La casa de Mama Icha

Por Juangui Romero
Fotografías de Oscar Molina

Es la secuencia que cierra el planteamiento del documental, dirían los más estudiosos. Es más, en alguno de los guiones de montaje —que deben ser casi infinitos, pues este proyecto ya ajusta siete años— debe aparecer algo como: 19 minutos, 26 segundos; Interior/noche; apartamento de Filadelfia/EE. UU. En ella se ve a María Dionisia Navarro, Mama Icha, una anciana de 93 años, caminar muy lentamente por el apartamento gringo en donde vive con su hija, la típica migrante que ha tejido su sueño americano a punta de rebusque, según se nos cuenta.

La imagen muestra a Mama Icha levantando los pies con enorme dificultad, moviéndose con la zozobra de alguien que camina en patines, mientras va del corredor donde está situada la cama hospitalaria en la que duerme hasta la cocina. La cámara no la sigue, tampoco hay detalles de ningún tipo, es un plano general largo. Podría incluso decirse que es la imagen típica de una cámara de seguridad, si no fuese por el pequeño diálogo que suscita el documentalista, al preguntarle en off, si cree que ella podrá conciliar el sueño esa noche. El tono del interrogante delata cierta complicidad entre ambos, pues él también celebra que ella se haya salido con la suya. Mama Icha, presa del cansancio y la ansiedad de quien ha conseguido algo largamente deseado, termina simplemente agradeciéndole sin mirarlo; deseándole buenas noches, mientras atraviesa, todavía de espaldas a la cámara, el marco de la puerta de esa cocina. Un gesto que rubrica la soledad de ambos, por más que la vida los haya juntado en esta aventura, encartuchada en documental.

Acto seguido, por corte, como si solo hubiéramos parpadeado, saltamos a la mañana siguiente para volver a verla a ella, atravesando en el mismo plano general de la noche anterior, esta vez de frente a la cámara y elegantemente vestida, el mismo marco de la cocina. Va de regreso a su cama, donde finalmente se sienta. La cámara, tan silente como ella, elige ahora moverse a la derecha para mostrarnos que a su lado están de pie, a punto de derrumbarse, su hija, su nieta y otras dos personas que hasta ahora no habían aparecido, limpiándose las lágrimas, tratando de aceptar que ha llegado ese día… Todos saben que no volverán a verla.

Mama Icha llevaba varios años sorteando con la tozudez y el silencio —las armas infalibles de los ancianos—, los ruegos de todos sus familiares y amigos de EE. UU., quienes no encontraban lógico que a su edad ella se empecinara en retornar a su natal Mompox, la ciudad en donde, según sus palabras, está la casa que construyera para ella y su familia… Ese lugar que nunca dejó de añorar, no obstante que ya llevaba 33 años en EE. UU., a donde llegó convencida, como les pasa a tantas madres, de que solo estaría una breve temporada ayudando a cuidar a sus nietos.

Una temporada también, supongo que pensó que iba a dedicarle a ella Óscar Molina, el director de esta película titulada La casa de Mama Icha, cuando la conoció en 2013, mientras estudiaba Cine y artes mediáticas en Temple University. Él ya llevaba un par de años preguntándose por este tema, hasta que logró depurarlo lo suficiente como para presentarlo como un asunto universal, provocador y sumamente visual, tal como se lo exigía ese posgrado americano, que a la postre le daría el primer sello oficial de legitimidad a este proyecto que ya va en una trilogía transmedia llamada Mi casa, my home, y cuyo eje central es el análisis de eso que llamamos hogar cuando se ve afectado por la migración.

Para ello, Molina se dedicó a bucear en las historias de vida de varios migrantes que han intentado dotar de sentido sus nuevas rutinas, repletas de oficios poco habituales para ellos, mediante la construcción en sus países de origen de unas casas que les permitan seguir siendo importantes en sus familias y en sus barrios. En suma, que los motiven a pensar a cada tanto en sus raíces. Sin embargo, su investigación lo llevó a concluir que en muchas ocasiones ellos nunca terminan habitando esas casas, porque con los años ya no encajan en las dinámicas de los lugares donde crecieron, que a veces, incluso, terminan fastidiándoles; y más contundente aún, porque otros ni siquiera terminan de construirlas.

No resulta exagerado plantear que hoy por hoy todos podemos referir muchas historias de gente cercana que le ha apostado a instalarse en el extranjero. No en vano, somos el país suramericano que recibe más remesas. Y a la par con esto, también podríamos decir que todos tenemos un familiar o amigo que se nos va convirtiendo día a día en una especie de ánima por dejar de ser de aquí y no conseguir ser de allá… Personas que, en muchos casos, al oírlas opinar ingenuamente sobre nuestro país o contarnos como niños las bondades del que ahora habitan, terminamos mejor concediéndoles cierta inmunidad rancia, como la que solemos adjudicarles a algunos amigos de la infancia.

Mama Icha sabe que morirá más pronto que tarde, y todavía no quiere entregar sus banderas, o mejor aún, sabe que esa casa de Mompox, esa pequeña embarcación que dejó en las riberas del Magdalena es la última oportunidad para volver a sentirse viva y no seguir sentada en un mueble reclinable, acariciándose las rodillas, en un país que nunca ha sido el suyo. Ella quiere volver a sentirse la mamá, la jefa del hogar, la comadre que ha vuelto al vecindario, la reina de sus matas e incluso, de sus trastos o “chismes”, como se les dice en la costa a la olla a presión, la loza o el trastero, que ella seguramente invocaba con su mente mientras vivía en EE. UU., para cerciorarse a la distancia de que los había dejado cuidadosamente empacados antes de partir, como lo remarca en el documental.

Al subirse al carro que la llevará al aeropuerto de Filadelfia, Mama Icha le promete al documentalista, es decir, a la cámara, que en Colombia hablarán de todo. Desde ese momento hasta llegar a su casa de Mompox la música que se oye tiene cierto halo marcial; tal vez a modo de premonición. Ese viaje se cuenta en muy pocos planos, y entre ellos, los largos abrazos que ella les da a sus hijos, Gustavo y Alberto, sirven como introducción a estos dos nuevos personajes shakesperianos que marcarán el rumbo final de la historia.

Una historia que transcurre en el interior, siempre oscuro, de esa casa que añorábamos ver tanto como Mama Icha. Pero cuya atmósfera resulta irreconciliable con el sol y la arquitectura imponente de esta ciudad patrimonial. Por eso, se entiende y se celebra que no haya el típico clip de imágenes con el que suelen presentarse esta clase de ciudades como Mompox. Una buena manera de entender que el patrimonio arquitectónico solo cobra sentido si tratamos de interpretar las historias de quienes lo habitan.

Sí, en esta película no sale casi nada de la Mompox colonial, lo único que se ve de esta ciudad son unas hermosas casas blancas cuando Mama Icha va rumbo a su sencilla casa; unas cuantas calles más, de casas normales, por las que caminan sus hijos, mientras el documental avanza; la fachada de su casa que se convierte en un triste leitmotiv; y una panorámica de la ciudad, en segundo plano, tomada desde el río Magdalena, gracias a un travelling realizado en la noche, que se constituye en el marco ideal para escuchar a esta nonagenaria mujer definiendo en sus espontáneas palabras qué es el arraigo… Una inobjetable declaración de amor a su tierra y una contundente declaración de amor a sí misma; acaso, la mejor manera de entender que no ha tomado la decisión equivocada, por más que todo a su alrededor se venga abajo.

El director de este documental ha estado muchas veces por fuera del país. Lo ha hecho como estudiante y como turista; y en ambos casos ha debido vestirse de obrero. Un escenario ideal para interactuar con muchas personas que se han ido de sus países alentadas entre otras cosas por el plan de construir una casa en esos lugares que dejaron atrás. Pequeñas historias que justifican su afán por invitarnos a sentir a través del documental, su inconformidad con este sistema diseñado para evitar que una gran parte de la población mundial pueda alcanzar condiciones de autodesarrollo y prosperidad en sus territorios de origen. Lo demás, como diría Cavafis, se resume en una sola línea de su poesía: “…hasta en el paraíso seremos iguales”.

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