Halcones de la noche (homenaje a Edward Hopper)

Por Efrén Giraldo
Fotografía de Juan Fernando Ospina

La cámara ha dejado que todo ingrese en el presuroso alcance de su foco. Están las luces, que no evitan el delirio ni el reposo en el ojo que las busca, las lámparas, el aviso, la buhardilla que con su reflejo amarillento se filtra desde arriba. La cubierta de azul eléctrico, amparo del claroscuro. La esquina suavizada, menos severa que los giros de la suerte. La puerta con candado, opuesta sin saberlo al letrero lleno de promesas. El cerco inútil del árbol renegrido, la línea de peligro que advierte el límite de la calle. También los postes y el recipiente de basura, que refleja una promesa de fulgor naranja no muy lejos de la escena. Quizás, también, en la buhardilla, tendrá lugar una charla, un amantazgo, una cena, cualquier cosa que contenga el imperio de la sombra. Pues el neón no es la luz: es solo simulacro de lo diurno. El suelo hace vibrar los últimos reclamos de lo blanco, como pulido por un esmalte ultraterreno. El contador, las alcantarillas, parecen accesos denegados. Así como, varado en la imposibilidad de los mensajes, espera el teléfono solitario.

Pero sobre todo están los hombres, los halcones de la noche, los que prestan su inevitable concurrencia a esta suerte de barroco involuntario que pelea por durar en lo visible. Uno rehúye la entrada que le da la cámara, pero aun así parece detenerse como halado por el hombro izquierdo, solo para revelar que cumple y guarda sus humores en la intimidad del tapabocas. El segundo quiere entrar, se funde con la sombra. Poco se ve de él, a no ser por la barba que prolonga la oquedad de la que viene y hace marco al rostro suplicante. La camisa se funde con el fondo y no se fija. Si del uno podemos suponer que vuelve a casa, el otro, que parece mendigar, tiene por morada el mapa ininteligible de la calle.

Todo sería asunto de las meras convenciones, de los diseños a medias prefijados por el uso, si no nos percatáramos de que alguien más está presente. Aquel que trata de mostrar la paradoja de la calle clausurada y padecer la odisea de fijar el flujo de la vida en condiciones de distancia. El otro hombre, el tercer halcón, decidió dejar en su recorte de la noche un pedazo del espejo y hacernos ver también el auto que lo encierra. Como si quisiera decirnos que todo se trata del pasado, ese otro cautiverio. Invoquemos la feliz concurrencia del ojo y de lo visto y empecemos a observar en quienes caminan sin tocarse la trama secreta de los días.

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