Coronavirus y dilemas éticos

Por Pablo Arango
Ilustración de Santiago Rodas

Cuando alguien nos dice que estamos ante un dilema moral (o político o jurídico) podemos esperar que nos explique las razones por las que solo hay dos opciones, y podemos pedirle que caracterice detalladamente las alternativas, puesto que la elección implica, necesariamente, una gran pérdida. Por estos días, sin embargo, con motivo de la pandemia causada por el coronavirus, se habla fácilmente de dilemas éticos, pero se explica poco por qué estamos ante un dilema y esto qué implica. Me permitiré, entonces, una breve explicación de los dilemas morales para luego comentar los dilemas que plantea la situación actual.

No es cosa fácil definir la ética y cualquier propuesta estará sujeta a largas discusiones. Para mis propósitos, espero que baste con lo siguiente —que no es una definición—. Una idea que comparten algunas de las teorías éticas más influyentes (como las de Kant o John Stuart Mill, aunque son visiones enfrentadas) es que las razones éticas son supremas en el sentido de que nunca una razón moral puede ser derrotada por una razón no moral. Por ejemplo, si uno se encuentra en una situación en la que debe elegir entre honrar un deber moral (digamos, salvar la vida de alguien) o cumplir un deber no moral (llegar a tiempo a una reunión), entonces uno debe preferir el deber moral. ¿Pero qué pasa cuando los dos deberes enfrentados son, cada uno, un deber moral? Por ejemplo, ¿qué pasa si en una piscina hay dos niños ahogándose y una mujer adulta es la única que podría salvarlos pero, infortunadamente, no puede salvarlos a los dos? Ella tiene el deber moral de salvar a cada niño, pero es imposible que lo haga: si rescata a uno, el otro se ahogará. Ese es un dilema ético: una situación en la que tenemos dos deberes morales, cada uno de igual peso, pero no podemos satisfacer ambos. En tales situaciones, para usar una expresión común entre filósofas, hagamos lo que hagamos habrá razones para el remordimiento. Otra manera de decirlo es que debemos elegir entre dos males. Y no se necesita que haya dos principios morales en conflicto. Incluso con un único principio en juego, como en el ejemplo anterior, puede surgir el dilema. Supongamos que el principio dice algo como: “Siempre que uno pueda debe salvar la vida de un niño”. La mujer que acepta este único principio está, sin embargo, bajo el peso terrible del dilema: su apego al principio no le ofrece una solución en este caso, sino que hace parte del problema —lo que no quiere decir que deba renunciar a sus principios, sino que no hay una solución única—. Digo esto porque tiende a asumirse que los dilemas éticos solo surgen por el choque entre principios o visiones éticas rivales, pero eso no es cierto. Los dilemas pueden surgir no porque nuestras teorías morales sean incompletas o defectuosas (que siempre lo son, y los dilemas también ocurren por eso), no porque seamos imprudentes, irreflexivos o ignorantes (que lo somos, y también hay dilemas debido a esto), sino porque una parte significativa de la vida no está bajo nuestro control. Por eso, cuando estamos ante un dilema genuino, debemos reconocer que hay razones igualmente buenas para cada opción. Pero es frecuente ver a quienes dicen que enfrentamos un dilema declarar a continuación que, entonces, la única opción razonable es seguir el camino que ellos favorecen aunque deban realizarse los “sacrificios” necesarios. Esta clase de planteamiento es, en realidad, un rechazo de la existencia misma del supuesto dilema original, porque niega en últimas que la opción desechada por el proponente del dilema tiene a su favor razones de igual peso moral que la senda del sacrificio que él mismo nos está invitando a recorrer.

En las discusiones sobre los modos de enfrentar las amenazas que plantea la pandemia aparece con frecuencia esta especie de contradicción. Se dice, por ejemplo, que debemos hacer una elección trágica entre las vidas de quienes morirán por el contagio si se levantan las cuarentenas, o las vidas de quienes morirán por causa del colapso de la economía. Para luego sugerir, o bien que la única salida moralmente decente es mantener el encierro, o que no abrir nuevamente los mercados equivale al genocidio. En ambos casos, los profetas del dilema nos dejan ver su verdadera posición, a saber: en realidad no hay alternativa, no hay dilema, ya que según ellos solo una de las opciones es viable.

Un dilema existe, entonces, cuando solo hay dos opciones para elegir. Si hay más opciones, entonces el planteamiento original del dilema es falso. Un ejemplo famoso está en el evangelio cuando Jesús, luego de curar a un “endemoniado mudo y ciego”, dice: “El que no está conmigo, está contra mí” (Mateo: 12:30). El dilema es falso porque omite la opción de la indiferencia. Por esta razón, quien diga que estamos ante un dilema debería mostrar que las dos opciones que plantea son las únicas, que no hay otras posibilidades viables.

En cuanto a la pandemia por contagio de coronavirus es frecuente encontrar supuestos dilemas que no parecen respetar este requisito. El caso más visible es la idea de que debemos elegir entre las muertes por contagio y las muertes producidas por la depresión económica derivada de una cuarentena prolongada. Planteado así, este dilema desconoce varias cosas. Ya antes de la pandemia estábamos tomando decisiones que implican muertes evitables. Por ejemplo, millones de personas mueren cada año en el mundo por causa del hambre, entre ellas varios millones de niñas y niños. Lo sabemos, y aun así, para hablar solo de las democracias, elegimos gobernantes que ni siquiera proponen intentos serios por enfrentar esta situación obscena. Desde luego, todos los políticos dicen que eliminar el hambre y las muertes de niños ocasionadas por ella es una de sus prioridades. Pero, una vez electos, ninguna institución que pueda intervenir seriamente evalúa la gestión de estos gobernantes con base en su desempeño. Ni lo hacemos los votantes. Ningún candidato es presionado para que proponga planes concretos, de tal modo que podamos decir al final de su gestión si se aproximó siquiera a lo prometido, o si el fracaso se debió a factores imprevisibles, etc. (A este respecto, en la campaña que lo llevó a la presidencia, el candidato Iván Duque proponía, en su plan de gobierno, la siguiente brisa: “Nutrición para los más vulnerables como base para el aprendizaje: un niño con hambre no aprende”. El plan llevaba por título “Propuestas para el futuro de Colombia” pero, como ven, hubieran funcionado igual de bien para el pasado o para la eternidad.)

Algo similar ocurre con el sistema de salud. Mencionaré tan solo una de las aristas en este caso: el robo de plata pública destinada para la salud. Los partidos políticos que han presentado en elecciones a candidatos como el exgobernador de Córdoba Alejandro Lyons, quien perpetró un saqueo multimillonario, ni siquiera son sometidos a las sanciones más elementales, como pedir perdón y devolver la plata (el desfalco fue de ciento quince mil millones de pesos, según declaraciones del contralor Maya y el procurador Carrillo, pero el arreglo de Lyons con la fiscalía solo contempla la devolución de cuatro mil millones a cambio de cinco años de cárcel —con la fortuna que se alzó Lyons, dicen los maledicentes, uno puede, en Colombia, hacer que el director de la cárcel le lleve el tinto por las mañanas vestido con un tutú, o que en lugar de la prisión le den un burdel por cárcel—. No hay que ser un teórico de la decisión racional para ver que, en tales circunstancias, lo que parece irracional es no robar). Teniendo en cuenta detalles como estos, quizá deberíamos reformular el dilema en los siguientes términos. Debemos elegir entre:

1) levantar la cuarentena y aceptar las muertes por contagio que esto traerá, y seguir tolerando las muertes evitables causadas por el hambre y por el robo de una porción aún indeterminada de la plata destinada al sistema de salud; o

2) prolongar la cuarentena y aceptar las muertes que provocará la depresión económica resultante, y seguir tolerando las muertes evitables causadas por el hambre, etc.

Puesto de esta manera, se ve con más claridad por qué el dilema es dudoso. Porque para cada una de las opciones planteadas hay variaciones importantes que implican, en realidad, opciones distintas, de tal modo que no estamos ante un dilema, sino más bien ante una gama de posibilidades. Hay una cantidad de posibles medidas diferentes como, por ejemplo, imposición de nuevas cargas tributarias a las actividades económicas más prósperas (como el narcotráfico o la banca) y a fortunas cuyos poseedores no podrían gastarlas ni siquiera durante diez reencarnaciones; o establecer un ingreso básico para los más pobres; o ensayar distintos tipos de controles o instituciones para el gasto en salud y, si no funcionan, ensayar otros, con evaluaciones periódicas; o redirigir los recursos que se gastan en programas ineficaces en la vigilancia del gasto público para intentar alcanzar la meta mínimamente decente de eliminar la desnutrición infantil, por mencionar solo algunas. Alguien podría replicar, acaso con razón, que estas opciones son impracticables, puesto que requerirían enfrentar estructuras mafiosas muy poderosas, casi invencibles a juzgar por su persistencia en la historia reciente del país. Puede ser, pero entonces lo que tendríamos es el dilema de las opciones 1) y 2) que, al menos para la gente que ya estaba jodida antes de la pandemia, se parece a elegir entre recibir una puñalada en un ojo o recibirla en la ingle.

Además, a menos que el dilema sea obvio o autoevidente (como, por ejemplo: “O me alimento o muero”), quien formula la disyuntiva está obligada a justificar su afirmación, esto es, a mostrarnos que solo hay dos opciones y que tales opciones no pueden realizarse simultáneamente. No basta con afirmar que estamos en un dilema para que este exista. Es más, cuando la alternativa planteada es acuciante la carga de la prueba cae sobre quien afirma que estamos ante una elección trágica. Esta es quizá la condición más irrespetada por quienes nos plantean sus dilemas por estos días (y espero en vano que se sobreentienda que no me refiero a todos). Afirman simplemente que estamos ante la disyuntiva que proponen, pero no se molestan siquiera en explicarnos las razones.

Con una sensación de vergüenza he estado usando la primera persona del plural. Es una simplificación quizá inevitable, pero conviene asumirla con ironía. Aunque seamos miembros de la misma especie o país, ese “nosotros” es vacío si se interpreta literalmente. Ya sabemos, por ejemplo, que cuando un político dice “nosotros” en realidad está diciendo cualquier cosa, menos lo que las palabras significan normalmente. Cualquier gobierno, incluso el más temible de los dictadores, puede decretar una medida y eso no significa que la gente la vaya a adoptar. En Colombia, por ejemplo, hay sacerdotisas y pastores que les recomiendan a sus respectivos rebaños no dejarse tentar por las recomendaciones provenientes de ese Moloch llamado ciencia. Un ruidoso mayoral cristiano colombiano ha difundido la bufonada de que la búsqueda de una vacuna para el coronavirus es en realidad una mascarada para instalar un chip demoníaco en nuestros cuerpos; y los delirios del payaso temible que gobierna en Brasil son apoyados allá (y acá) por cientos de pastores cristianos que vociferan contra la ardua e incierta investigación científica en favor de la fuerza infinita de un Dios que nos ama. El gobierno colombiano no se ha quedado atrás en encomendarnos a quienes nos considera parte de su hato ganadero a una virgen, ya que con seguridad Ella vendrá a sacarnos de esta (aunque parece haber un cisma, ya que el ¿presidente? ha declarado que se trata de la virgen de Chiquinquirá, mientras la vicepresidente ha dicho que es la virgen de Fátima). Y la vida es tan terrible que, si pasado el tiempo resultara que la estrategia más funcional en el largo plazo fuera la exposición masiva al virus, estos charlatanes se alzarían con un triunfo (otro más).

Un lugar común de los autodenominados “radicales” es que la voz de la razón es débil pero persistente. Podrá ser todo lo persistente que se quiera, pero es débil y, por otra parte, las fuerzas irracionales que nos empujan no es que sean sosegadas. La duda es un estado frágil, improbable y fugaz. Incluso el escepticismo se pone fácilmente al servicio de la fe. En época reciente, para tomar el caso que me interesa, cierta clase de pensadores autodenominados liberales ha convertido la incertidumbre en una subespecie del dogma, sugiriendo que, a menos que tengamos una certeza absoluta, no deberíamos emprender ninguna reforma del orden liberal a riesgo de hacernos culpables de las catástrofes que dichos cambios pueden acarrear. Esta actitud es tan perniciosa como la del utopista que ve el paraíso a la vuelta de la esquina con solo demoler el orden actual y “comenzar desde cero”. Los liberales de los que hablo, al tiempo que responsabilizan, a priori, a cualquiera que proponga reformas importantes, por el sufrimiento y las muertes hipotéticas que ocurrirían a menos que estemos cartesianamente seguros de que no sucederán, son incapaces, sin embargo, de encontrar alguna responsabilidad en el orden liberal por las muertes evitables que este causa.

Todo el tiempo actuamos en condiciones de incertidumbre, sepámoslo o no. Los únicos que “saben” con certeza absoluta lo que está pasando y lo que va a pasar son los fanáticos: unos locos irascibles enfermos de ideas que son capaces de quemarlo todo en el altar de la convicción. Quizá si tuviéramos esto en mente más a menudo, decidiríamos con más remordimiento que convicción.

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