Esperar el regreso

Por Santiago Rodas
Fotografías de Liberman Arango

Hasta hace una semana un grupo numeroso de venezolanos se encontraba en las afueras de la Terminal del Norte de Medellín. La promesa de regresar a su país en la cuarentena los tenía a la expectativa. Esperaban en medio de cambuches hechos con sábanas, plásticos para cubrirse del sol y del agua, baldes, carpas, telas y otros trastos. Se ubicaron allí con todo su equipaje para aguardar por una respuesta de parte de las autoridades de migración. A un lado los buses les daban la espalda, tan solo una reja de tubos de aluminio los separaba de su retorno.

José Cerrada García vivió en Medellín tres años y tres meses. Vino de Maracaibo por un amigo paisa del colegio que vivió en esa ciudad, luego cuando las cosas se pusieron difíciles en Venezuela, su amigo le brindó la posibilidad de quedarse en su casa de Medellín hasta que se estabilizara. Fue panadero, trabajó en construcción y fue árbitro de la liga de Antioquia de fútbol de salón. Cuando se enteró de la pandemia supo que se iba a quedar sin trabajo. Duró dos días en una obra y esa misma tarde, cuando la cuarentena era inminente, lo enviaron para su casa. Vivía con su hermano, su cuñado y los hijos de este. Al quedarse sin trabajo se vio obligado a buscar el regreso a su ciudad. Explica, con un tono calmado, que son muchos los venezolanos que debieron desocupar sus viviendas porque no tenían para pagar el arriendo. Desde que se paralizó la economía ellos fueron los primeros afectados, al no poder trabajar ni salir de su casa, no hubo manera de hacer la plata necesaria para el día a día. Dice que está en la terminal desde hace tres días, pero hay personas que están desde hace más de diez, con sus hijos, exponiéndose al virus. “No tenemos cómo sustentarnos nosotros mismos. Hacemos un llamado al presidente y al alcalde para que nos den la ayuda para que nos hagan la facilidad para llegar a Cúcuta”.

Él mismo describió el espacio, la situación en la que se encuentra el numeroso grupo en este momento. “Esto acá está muy duro. De aquel lado hay una muchacha con dos niños, uno de un año y medio, el otro de tres o cuatro. Esta mañana ella estaba llorando de la preocupación porque ya no tiene ni qué darles a los niños. Dormimos en el piso, llueve, se mojan. De pronto ellos agarran una enfermedad que no sea el covid, Dios no lo quiera, pero se están exponiendo a cualquier otra enfermedad en estas circunstancias. Nosotros lo que queremos y exigimos es salir de acá, queremos retornar a nuestro país”. Cuando le preguntamos por la salud del grupo, responde que “el tema de salud está un poquito duro. El compañero compró unas vitaminas y nos la compartimos acá, pero eso no lo tenemos seguro, porque no tenemos plata. Han llegado personas para ayudar con comida, pero primero a los niños que es lo más importante. Esa es la única ayuda que hemos tenido”.

Carolina Andrade está hace una semana en el lugar. Lleva dos años en Colombia. A la terminal llegó sola con su bebé, pero con el ritmo de los días y en la necesidad conjunta se formó una familia. Entre todos se apoyan porque les han tocado las verdes y las maduras. Así describe ella la rutina de esta espera: “Nos tenemos que levantar a las cuatro de la mañana para no impedir el paso de los peatones, los policías nos hacen recoger todo y nos ubican para permitir el paso de la gente. Luego, en el transcurso del día buscamos la manera de lavar, de mantener la ropa limpia, a los niños aseados y esperar las ayudas alimentarias para los niños y los ancianos sobre todo. Queremos retornar a nuestro país ya que hemos quedado sin empleo y nos han corrido de los alquileres”. Carolina trabajaba en una empresa del turismo, y con la cuarentena, como el sector turístico fue uno de los primeros en cerrar, perdió su trabajo. Medellín tiene una ocupación hotelera del tres por ciento, la más baja de su historia reciente. Afirma que les llegaron ayudas de panaderías, de fundaciones y con eso se han sostenido. Pero no han tenido una respuesta clara por parte de la Alcaldía. “Somos como mil quinientas personas aquí varadas a la espera de un permiso, de la ayuda. Hay muchos niños, adultos mayores que se han mojado en la madrugada por las lluvias”.

La necesidad los obligó a regresar. Lo más grave es que el gobierno venezolano restringe cada vez más el retorno de sus nacionales. La fila de retorno es larga en muchas ciudades colombianas.

Un hombre, que no quiso decir su nombre, cuestiona la estrategia del gobierno: “Ellos empezaron por los refugios, pero antes debieron empezar por las personas que están en la calle”. Según él, las calles son más peligrosas para los contagios y la propagación del virus, sin embargo no les dieron prioridad. Explica que los bebés necesitan pañales y no tienen cómo comprarlos. Habla del regreso con una esperanza similar con la que seguro hablaba al momento de la salida de su país hace un tiempo. “Dios quiera que sí, dicen que ya van a abrir el canal humanitario para los venezolanos. Ya estamos desde hace una semana a la espera. Es muy difícil estar acá sin tener quien nos ayude. Estamos viviendo acá sin saber dónde vamos a dormir, sin saber cómo hacer para comprar la comida. Hay personas que le toca dormir debajo de un puente y cuando llueve se les mojan las cositas. Están expuestos a las enfermedades y al virus”.

Michael Jordan Fernández Benítez vino a Colombia proveniente del estado de Yaracuy en Venezuela. Esperó once días con el grupo de migrantes a la espera de una respuesta. El primer día que estuvo en la Terminal del Norte, cuenta, la pasó bien, aunque con frío. “Amanecimos muchos, pendientes de las personas adultas y los niños y lo mismo los siguientes días”. El espacio que ocuparon es grande, casi una cuadra a uno de los costados en los que parquean los buses de pasajeros. Debieron pagar a diario quinientos pesos para cargar los teléfonos y para bañarse en lo que antes era una marranera, para ello caminaban desde la terminal hasta Moravia.

Jordan relata que de noche se ponen a cantar, a echar bromas y a socializar. “Queremos retornar porque allá no se paga arriendo, ni luz ni esas cosas, entonces nosotros lo que queremos es estar allá, porque acá no tenemos cómo sustentarnos”. Y continúa: “Mi situación acá era muy buena, yo trabajaba en una finca de cerdos y me iba muy bien, cuando empezó la cuestión del covid al principio no pasó a mayores, pero al mes me cancelaron contrato, y se me fue acabando la plata, entonces me tocó venirle acá”. Para comer durante los días de espera hacen colectas de dinero, van al D1 y compran para cocinar para todos. Primero se alimentan los niños, las embarazadas, los discapacitados, luego los demás. Michael Jordan quiere conocer a su hija, pues ya tiene nueve meses y solo la ha visto en fotos.

Jhon Jader Moreno es un habitante de Moravia. Vive allí desde hace 35 años. Después de la debacle económica de Venezuela, hace algunos años, ha visto el incremento de los inmigrantes. “Les he dado las ideas de que armen un campamentico y que traten de poner el orden ellos mismos”, explica.

Él acondicionó la marranera para que los venezolanos se pudieran bañar y hacer sus necesidades. A él es a quien le pagan los quinientos pesos. “Yo tengo un espacio en el que guardo chazas y maletas, e incluso gente”. Aclara que ya hacía este trabajo antes de la pandemia. “Antes del covid estaba el problema de Venezuela”. Los venezolanos ya estaban en el barrio desde mucho antes de la cuarentena, muchos meses antes. Jhon Jader cree que “se va regando el cuento que por aquí tienen dónde bañarse o una cargadita de celular. Entonces nos volvimos familia aquí de momento”. Para terminar la conversación habla sobre la pandemia: “Hay muchos como yo que confiamos que esa enfermedad no nos va a afectar a nosotros, andamos sin tapabocas, a los que Dios nos proponga. Por el momento no se ha presentado ningún caso en este barrio y así seguiremos esperando que esto termine”. Tiene una extraña particularidad Jhon Jader, es de los pocos negociantes que tiene la esperanza de que sus clientes se vayan pronto.

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