El privilegio de la incertidumbre

Por Jhon Isaza
Ilustración de Hansel Obando

Naces. En pocos días identificas la teta que te da de mamar y te aferras a ella como si fuera tuya. Bastarán un par de años para que reconozcas el mundo que te rodea y asumas que te pertenece y no quieras soltar ni juguetes ni personas, porque no has entendido aún cómo funciona el tiempo, porque no has entendido la palabra futuro, eres apenas un animalito que vive en el presente constante y no entiendes cómo la gente puede confiar en el más tarde, en el después, en el mañana, si no existen, y vos solo has sabido vivir en el reino del ahora. Aprenderás a creer en lo que no existe con una fuerza quizá mayor que la que debería tener el instante, y esa será tu condena, aunque es muy probable que tardes muchos años en descubrirlo, dicen que hay gentes que mueren sin saberlo.

Naces y rápido creces. Es probable que te pases los días comiendo y jugando, que no hayas muerto, no aún. Según los registros (nunca creas en ellos) al año mueren, en el mundo, y de hambre, 8500 infantes: las cifras no estarán a tu favor, y si sobrevives verás que la vida tampoco. Si naces en Colombia estás en el tercer país del mundo con la cifra más alta de mortalidad infantil a causa de la violencia, en este país nacemos debiendo. Quizá para pagar debas soltar los juguetes y ofrecer tu cuerpo, el Dane dice (nunca creas) que han disminuido las cifras, y que ya solo hay en promedio 7000 infantes trabajando. Si el azar está contigo, no harás parte de ellos, pero incluso así, todavía viene lo difícil: en los registros (donde reducen el volumen de las tragedias) cada dos horas se abusa sexualmente de menores de edad, digamos que nacer en Colombia te hará más apetecible. Incluso por fuera de este grupo no seguirás a salvo: aún faltan los riesgos congénitos, y todas las bifurcaciones posibles de todos tus actos y los actos de quienes te rodean.

Confiemos en que crecerás, atravesando o esquivando todo esto, la suerte sea contigo, y digamos que estás leyendo esto, encerrada en casa, aislada por una pandemia que hace días te susurra al oído cosas que no quieres oír, y que ahora, entre muchas, hay unas palabras que retumban en esa cabecita abarrotada y dispersa: digamos que vos, como millones, piensas en el azar, en la fortuna y en la zozobra atroz por no saber qué será de tu vida y la de tus amores, no saber si dentro de vos llevas el virus o si son los otros los mensajeros de la muerte. Naces, y ahora parece que estás, es lo que tememos todos, al término de la vida, y no sé si sea eso lo que nos angustia, o si sea la incertidumbre, que da muy poco espacio a la tan necesaria alegría.

No tengo cómo saber cuándo ni cómo, pero en algún momento fuiste consciente de la finitud de la carne. La primera vez que vi la muerte tenía el rostro de una tía. Durante años para mí la muerte no fue un concepto sino una cara amarilla, arrugada y brava. Y desde entonces se nos fue haciendo más común, mascotas y personas se iban convirtiendo en la evidencia de la mortalidad, pero seguro lo entendimos mal, y no nos tomamos sus muertes como anuncio de la nuestra. Los otros podrán ser cortados como flores por la guadaña del tiempo, pero nosotros no. En 1826 el escritor inglés William Hazlitt publicó un ensayo que inicia así: “Ninguna persona joven cree que ha de morir algún día (…) Existe un sentimiento de inmortalidad en la juventud que nos compensa de todas las cosas. Ser joven es como formar parte de los dioses inmortales”. Y no es que en la juventud seamos inmunes, es que por alguna razón creemos que los somos, o mejor, nos comportamos como si lo creyésemos. Todo el tiempo nos han estado taladrando el cerebro con cosas que nos sugieren que la vida es un medio para fines inferiores a ella. Quizá se deba a toda la propaganda que le han hecho, desde nuestra infancia, a conseguir una casa grande, un trabajo honroso, títulos, reconocimientos, un amor siempre mejor que los anteriores, viajes, patrimonio, una familia, un nombre memorable, una vida eterna. Quizá es por eso que hicimos nuestro ese sentimiento, porque desde la infancia se nos conminó a restarle valor al presente, a usarlo como un medio para buscar la infinita perspectiva que se extiende en el futuro. Por eso en la juventud todo es promesa y no vemos límite al deseo, “nuestra experiencia es breve y nuestras pasiones fuertes”, la madurez, en cambio, tiene el peso de la realidad sobre sí, y en ella sabemos que hay ciertos deseos vanos, y que es mejor tasar las expectativas. En la madurez cambia, o debería cambiar, nuestra consciencia de la muerte: ya habremos batallado con el cuerpo y contra él, ya sabremos de la intermitencia del goce, nuestra experiencia es vasta y nuestras pasiones frágiles. Quizá la diferencia radical estribe en algo que decía el filósofo neerlandés Baruch Spinoza: que en las muchas gradaciones que pueden existir entre el miedo y la esperanza se encuentran las emociones básicas del ser humano. Quizá Spinoza tenga razón, no sé, pero hace poco leí algo que escribió Boaventura de Sousa Santos sobre esa misma idea, y dice que allí, en esa gradación, se encuentran las distintas formas de la incertidumbre. Vea usted, no se me había ocurrido que hubiera, en el pódium de las desigualdades, alguna que compitiera con las que producen miseria, dolor y muerte.

Naces, creces, eres joven o adulta y escuchas, en medio del horror, que por fin, gracias al virus, todos somos iguales. Te avergüenzas de semejante sandez, porque sabes que la desigualdad es el maná que alimenta la economía que nos gobierna y agota, sin embargo, piensas, no sin candidez, que quizá haya algo que nos una por igual: el horizonte obscuro de la incertidumbre. Pero ni siquiera eso. No son iguales nuestros miedos ni las herramientas que nuestros cuerpos tienen para enfrentar el mundo, no se repiten en espejos nuestras fragilidades.

Parece una estrategia del cerebro que restemos importancia a lo que en la infancia aprendimos con el primer raspón: que somos vulnerables, y es por eso que dudamos si arrojarnos desde lo alto de un trampolín a una piscina no muy honda, y es por eso que tememos pasar de nuevo junto al perro que nos ha mordido ya, porque la experiencia de nuestra vulnerabilidad abre al instante el camino de la incertidumbre, y una vez en él, la consciencia de las rutas por las que nos puede llevar la fortuna nos hace temer. Creces y te das cuenta de que muy poco de lo que te sucede depende de ti, creces y entre más escarbas mayor es la porción de tu vida que le corresponde al azar: no fuiste la causa de tu rostro o tus manos, tus ojos pudieron no haber sido lo que son, y nada de ello estuvo bajo tu control ni el de tu madre o padre, así que no se te puede culpar por esa torpeza innata con la que te tambaleas en el mundo, el hecho mismo de que ahora leas esto es solo posible porque en tu infancia ningún carro se atravesó catastróficamente en tu camino, o porque alguien cerró a tiempo la llave del gas, o porque el golpe que te dio tu padre, y que destrozó tu nariz, no alcanzó a afectar tu cráneo de manera radical, o porque hace veinte días ninguna persona envenenada estornudó a tu lado, no ha estado en tu dominio tu vida, es la azarosa combinación de posibilidades y causalidades no premeditadas por ti lo que te tiene leyendo aún. La vida misma está al margen de nuestras intenciones.

Creces, y de repente alguien te dice: “El destino está en tus manos”, no sé por qué alguien diría algo así, se me escapa comprender por qué alguien creería algo así, solo quien no se encuentre a merced de los avatares de la fortuna podría decir con sentido: el destino está en mis manos, mi vida me pertenece. Demócrito decía: “Es algo digno que los humanos no se rían de los infortunios de otros seres humanos, sino que se lamenten”, y ese lamento que sugiere el griego debería ser no solo por el otro, sino por nosotros mismos, porque si hay algo que sí nos baña por igual es la posibilidad siempre abierta de que nuestra suerte cambie. El universo de la fatalidad es el único lugar de la igualdad.

En pocos años ya no tendrás duda sobre tu fragilidad, y sobrevendrá el miedo de que esta vez, como otras, el azar traiga dolor, es el mismo miedo que te ha llevado a encerrarte porque esta vez, como pocas, el azar podría traer la nada. Pero lo que te inunda no es miedo, es incertidumbre, el miedo solo medra cuando la esperanza flaquea. Pero vos aún tienes esperanza: aún se extienden en tu horizonte una serie de variables que te mantienen optimista frente al azar, porque sospechas que el azar podría, esta vez como otras, jugar a tu favor. Hay, de hecho, entre quienes son como vos, unos tantos que a fuerza de la buena fortuna que les ha tocado se pavonean exhibiendo un sentimiento de inmortalidad, una convicción de que nada malo podría pasarles, basada en el equívoco razonamiento de que como nada malo les ha pasado hasta ahora el azar estará indefectiblemente a su favor. El azar, esa palabra indomable, no ha jugado para todos el mismo juego. Hoy mismo, a minutos u horas de ti, “(…) hay grupos sociales en los que el miedo supera de tal modo a la esperanza que el mundo sucede ante sus ojos sin que ellos puedan hacer que suceda. Viven en espera, pero sin esperanza”. Ellos no se hunden en el fango de la incertidumbre por lo que traerá el tiempo, sino en la certeza implacable de una realidad desastrosa y ruin. No hay incertidumbre para aquellos que no tienen esperanza. No hay incertidumbre en la certeza del imperio de la fatalidad. La incertidumbre es el baile de dos probabilidades: en todas las personas, calamidad y dicha se pelean la expectativa sobre el futuro. Cuando la realidad se impone de uno de los lados anula al otro.

Creces, y la arrogancia que te lleva a creerte inmune es también producto de una vida en exceso dichosa, no podemos culparte por sucumbir a las trampas de la buena fortuna, por eso no temes, por eso andas por el mundo como si fueses inmortal, porque es en la otra orilla que ha llovido siempre, porque el dolor, para vos, es una cifra, y la tragedia una fecha. No hay incertidumbre en la certeza de la bienaventuranza. Creces, y la desconfianza que te lleva a saberte en la mira de los dioses vengativos ha sido también producto de una vida en exceso desgraciada, no podemos culparte por sucumbir al imperio de la infelicidad, por eso temes, por eso andas por el mundo como si no tuvieras derecho a mirar hacia el firmamento sino para gritar, entre sollozos: “¿Por qué vine yo a nacer? / ¿Quién a padecer me obliga? / ¿Quién dio esa ley enemiga / de ser para padecer?”, porque es en la otra orilla que no quema el sol, porque el dolor, para vos, es un destino, y la desdicha el aire que respiras. No hay incertidumbre en la certeza de la desventura.

Ambas formas de la certeza han caído en el engaño. Simónides, el poeta griego, decía: “No es más rápido el esguince / de una mosca de ala larga / que el mudar de los mortales”, pobres, de ambos, que se alegran o entristecen por un futuro del que nada saben, víctimas de las trampas del tiempo, con los cuerpos anclados a una vida ahíta de repeticiones. Ya ves, incluso en algo tan etéreo como la expectativa ante la existencia, incluso en eso la desigualdad ha marcado ahora la diferencia entre los otros y nosotros. Naces, y te das cuenta de que la rueda de fortuna ha girado a tu favor, que te ha sido dado gozar el privilegio de la incertidumbre.

Lees Alexis o el tratado del inútil combate, una novela que Marguerite Yourcenar publicó en 1929. En ella un hombre atribulado confiesa cosas a su esposa, y le dice, abatido por la tristeza, que ahora que sabe que morirá a causa de la enfermedad que le inunda, siente, no obstante, la angustia de los detalles: el cómo, el cuándo, “todo está en eso”. Quizá la pesadumbre de Alexis y la nuestra se deba a algo que Yourcenar dice luego, que “(…) el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse en las manos del azar”.

Creces, te aíslas, y aunque ahora sabes que hay una forma de la desigualdad que te favorece, no obstante te molesta, te inquieta, te angustia estar a merced del azar, te fastidia pensar que el mundo es “(…) como un campo de juego de potencias que escapan por completo al control y a la previsión racional”, porque has construido una vida llena de proyectos, has planeado inteligentemente todo lo que tu vida será, es decir que has depositado mucho en el después, es decir en la nada, y ahora temes que todo eso se esfume, revelando la materia de la que están hechas todas las vidas proyectadas: espuma y nada más. Pero insistes, quieres entender cómo está urdida la trama de tu vida, te niegas a reconocerte como una mota de polvo al viento, tanta inteligencia, tanta bondad, tanta belleza, tantas propiedades y títulos, tantas intenciones no pueden ser reducidas al tamaño de una hoja. Entonces quieres dotar todo de sentido y dices que se trata de los planes de algún Dios, o de la Naturaleza, tu incertidumbre son sus certezas, y así descansa el animal inquieto.

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