Diógenes sin tonel

Por Luis Alberto Arango P.


Ring, ring…

—¿Aló?

—Hola, Luis.

—¡Hola!

—Resérvame la mesa número seis para las cuatro de la tarde, y que suene Body and soul, por favor.

He ahí la petición de un cliente cautivo. La memoria es un ovillo. Desenrollarlo es una caja de sorpresas. Un deseo es un sueño, y viceversa. Corre abril de 1985. El ovillo ha empezado a desenrollarse; mejor, a enrollarse, porque el sueño y el deseo se juntaron en la creación de un lugar dónde sonar la música que más te ha apasionado, que has amado, y compartirla, refinarla en un gozo abierto. Una música que no fuera el lugar común, que tuviera sello de exclusividad y que llegara a un público, quizás ávido, quizás con la capacidad de sorprenderse.

Esa fue la idea que cruzó mi mente como una ráfaga: fundar una taberna, apoyada por la circunstancia de estar trabajando en una casa disquera —Sonolux, ya desaparecida— donde tenía acceso a un verdadero arsenal musical que, en mi sueño, sonaría allí. El enfoque tenía nombre y melodía: jazz y música brasilera, más de lo primero, una buena parte de la segunda y en medio, un bolero. Esta mixtura fue la que le propuse a quien sería inicialmente mi socio, Luis Fernando Díaz, quien además cohonestaba con mi gusto musical. Dos entusiasmos enfocados en la misma dirección.

Ilustración de Elkin Obregón.

Así nacería lo que se llamó Diógenes Tonel Bar. Nombre más gráfico e imaginativo que intelectual, surgido de esa conjunción del tonel vinatero y el filósofo librepensador Diógenes Laercio, alias Diógenes el Perro. Nos atraía ese tonel y su contenido. Con esos elementos el caricaturista Elkin Obregón compuso un precioso logotipo, digno de conservarse, y con esa misma idea dos arquitectos, Rafael Vásquez y Raúl Álvarez, diseñaron el interior del pequeño local que tomamos en la esquina de la Avenida La Playa con Córdova, donde antes hubo una lavandería.

Archivo Luis Alberto Arango.

Diseñaron, dije, porque su mayor logro fue la “barra” central. Una barraca de madera fina semicircular, hermosa, bajo cuyo manto de luz roja se sirvieron los mejores tragos y viandas para acicalar conversaciones acompañadas de los clásicos del jazz y la música brasilera. Una barrica sonora que hizo suspirar de contento a las jóvenes y veteranas generaciones que aceptaron el reto de olvidarse del tiempo y entregarse a ese sencillo hedonismo.

En ese mes de abril del año 1985 dio inicio lo que se volvería un referente de ciudad, lugar de citas de curtidores musicales, novios oficiales y clandestinos, personajes del comercio y la política; visitantes ocasionales del mundo musical —el Septeto nacional de Cuba, por ejemplo—, intelectuales y simples amantes del palique y el licor. En solo seis mesas y una barra se dieron las mejores batallas verbales y auditivas de la ciudad. Como los buenos perfumes: solo calidad, no cantidad.

Archivo Luis Alberto Arango.

Para los primeros ocho años, hasta 1993, tuvimos lo que yo llamaría el primer Diógenes, que luego vivió una interesante metamorfosis en manos de quien fuera una musicóloga inolvidable, Omaira Rivera Chamorro, su nueva conductora, que cambió el rumbo, el feeling musical, y también hizo suspirar a las generaciones que siguieron hasta que nuestro tonel, de madera exquisitamente curada, cumpliera 35 años entre la idea germinal y su ejecución, y fuera víctima de la pandemia que nos acosa.

Laus Diógenes.

Fotografías de Juan Fernando Ospina

Omaira Rivera

(1953 – 2007)

Omaira y Adriana Rave, 2005.

Por Luis Alberto Arango Puerta

Omaira Rivera fue un prisma musical. Nació, seguramente, con un elepé en la mano. Un día me contó que su madre le había dicho que tenía que ser profesional a toda costa. Cuando recibió su grado de Contadora Pública juramentada, le hizo entrega a esa madre, y le agregó, “cumplí, ahora sí voy a hacer lo que me gusta”.

Y lo hizo hasta el día de su fallecimiento. Vivió trece años en la capital nariñense, Pasto, donde tuvo la mejor taberna de esa ciudad. Era su vida, su gusto, tener un lugar donde el licor —del que ella no precisaba— fuera la coartada, la disculpa, para oír buena música y compartirla. Discreta, entusiasta, contundente. Una voz apacible, cálida, invitadora, y una sonrisa permanente que no era melosidad sino su estado de ánimo. Uno no estudia musicología, se nace, se crece, mejor, con ese gusto, esa capacidad de apreciación. Su discoteca tenía lo mejor del gusto popular: una increíble colección de tango, bolero, salsa, el Caribe completo; libros, catálogos, conexiones internacionales, y, lo más importante, criterio.

Su muerte dejó un vacío en la ciudad. Sus programas radiales en Latina Stereo y Radio Bolivariana, sus conferencias y su centro de operaciones, que no de trabajo sino de gozo, la taberna Diógenes, amén de sus asesorías permanentes en la senda de la discografía, dejaron huérfanos a oyentes y coleccionistas que ansiosos buscaron ese puerto: el de su conocimiento musical.

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