo, pero que también lo deja preocupado. “No es tanta diferencia de un día normal. Uno piensa: ¿por qué están saliendo tanto si hay cuarentena?

Rompiendo su silencio, PBC reitera una preocupación a lo largo de la mañana: qué va a pasar con él y el resto de los conductores en las próximas semanas. “Estamos viviendo una situación demasiado maluca. No se sabe hasta cuándo vamos a estar así. Somos 45 conductores, y en la primera semana de la cuarentena trabajamos 5. Ya en la segunda semana pusieron 15 carros, pero luego los bajaron a 10 porque había poquita gente. Ha sido muy duro para todos –los conductores, nuestras familias, los alistadores y los que lavan los buses–, económicamente y en todo sentido. El Coronavirus en el gremio de este servicio público seguirá dando duro, porque escuché que iban a mermar más los carros”, dice. Añade que le preocupa el futuro de su casa y su hija, cómo pagar las deudas y la alimentación. Así no les cobren los servicios en abril, explica que en algún momento eso se va a acumular y lo van a cobrar. La preocupación de PBC no es por el ahora, sino por lo que vaya a pasar en dos o tres meses, cuando todo puede explotar.

Desde que empezó la cuarentena, no solo han disminuido los turnos y los pagos de PBC, sino que varios compañeros que estaban en periodo de prueba quedaron sin trabajo. Aunque a él le siguen pagando 100.000 por día de trabajo, independientemente del número de pasajeros que se suba, el lapso entre un turno y otro se va alargando ante la escasez de usuarios, lo que incrementa su angustia. Esa es la situación de los trabajadores que no perdieron su puesto: estar en la casa esperando hasta que les toque el día de trabajo de nuevo. “Gracias a Dios yo caí en esta semanita de trabajo, pero muchos ya van para dos semanas sin trabajar, o desde que empezó la cuarentena, y están preocupados y aburridos. Muchos están en vacaciones, pero la empresa no las ha pagado. Dicen que la semana entrante pagan, pero nadie responde en la empresa por nada. El propietario no tiene la culpa, pero para eso paga una administración. Dónde están las vacaciones pagas, el seguro. Es triste, porque uno se anima a meterse una empresa pa’ que cuando lleguen cosas malas nos puedan colaborar con 200 o 300 mil pesos al mes”, explica PBC.

En uno de los recorridos de vuelta hacia el barrio París, el bus pasa por la Minorista. Cerca de diez personas se suben con costales, bolsas y canastas. Una señora sube, con ayuda, por la puerta de atrás. Un niño y quien parecía ser su hermana menor se montan con una bolsa de carne. El abastecimiento de comida no para. En el hospital se bajan una mamá y su hija, que se había roto el brazo. Cuando el bus para en el Parque Botero, en el centro de la ciudad, desde afuera muchos piden muchas monedas. Un vendedor –que, ante la coyuntura, ya no entrega los dulces y luego habla sino que primero habla y solo le entrega el producto al que lo vaya a comprar– recomienda cerrar las ventanas para que nadie pierda sus pertenencias.

A lo largo del día también subirían a trabajar un vendedor de tapabocas, un rapero y más vendedores ambulantes; uno, que ofrecía granadillas, pasaje con seis granadillas para llegar al barrio y vender su producto allá. PBC los deja subir a todos; suben por la puerta de adelante, pues la de atrás tiene un sensor que contabiliza quiénes suben y quiénes bajan. Todos pueden trabajar en el bus de PBC –e incluso alguno, si tiene suerte y le cae bien a PBC, se lleva de regalo el desayuno o el almuerzo que le dan al conductor en la empresa–.

Ese sábado, PBC desayunó un yogurt y un clásico pan con salchichón. El almuerzo tiene que ser rápido: esta vez solo tiene siete minutos antes de que tenga que volver a arrancar para el siguiente recorrido. En el área de llegada y salida de los buses tiene muchos amigos. Vive cerca y conoce a todos; va pitando y saludando. Cuando detiene el bus, uno que lava carros se acerca y le dice que lo tenga en cuenta y que lo llame cuando lo necesite durante el pico y cédula. El mecánico, por su parte, le programa un turno. Bromea con los que se encargan del control que reportan cuántos pasajeros suben en cada recorrido; le entregan algo de comida y él les devuelve algo de dinero de lo que lleva en el día. Entre apodos y risas, es un momento de jocosidad en el que PBC se muestra más extrovertido. Lleva manejando bus cuatro años. Empezó en el gremio a los 16, como lavador y alistador. Ahí duró tres años y se fue a prestar servicio militar. Cuando volvió empezó a manejar bus en la empresa.

Algo que también golpea a los conductores de bus como PBC en tiempos de cuarentena es la quietud. “Ya para uno, enseñado a madrugar y trabajar toda una semanita, pasar a estar encerrado en la casa y no poder salir a la calle es un esfuerzo muy grande. Psicológicamente ha sido demasiado duro”, admite. Muchos prefieren acompañar a un compañero a trabajar que no hacer nada, y sirven de copilotos a lo largo del día: cobran los pasajes y hacen compañía y charla. Así lo hizo Guineo, un amigo de PBC, en el último viaje de la jornada. Mientras reían y conversaban, Guineo recibía el dinero y PBC se concentraba en conducir. Se aprecian más esos lazos de solidaridad en la cuarentena: es cuando son más necesarios, así haya una motivación personal detrás, como evitar quedarse en la casa todo el día esperando.

El bus recorre la ciudad y explora sus distintas caras. En el barrio París hay gente en las calles, quizás más de la necesaria. Está el que sale a mercar y espera en la fila, pero también el que sale a pasear al perro, el que sale a hablar con los amigos (al menos los que pueden salir por el pico y cédula) y el que sale a fumarse un bareto. Eso sí, hay pocos niños afuera. Conforme el bus baja de Paris hacia el centro, pasando por otros barrios y por el hospital Pablo Tobón (frente al que esperan algunos taxis y se montan y bajan algunas personas), las calles resultan más vacías y tranquilas. Medellín es como un péndulo: luego de momentos de soledad absoluta, en el Centro Comercial Florida, que muestra un flujo de personas y tráfico mayor al que se esperaría en un día así, se bajan varios pasajeros; algo tendrán que comprar. “La actitud de la gente es negativa, se nota mucho el miedo. La gente se monta con mucho temor”, cuenta PBC sobre cómo actúan los pasajeros en época del Coronavirus. “Hay gente que le echa alcohol al timbre antes de bajarse. Es maluco, pero es el único medio de transporte pa’ la gente que no tiene ni motico ni carro”.

El bus pasa por los puentes de Prado y llega al Bronx, donde hay demasiadas personas y la cuarentena y el Coronavirus son los menores o últimos problemas de los que ahí yacen; no hay control de ningún tipo, ninguna ley externa aplica. Bajo el viaducto del metro, entre Prado y Parque Berrío, el caos continúa, entre los vendedores que buscan sobrevivir y los oficiales de policía que buscan controlar la situación. Luego de que el bus se detiene en el Parque Botero, pasa por el Raudal, ya conocida zona de prostitución. Hay mujeres en los portales y borrachos emborrachándose más. Hay negocios que no dejarán de funcionar jamás.  “Uno ve que en la ciudad mucha gente sí se lo toma en serio, y mucha gente lo toma normal, de la mano de Dios. Ha sido una situación demasiado maluca. Uno no sabe ni qué hacer. Ponerse tapabocas, ponerse los guantes, echarse alcohol, echarse antibacterial… qué más”, comparte PBC con el ojo entrenado del que conoce distintos rincones de la ciudad luego de recorrerla casi a diario.

Una vez el bus que maneja PBC cruza el puente, pasa por Coca-Cola. En la glorieta se suben varios trabajadores que ya regresan a casa. Todavía hay taxis y gente saliendo del Centro Comercial, y en el hospital también se suben varios funcionarios. El bus entra al barrio París y pasa por largas filas frente a distintas tiendas de D1, que han estado ahí todo el día (las filas, no la gente que las conforma). Las tarifas del bus se relajan y algunos pagan solo 1.000 o menos; es otra lógica, todos van para el barrio. Hay risas y comentarios, la mayoría sobre el Coronavirus. Algunos ponen en sus celulares videos sobre el Coronavirus. Los que tienen tapabocas sí no interactúan: van en silencio total.

PBC vive con su hija, su esposa Luciana y su suegra, en la casa de ella. Cuando llega a casa después de trabajar, PBC se quita el uniforme y los zapatos en el patio. “Entro prácticamente desnudo a la casa. De ahí es el alcohol, el gel antibacterial, la ducha. No, eso es un proceso. Todo el mundo está con el miedo: dicen que esa situación es demasiado peligrosa. Mi familia me dice que me cuide mucho”. Su suegra es enfermera y su trabajo no ha parado. “Gracias a Dios por medio del salario de ella nos estamos sosteniendo”.

El pensamiento que lo acompaña tormentosamente todo el día (y todos los días de la cuarentena) sigue ahí: ¿qué va a pasar? “Ha sido una situación muy muy muy muy dura. Son muchas cosas que hacen que uno diga bendito sea mi dios, qué vamos a hacer. Si no me llaman a trabajar, ¿qué voy a hacer?

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