El encierro del Sinaí

Por Santiago Rodas
Fotografías de Liberman Arango

Hay buen público detrás de las vallas adentro del cerramiento, hablan entre ellos, discuten, se hacen chistes, graban con sus celulares, miran la nueva separación que, según las autoridades, durará quince días. Este es su segundo día encerrados en el barrio Sinaí, en la Comuna 2, Santa Cruz. Según el decreto 749 de 2020, en Santa Cruz parte baja “hay toque de queda desde el domingo 31 de mayo hasta el 15 de junio, entre los siguientes horarios: entre las veinte (20:00) horas, hasta las cuatro treinta (4:30) horas del día siguiente, en la zona nororiental de Medellín, entre las calles 97 y 100c y la carrera 52 y el río Medellín”. La zona está cerrada con vallas metálicas por el perímetro que dictamina el decreto.

Un joven negro con tapabocas dice con un micrófono pegado a un parlante pequeño que se debe tener la distancia de un metro entre todos. “Estiren las manos”, dice y estira sus manos, “eso, así. Vamos a estirar las manos para tener distancia y así sí nos entendemos”. Es uno de los líderes entre los jóvenes del sector. El grupo es de más o menos noventa personas que protestan afuera de sus casas por las condiciones a las que se ven sometidas desde hace dos días. Al escuchar las indicaciones del líder las personas del grupo estiran las manos como si hicieran aeróbicos, se separan. Adentro del cerco hay policías bachilleres, militares armados y una carpa de desinfección. Afuera se ven los empleados de la Alcaldía con sus escarapelas y personas de oenegés que insisten en la distancia. Los de las escarapelas se acercan a las vallas divisorias y hablan con algunos de los que están encerrados, luego escriben en sus celulares, luego entran en el colegio en el que están otros funcionarios que fueron designados para cubrir la situación. El Esmad espera en una de las esquinas afuera del cerco, igual que un grupo de carabineros en otra de las calles. Hay camionetas blancas de la Alcaldía de Medellín parqueadas por todas partes.

El grupo contenido por las vallas obedece las indicaciones del líder del micrófono sobre el distanciamiento social, pero después de un momento lo olvidan y se vuelven a juntar. Todos tienen tapabocas, algunos levantan sus celulares y graban. Lanzan arengas contra la alcaldía. Uno grita que necesitan al alcalde, otro dice que quieren ver a Duque para que solucione. El joven negro del micrófono logra obtener la atención de todos y empieza enumerar los reclamos de la comunidad. “Necesitamos mejores mercados porque los que nos dan no alcanzan. La mayoría de los trabajadores aquí son informales, no están registrados en la plataforma entonces no pueden salir a trabajar. Deben pagar arriendo, servicios, deudas”. Hay un aplauso y luego el grupo empieza a corear: “El pueblo unido jamás será vencido”. Una mujer toma el micrófono e insiste en denunciar el mercado precario. “Eso no nos alcanza, hay familias de seis o siete, también colabórenos con esa parte”.

El líder joven regresa con una hoja de papel y empieza a leer las peticiones. “Nos parece una falta de respeto la estigmatización que vivimos, porque parece como si todos estuviéramos enfermos, como si fuéramos los peores criminales”. El grupo aplaude e incluso se escucha una vuvuzela en medio del estruendo y después de esto se disuelven y forman grupos más pequeños.

La situación se torna festiva, pese a la presión, la vigilancia, el señalamiento y las armas que combaten un virus biológico. En medio de los militares y de la pandemia hay espacio para la risa, por momentos la tensión se aliviana con comentarios, gestos, burlas a quienes están por fuera del cerco.

Un adolescente del barrio se me acerca, tiene gorra, tapabocas naranjado y un arete en la oreja izquierda, me dice que nosotros hemos hecho las cosas muy mal. Hablamos con las vallas de por medio. Él adentro, yo afuera. Le explico que no soy de la alcaldía, pero insiste en el ustedes cada vez que lanza una crítica a lo que pasa. “Vea, por ejemplo: a la gente de por acá la estigmatizan. A varios los echaron del trabajo porque son de Santa Cruz, en las empresas saben uno dónde vive, tienen miedo a que todo el mundo se infecte y a los de por acá los mandaron para la casa, quién sabe hasta cuándo, y no solo a los de Sinaí, sino a la gente de más arriba. Vea, hay un cucho de por aquí que trabaja en la entrada del metro vendiendo aguacates y no ha podido salir, no lo dejan, que porque no tiene pico y cédula, y no está registrado en nada de eso. Hay gente que tiene que ir a la Minorista a comprar las cositas y no la dejan, ¿entiende?, ustedes hicieron esto a lo mal hecho”.

Cada tanto se repite la coreografía. Alguien con escarapela se acerca a las vallas desde afuera, habla con alguno del grupo encerrado y de inmediato lo rodean otros. Dentro del cerco la distancia social no se respeta, afuera del cerco tampoco. El de la escarapela pide distancia social, escucha los reclamos, dice: “Sí, sí, ya lo tenemos en cuenta, es verdad lo que dice”. Uno de los encerrados le habla duro, le hace un reclamo por los mercados, el de la escarapela se baja el tapabocas y le dice que así no le entiende, que tiene que hablar despacio y pasito para que puedan conversar. El encerrado baja la voz y le hace el reclamo con “protocolo”. El de la escarapela contesta: “Sí, sí, es verdad, en eso fallamos”, y regresa a la escuela para comunicarles la solicitud a los demás delegados del Municipio.

En el lugar de la carpa de desinfección cada tanto entran y salen personas en motos. Cuando le pregunto a un policía por el trámite me dice que ellos están registrados en la plataforma y pueden ir a trabajar. Para entrar al barrio es necesario mostrar la cédula, pasar por la carpa a que le tomen la temperatura con una pistola termómetro y lavarse las manos. En media hora entran y salen cerca de quince personas por el cerco.

La protesta empezó por la inconformidad con la entrega de los mercados que, según me explicaron varios habitantes, consiste en dos libras de azúcar, papel higiénico pequeño, quinientos gramos de fríjol negro, media libra de sal, quinientos gramos de pasta, una bolsa de harina de trigo, una libra de panela. No hay elementos de aseo ni de higiene fuera del rollo de papel higiénico. El paquete entregado no era el mismo en todos los casos, algunos me hablaron de aceite, de arroz, otros de salchichas, pero no logré establecer cuál era el criterio con el cual se entregaban los elementos de cada mercado para las familias. El primer día del cerramiento, en vez de pasar por las casas para repartir los mercados, los delegados los hicieron hacer una fila de más de cuatrocientas personas sin ningún tipo de distancia ni de orden. En muchas de las notas de prensa de medios nacionales se asegura que las entregas se hacen puerta a puerta “bajo estrictos protocolos de bioseguridad”. Las personas del barrio lo desmienten de una sola estocada: tienen las fotos y los videos de la fila en sus celulares.

Entre varios del grupo de encerrados sacan un bafle muy grande y lo ponen en un atril para reproducir una grabación. “Primero: nos parece una falta de respeto y una estigmatización lo que están haciendo por todos los medios de comunicación, radio, noticias y redes sociales. Tratándonos como si todos estuviéramos enfermos, como si fuéramos los peores criminales, realizando persecuciones a nuestros habitantes por aire y tierra. Dos: nos tienen a todos en arresto domiciliario. Lo que nos parece súper raro, porque no tenemos conocimiento de vecinos enfermos. Pero tienen a toda una comunidad vulnerando nuestro derecho a la libertad, a salir en nuestro día de pico y cédula. La mayoría de nosotros somos personas independientes, no contamos con ARL ni EPS, solo Sisbén, entonces no podemos diligenciar por la página de la alcaldía el permiso. Ustedes mismos han hecho que esto sea para nosotros un caos, sin mencionar a las personas que no tienen acceso a internet, a un computador o a un celular, personas que no saben leer o escribir. En este momento nos parece innecesario lo que están haciendo. El coronavirus no es lo único que mata, de hambre, de tristeza, de soledad la gente también se muere. Créanos, nosotros sabemos qué es esto”. Tras esto cuatro delegados de la comunidad entran en la escuela en la que están los funcionarios. Van a realizar una reunión con las autoridades para exigir que se cumpla lo prometido. La reunión tarda una hora y media.

Mientras espero voy a tomarme un tinto a una panadería en la esquina, al lado de los carabineros montados en sus caballos. Adentro del local varios policías con el tapabocas en sus cuellos conversan, miran sus celulares, bostezan. Me tomo el tinto amargo y miro un rato el panorama: la cerca, cientos de metros de vallas, separa mágicamente un barrio. Afuera, la nueva normalidad impone cada vez más su ritmo: carros, motos, bicicletas, gente a pie que va o viene al trabajo miran al tumulto “confinado”, a la policía, al cerco y siguen su camino. De pronto se escucha una algarabía, un estruendo de rejas. Un grupo del barrio se carea con cuatro policías bachilleres y unos pocos militares. El enfrentamiento no pasa a mayores, los ánimos se calman. Un tipo en la panadería, con camisa del Atlético Nacional, dice que si él fuera militar los enfrentaría de una. “¿Cómo fue gonorreas?”, y agrega, “estos no paran la fiesta, a ver si así sí aprenden”. Incluso a tan solo unos metros de distancia el cerco establece la diferencia entre “ellos” los encerrados, posibles infectados y “nosotros” los libres, los supuestamente sanos, los de afuera.

En la noche finaliza la reunión entre las partes. Con un papel en la mano una de las líderes explica lo acordado y lo lee, su voz es replicada en una camioneta con bafles gigantes. “Hola”, dice y se ríe con una timidez aparente. “Todas las inquietudes que ustedes nos dijeron fueron expresadas, como lo del pico y cédula, salir a trabajar, todo”. Primero lee el acta y luego los acuerdos. Algunos la graban con los celulares. “Se va a respetar lo del pico y cédula, se retira el Esmad, se revisa el paquete de alimentación, no es para quince días, siguen los policías. El viernes se sentará la mesa nuevamente”. El grupo aplaude.

Otro de los líderes que estaba en la reunión dice que es posible que tengan internet gratis para el barrio y todos aplauden nuevamente, pero luego otros en el grupo protestan. “A los trabajadores informales los van a inscribir en una página para que puedan salir”, dice el líder, otro aplauso y algunos gritos, “podemos salir con pico y cédula para hacer las vueltas que tengan”. Otro grita: “Que nos quiten las vallas, hombre”. Luego hay una discusión del grupo con los líderes. Unos protestan, dicen que eso puede estar firmado pero que puede que no hagan nada. “El presidente Duque firma mucha cosa y vea”, grita otro.

Son las ocho de la noche y empieza el toque de queda. El grupo de disuelve y empieza a bajar por los callejones, quedan unos pocos que conversan con los policías o con alguno de escarapela.

En la noche hay sobrevuelos con el helicóptero y los militares hacen patrullajes por toda la zona.

Regreso a la panadería para tomarme otro tinto, converso con Liberman sobre lo que acaba de suceder, hablamos unos segundos, el tinto hirviendo quema nuestras manos. Dos tipos se bajan de una moto y se nos acercan. “Buenas noches”, dice uno, “¿qué están haciendo por acá?”. Le digo que somos periodistas y estamos cubriendo lo que pasa en el barrio. Dos policías que estaban sentados en la panadería se paran de sus sillas y se nos acercan. “Mi cabo”, le dice uno de los policías al de civil. Nos pide los documentos. “¿Ustedes tienen permiso?”, pregunta el policía. Mostramos los certificados. Nos toman las huellas digitales en el “datafono”. El cabo vestido de civil pregunta si somos de por acá. Uno de los policías me dice que estoy inscrito en “Medellín me cuida”. “Muy raro”, le respondo, “yo no me he inscrito en la plataforma”. “Pues usted aparece registrado. A veces las empresas los afilian”, dice. Nos devuelven los documentos y el cabo de civil nos pregunta si nos vamos a quedar mucho más tiempo. “Ya nos íbamos”, le digo. “Es mejor”, responde el cabo con sus bluyines pegados y sus tenis Nike.

El toque de queda solo opera dentro del cerco en el barrio Sinaí, afuera el comercio retoma su curso natural. Es la segunda noche de encierro de todo el barrio y todavía faltan otras trece más.

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