Campo baldío

Por Pascual Gaviria
Fotografía de Juan Fernando Ospina

Como si fuera un simple local, una tienda con los congeladores desconectados y las sillas patas arriba, el Atanasio Girardot tiene sus grandes puertas cerradas con una cadena y un candado corrientes. El estadio es una mole insensible desde hace meses, solo lo rondan ciclistas, patinadores y vigilantes como si fuera un foso que marca el sencillo circuito de sus entrenamientos y patrullajes.

Mirar su cancha por una rendija es ahora un ritual marcado por la curiosidad y la nostalgia. Fisgonear un estadio vacío parece inútil ¿Qué sorpresa podría entregar ese baldío? ¿Qué hazañas dejaría el abono para su cancha que se adivina pálida?

Qué sencilla resulta esta mirada a ras de suelo, deslucida y reveladora al mismo tiempo. Así se ha dejado ver la ciudad durante estos tiempos muertos y expectantes. Todo se ha revelado más simple, no hay gestas en una ciudad quieta, solo algunos sustos en las calles abandonadas. Todo sucede de puertas para adentro.

La montaña al fondo hace levantar la vista, nos recuerda que hay un paisaje impasible más allá de nuestras angustias. El fondo se impone sobre el primer plano de los gustos e intereses.

Afuera, más allá de esta grieta que cautiva, se gritan los goles ajenos en las pantallas.

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