El ojo de la noche

Por Luis Miguel Rivas
Fotografía de Juan Fernando Ospina

En el centro de la noche, en mitad de la luz que la divide, detrás de las rejas, un pequeño adminículo de tela rige la calle, el universo. Ejerce su evidente reinado sin énfasis, en virtud de cualidades protectoras que hace apenas unos meses nadie adjudicaba a un objeto tan simple.

Micropartículas enrarecidas vibran en el aire recordando que la historia de la humanidad es la crónica de todo lo que ha entrado y salido por las bocas. Lógicas ignotas o dioses difusos imponen, tal vez, un tributo de atención a esa puerta por la que expulsamos y tragamos vida y muerte.

Por esa misma calle, en tiempos pasados, vi cruzar a otros “tapabocas” que eran ellos mismos el virus; mucho más cruel e inhumano. Antes como ahora la vida no paró de pujar a través de la tela o la mordaza.

La licorera. El ojo luminoso como un faro para orientar a nadie. Detrás de la reja está el barbijo; detrás del barbijo, la boca que hace poco envió un mensaje y ahora se ha cerrado para que los oídos escuchen la respuesta. El teléfono horizontal para que las palabras permanezcan un poco más en el aire. Los ojos de ella, que por estos días cargan con toda la responsabilidad de la expresión, miran sin aplicarse a fondo —la mirada en espera— y se preguntan, debajo del chisme familiar, la confesión amorosa de la amiga o el chascarrillo doméstico, quién desde la acera de enfrente me retrata a estas horas de la noche (son apenas las siete, pero en estos días desde muy temprano ya es demasiado tarde).

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