Hambre selva

Por David Eufrasio Guzmán
Fotografía de Juan Fernando Ospina

La sangre es el tejido líquido que le da color al cuerpo humano. Si después de la muerte quisiéramos preservar alguno de sus órganos, por ejemplo, diga usted, el estómago, se tendría primero que drenar la sangre y este, con su forma de bota taurina, iría perdiendo humedad y rubor. Al final del proceso, sumergido en un frasco de formol, expuesto en el gabinete nacional de curiosidades, luciría entre macilento y grisáceo, privado desde tiempos inmemoriales de los rayos del sol, un color rucio que no quisiéramos para decorar nada en nuestras vidas. Un estómago exangüe, sin alimento, es un estómago muerto, separado del alma, expuesto a la luz sombría y a la mirada fría y lejana proveniente del otro lado del cristal.

La línea de árboles detrás del grupo humano sugiere un fortín selvático y de sus ramas algunas flores también suplican por alimento. Cortezas centenarias y pieles tostadas por el sol hacen parte del mismo grupo de guerreros, de modo que cada una de esas personas también es un árbol y de ahí su estampa de resistencia, sus fuertes raíces. Las manos enarbolan los frutos rojos del desespero, trapos, camisas, chales, faldas, chaquetas, los frutos rojos de la desigualdad. El hambre es la sensación que impulsa al hombre desde las entrañas, lo impulsa definitivamente, y el rojo es el color de la advertencia, el de la sangre como alarma de que esos cuerpos no pueden seguir siendo heridos con la faca histórica del olvido.

Hay algo de rebelde patriotismo en la imagen, las manos arriba, los rostros cubiertos por los tapabocas que insinúan una inminente revolución, los trapos colorados todos al viento, como si la franja roja de la bandera colombiana se hubiese derramado espesa para salpicar y engullir la amarilla y la azul en un grito de auxilio y dignidad. Sin embargo, algunos claros del bosque permiten la entrada del sol, que acaricia y recuerda la fuerza primigenia; los trozos de cielo le permiten un respiro a la esperanza y parecen decir que, en manos del tiempo, todo esto pasará, incluso los nudos del estómago.

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