La balada de Sherezada y el hombre araña

Por Gloria Susana Esquivel
Ilustración de Fragmentaria

1.

Me contaste la historia de un hombre que debía pasar este tiempo junto a tres niños ajenos. Mientras la contabas, en tono de fábula, acercabas y alejabas tu rostro de la cámara hasta que esta quedó apuntando al techo. Escuché cómo nombrabas las quejas de ese hombre, que tenía que esconderse para poder hablar contigo. Era una historia triste, desesperada, pero nosotros reíamos como locos con cada desgracia que caía sobre esa casa. A medida que aumentaban las carcajadas, imaginaba la angustia de ese hombre. Era el prisionero de una familia malcriada y ahora estaba a la merced de tres tiranos que le pedían manjares de afuera. Imaginamos juntos la cadena de eventos que llevaron al hombre a pasar el encierro con esos tres reyezuelos, y enumeramos todos los bienes revestidos en oro que se encontraban dentro de su palacio. En medio de la historia, yo también volqué mi cámara hacia el techo. Quise que viéramos lo mismo.

Fuiste Sherezada y yo el sultán que buscaba lamerte los dientes.

2.

Un amigo me pregunta si alguna vez tú y yo “hemos ido a cine”. No entiendo muy bien a qué se refiere, pero antes de que pueda interrumpirlo, él me explica que ahora “ir a cine” significa escoger una película, ponerle play al tiempo y verla juntos durante una videollamada. Mi amigo está un poco ansioso porque el hombre que le gusta lo invitó a “ir a cine” y él no solo aceptó, sino que le propuso que vieran una película chilena sobre una bailarina. Corrijo a mi amigo. La película no es sobre una bailarina. Es sobre la maternidad, la perversión, los cuerpos y un chancho estéril. Mi amigo confiesa que ya lo sabe, que comenzó a ver la primera parte de la película antes de la cita, pues no pudo contenerse y que mientras la miraba, mientras escuchaba esos diálogos sobre la amargura y el tedio, solo podía pensar en las pocas excusas que le quedaban para cancelar el encuentro.

O al menos para cambiar de película.

3.

Escuché la historia de una pareja a la que le regalaron un perro antes de que comenzara la cuarentena. No escuché los detalles de las peleas ni la razón por la que terminaron, pero la historia iba a que al cabo de diez días de encierro, la mujer sacó al hombre y se quedó con el cachorro.

A veces siento celos locos de mi gato.

Lo imagino durmiendo contigo, ocupando mi lado de la cama, y pienso que ahora es él quien te escucha cantar tonadas inventadas sobre el desayuno, o quien está cerca cuando estás practicando piano.

A veces siento celos locos de ti.

Te imagino rascando su panza expuesta y cargándolo hacia el cielo, como ofreciéndolo en sacrificio a un dios retorcido que lo pide a cambio de la cura.

Sueño mucho con mi gato y sueño mucho contigo. Casi siempre en la mitad de esos sueños tengo que interrumpir lo que estamos haciendo para irme a lavar las manos.

4.

Tengo una amiga que se lamenta por estar soltera. No consigue pasar del primer saludo en las conversaciones por Tinder y no se siente atraída por nadie a través de las pantallas. La otra vez me confesó que había comenzado a hablar con un hombre solamente porque se llamaba Lenin, pero se desencantó rápidamente. Le pregunto si sería capaz de romper la cuarentena para irse a dormir con un extraño y me dice que no le interesa conseguir un romance ahora, sino que quiere un novio para el posmundo. Mi amiga decidió pasar el encierro sola, cuidando de dos gatas. A veces les pregunta si les parece correcto que ella gaste un porcentaje de la plata de una beca que está esperando en juguetes sexuales. Otras veces les pregunta si creen que su cuerpo, que estos meses ha desordenado y confundido su ciclo menstrual, se estará aburriendo de ser mujer.

Una madrugada despertó a las gatas después de una pesadilla. Pasó el insomnio contándoles que había soñado con una tortuga inmensa que cargaba el corazón del diablo.

5.

Antes de que declararan el confinamiento, tú y yo pasamos cinco días juntos. Vimos entera una serie sobre vampiros franceses y vimos una película de terror sobre un monstruo anfibio. Me contaste historias sobre tu trabajo e intentaste explicarme cómo se lee una partitura. Yo te hablé sobre mis plantas, te leí el horóscopo y te narré mis momentos favoritos de la Revolución rusa.

Al tercer día de estar encerrados, me cubrió el desamparo.

Vimos las noticias en silencio. Cocinamos en silencio. Nos acostamos en silencio y luego estallamos y nos peleamos a los gritos.

Me llamaste por mi nombre completo y yo te pedí que me dejaras tranquila. Me rompí como se rompe todo lo que es frágil, y me esparcí como un hilo de baba densa. Sentí pudor de que me vieras entrando ahí, en ese lugar con filo que es mi mente, y tú solo te me quedaste viendo en silencio. Me abrazaste en silencio. Me arropaste en silencio y dormimos entrepiernados a pesar de que nuestras extremidades se entumecieron. El día antes de salir, me hablaste sobre tus hermanos y sobre tu viaje a China. Yo inventé palabras en francés y te hablé sobre el invierno y sobre esa vez que se me acabó el apetito. Vimos una película en la que Superman era un tirano y nos acomodamos y desacomodamos muchas veces en un sofá angosto. Fuiste tú el que dijiste que no creías que era buena idea que me quedara sola y yo te pedí disculpas por haberme regado como aceite sobre un vestido caro. Me dijiste que entendías. Luego intentamos ver una serie en la que Sigmund Freud se parecía más a un cazador de vampiros que a un psicoanalista, y nos reímos imaginando cómo se vería el mundo afuera.

6.

Una de mis amigas se enteró de que estaba embarazada semanas antes de que decretaran la cuarentena. Aunque jamás le interesaron los ritos de paso que supuestamente coronan a las madres primerizas, a veces se lamenta de no poder lucir su ropa de embarazada en público. Otras veces siente alivio porque, debido al encierro, ningún extraño va a tocarle la panza. Un día me compartió la ecografía del bebé que nacerá en septiembre, y que deseamos fervorosamente que sea más Libra que Virgo. Me contó que en la sala de espera del centro médico había muy poca gente, pues habían destinado ese lugar únicamente a consultas ginecológicas. Le pregunté cómo estaba todo afuera. Después de un rato, ella respondió: “El mundo se ve normal, pero más vacío”.

7.

A veces interrumpo tu trabajo para contarte que escribí algo inspirado en ti. Me pides que te lo muestre y, después de leerlo, te mueres de la risa porque no entiendes cómo mis historias de huéspedes y malentendidos pueden tener algo que ver contigo. Te digo que, en el fondo, esas historias se parecen tanto como una anémona se parece a la casa de mis padres, o como un pozo se parece a un espejo. Insisto en que una planta se parece a un animal moribundo y en que una manzana se parece a tus nalgas. Cuando nos encontramos, tú y yo parecemos un incendio. Cuando nos despedimos, sin quitarnos los tapabocas, parecemos lo más gris. Cuando te mando mis fotos desnuda dices que parezco haciendo arte y cuando me mandas las tuyas veo en los ojos un gesto de deseo que te hace parecer un lince.

Cuando salgo a cazar cuentos, busco que me concedas un día más en medio de toda esta ausencia. Porque cuando estamos juntos, cuando conversamos, cuando nos vemos en pantalla, cuando nos mandamos trinos, cuando intercambiamos memes, cuando hablamos por teléfono, cuando nos acostamos parecemos una maraña. Parecemos la barriga de un pulpo. Parecemos el palpitar tranquilo de un cerdo. Parecemos la aleta más brillante de un pez.

Te digo que soy Sherezada y tú respondes:

Soy el hombre araña que busca lamerte los dientes.

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