La caída de La Bastilla

Por Simón Murillo Melo
Fotografías de Juan Fernando Ospina

El caballero o la dama, mientras no tenga deudas con la ley, la salubridad y la moral pública, y siempre y cuando su salida esté avalada por la patria, puede aventurarse por las bioseguras calles del Centro de Medellín para comprar un tapabocas, un televisor o, incluso, unos tenis chinos hechos en Nariño con etiqueta alemana. La vida moderna, un tanto constreñida por la enfermedad, ha vuelto a una rigurosa modernidad. Sin embargo, la humanidad estuvo impedida por más de tres meses de poner pie en El Centro Comercial del Libro, conocido también como el Centro del libro o con ecos revolucionarios como La Bastilla. Hogar de setenta librerías y 120 libreros, algunos de ellos hijos y nietos de pioneros en el negocio de la noble corrupción por libro impuesto.

En el pico de tres meses de desesperación y siguiendo el ejemplo de los que, atrapados en nombre del buen vivir de la sociedad, cuelgan trapos color sangre a lo largo de la ahogada nación para pedir auxilio y denunciar la torpeza del encierro estatal, los libreros enarbolaron el 21 de junio nueve banderas rojas en la fachada del edificio de concreto que llaman hogar. Cumplieron su cometido de atraer a la prensa, que movida por el signo de la desesperación comenzó a contar. Tal vez por eso, la administración municipal, dueña absoluta a través de la Secretaría de bienes y suministros del Centro del libro, las hizo quitar expeditamente. Aplastado por la autoridad el color se apagó y el edificio volvió, una vez más, al pesado silencio de los libros que no se venden.

Antes de La Bastilla, antes de la plaga y el hambre, decenas de casetas, mesas y manteles sobre la poluta acera de la plazuela Uribe Uribe y el corredor de Junín le conseguían baratísimo los libros a mi padre, quien como muchos muchachos y no tan muchachos de la época loleaba y a veces compraba antes de coger el bus para La Toma. En uno de los innumerables esfuerzos de la alcaldía por la eficiencia y la pulcritud, todos los vendedores y libreros, mercaderes y sabios fueron eficientemente reubicados a un flamígero centro comercial en 1990. De ellos no hay mención en la pequeña historia de las librerías que escribió Rafael Vega para la Historia de Medellín. Pero son ellos la mayoría de librerías de la ciudad y, como lo demostró el oro perdido del Mocho Giraldo, un importante sector económico contenido ahora en dos pisos a una cuadra y poquito del Coltejer.

Como los locales no son suyos ni pueden serlo, la Secretaría de bienes y servicios impidió la entrada apenas declarada la cuarentena. Solo dos meses después y con un detalladísimo protocolo de bioseguridad diseñado por ellos mismos, los libreros pudieron entrar a despachar domicilios, quince a la vez en todo el edificio, escalonando turnos por días de la semana, metro mínimo entre cada humanidad, microfumigaciones y desinfección de personal cada tres horas.

Para un sector dependiente de adolescentes buscando a Gonzalo Arango, viejos de gangas, familias de textos escolares, la cuarentena ha sido devastadora. Gilberto Galvis, un hombre de bigote gris, líder desde hace años en el Centro del libro y posiblemente el librero más antiguo de Medellín, empezó en medio de otra crisis económica que le llevó a sacar la biblioteca de la casa al Palacio de Calibío. Lo entrevisté por primera vez hace unos años, cuando el local contiguo al suyo había sido destruido en un incendio que él achacó al abandono de la alcaldía. En el 2017 Galvis me proclamó con orgullo que a pesar de sus días de once horas, nunca había tenido un día en que no vendiese por lo menos un libro.

El 23 de junio del año de la peste llevaba una semana y media sin vender uno solo. Cuando rompió su mala suerte, con un título de doce mil pesos, el domicilio, que corre por cuenta suya, le salió a ocho mil pesos. A sus setenta años, 37 de librero, 28 en el Centro y tres meses de pandemia, Galvis quedó con cuatro mil pesos.

Algunos libreros tienen noventa años y dependen de hijas, nietas para poder sobrevivir a la modernidad. La mayoría, jóvenes o no, nunca construyeron una presencia digital. Varios no tienen computadores o celulares con capacidad para montar un emporio virtual. La administración municipal quiere capacitarlos en el uso de “las nuevas tecnologías” a lo que Galvis contesta: “Sí, dos trenes, cinco aviones, una flota de veinte mulas. Pero no tengo una llanta todavía”.

Con la reapertura parcial, las ventas del Centro del libro subieron a diez por ciento de lo que eran antes de la pandemia. Conscientes de que su clientela necesita verlos en persona y no a través de la pantalla, los libreros pidieron una visita de la secretaria de salud para oficializar que ellos, como el resto de librerías “formales” de Medellín y los centros comerciales masivos, pudiesen abrir. Argumentando que “estos tiempos son los necesarios para revisar toda la documentación [para] proceder con las visitas necesarias”, la inspección apareció tres semanas después y solo un día después de que, casualmente, se izaran las banderas rojas.

El 24, una reunión increíblemente veloz frente a las tres semanas de silencio que la precedieron dictaminó que el Centro ya estaba ajustado a los protocolos y que, exceptuando unas fichas técnicas, solo faltaba la verificación final. Después de otras exhaustivas visitas más los libreros abrieron, por fin, el 3 de julio.

Los prospectivos compradores toleraron varios minutos el calor de las diez de la mañana rigurosamente separados unos de otros, se desinfectaron en la entrada y emergieron al pacificado laberinto del Centro que se bifurcaba a partir de una columna empapelada de normas sanitarias junto a una ilustración y un dato biográfico de Epifanio Mejía, quien hace más de cien años murió después de 34 de encierro en el hospital mental de Aranjuez.

Dentro, libreros entapabocados resumían tímidamente el trabajo de sus vidas. Muchos locales todavía cerrados de cuenta de tantos que volvieron a los pueblos de sus familias temen emerger del encierro o simplemente no se enteraron. Si en el pasado era imposible caminar cinco metros sin escuchar un a la orden, caballero qué busca, esotéricos, de misterio, Diario de Greg, libros de cálculo, todo con Olímpica a todo taco, ahora el viajero debe enfrentarse a turnos de diez a cuatro calculados con precisión por algún misterioso epidemiólogo. Y aún, un comprador con seis libros como panes bajo el brazo suelta un Dios les pague por todo y bienvenidos como, después de tanto tiempo, doble saludo y despedida.

Pero el escepticismo no es solo cosa pandémica. Parias de la Cámara Colombiana del Libro, ignorados por las editoriales, “vendedores informales” con treinta años de experiencia. Un acuerdo municipal de hace veinte años suspendió el impuesto de industria y comercio en todo el centro comercial. La alcaldía se los siguió cobrando sin dar razón. Solo uno de los libreros, acompañado de un infaltable leguleyo pudo disfrutar de la ley. Una carta de Galvis pidiendo explicaciones por el hecho llegó, con una cortés negativa, a los cuatro años.

Las primeras semanas de la pandemia, impedidos de su sustento, varios libreros se quedaron sin comer. Buscando solucionar los efectos del cierre que ordenó, la administración, a través de la secretaría de cultura coordinó la entrega de unos mercados donados por Colanta: una bolsa de leche, morcilla, un quesito pequeño, bolsitas de Tampico, mantequilla y cuatro bolsitas de yogur que llegaron a la casa de Galvis y él debió guardar en la nevera de algún vecino, para después, bioseguramente, repartir con doce de sus compañeros para que pudiesen desayunar los tres próximos días o en su defecto, espaciarlos durante los dos meses que no pudieron trabajar. En privado y en redes, la administración calificó su entrega de “asistencia alimentaria”.

El mundo de las corteses negativas y los alargados silencios de amante perdido han sido prominentes en el trato con las burocracias. A la vez huéspedes y empleados del Estado, pero vistos como mendigos; si quieren pintar y consiguen un trabajador que cumpla con el papeleo, el hombre está prohibido, por alguna ley, de hacerlo. Cambiar una teja es imposible y si se le pide —o exige— a la autoridad que lo haga nunca hay plata. Dice Galvis: “Aquí hay que pedir permiso por todo. Estamos como si fuera una colonia y eso nos duele. El Centro es de todos pero actúan como si fuera de ellos”.

El contrato que ata los libreros al Centro se reanuda, desde su fundación, de manera indefinida con un alquiler controlado. Pero hace cuatro años, el cambio de una ley laboral provocó que la alcaldía impulsara un nuevo modelo. La emisión de facturas para los arriendos está parada desde noviembre, y aunque la secretaria de bienes y suministros me dijo que eso obedecía a decisiones de la administración pasada aparentemente relacionadas con la morosidad de los alquileres, empleados de la alcaldía le han dicho a los libreros que la decisión fue una movida para que se vieran forzados a firmar, y que, con la pandemia, la apertura del Centro estaba condicionada al sometimiento al producto de la nueva ley: un contrato que puede cesar unilateralmente cada año y permitiría a la Unidad de Bienes Inmuebles aumentar los cánones arrendatarios a su parecer.

Desde Alonso Salazar, las administraciones han sido profusas en oportunidades fotográficas con los libreros; un político conservador, Jesús Aníbal Echeverri, les prometió seiscientos millones de pesos para reparar la maltrecha infraestructura que jamás aparecieron. Eso sí, los arriendos están congelados pero todavía contando; “Póngase las pilas porque los marinillos están preguntando por el Centro del Libro”, le dijo un secretario de gobierno a Galvis hace unos años, con la amenaza de la realidad encima.

El trato que les han dado a Galvis y a sus colegas está marcado por un exotismo mezclado con buenas intenciones y desprecio. Y es por culpa de la misma administración que la situación comercial de los libreros, su dificultad para crecer y su independencia se han desgastado por los años hasta llegar al hambre de hoy. Los 120 que hoy deben rogar hasta llegar a la negativa sentencia final para cambiar una teja podrían ser 120 regados en barrios que jamás han visto una librería. Si las librerías —junto con los bares— son el canario en la mina de la civilización, necesitan, paradójicamente, tener dónde volar.

A pesar de todo, el Centro ha sido, o fue, el hogar de libreros excepcionales. El lector conocedor tendrá sus favoritos, pero así como mi padre compraba, a veces, en la Uribe Uribe, yo tengo a Augusto Bedoya de la Pigmalión con su barba manchada de aguardiente, explicándome por qué la plusvalía es apodíctica, a Hernán Salamanca de La Mina, que me consiguió una edición tremenda de las obras completas de Carrasquilla por una cantidad vergonzosamente baja, a los pelados de Mutante, tal vez la única librería dedicada enteramente al fanzine en el país.

También se la han ingeniado para crear eventos culturales por fuera del circuito y trajeron el Festival Internacional de Poesía, por un tiempo, al Centro. El millón y medio de pesos que tenían ahorrado en la asociación se fue en sostener a los colegas más vulnerables. Yeison Bedoya, otro de sus líderes, cuenta que el embale ha provocado una solidaridad de crisis entre todos: “Estamos intentando garantizar que todos vendamos al día. Si alguien no, un compañero que sí lo haya hecho dona su venta”.

Bedoya, quien es hijo de un librero de la Uribe Uribe creció entre estanterías con otros herederos. “Todos mis mejores amigos están acá. Aquí corrimos, acá jugamos, acá peleamos. Es mi casa y yo lo doy todo por este sitio… muy seguro que hay gente que no se va a parar de esta. Y eso pesa”. Las librerías nunca son, no pueden ser, una sola cosa. Comercio de primeras ediciones con gaseosa y pollo para el almuerzo, ágora de los sabios que escaparon a la universidad, un hogar, una “jaulita de oro”. La libertad no es una aspiración teológica sino la posibilidad de poder construir un mundo, una librería, por ejemplo, sin interferencia. También es, en medio de la catástrofe económica, la plaga y la imposibilidad de cambiar una teja, volver a resistir. Como Galvis me lo dijo: “Las banderas no las cambiaremos por mercados, porque nosotros tenemos dignidad. Nunca nos arrodillaremos. Así nos aplasten”.

CODA: El 11 de julio un decreto cerró la Comuna 10. Citando decisiones basadas en la ciencia, y apenas una semana después de su reapertura, el Centro del Libro volvió al silencio. Solo perturbado cuando el día siguiente a algunos libreros se les permitió entrar a recoger los libros que pudiesen cargar.

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