La Muchacha

Por Estefanía Carvajal
Fotografía de Juan Fernando Ospina

Como no sé su nombre, voy a llamarla Muchacha. Tiene el pelo indio de los indios emberas, que es liso y chuzudo y más claro en las puntas. Sus ojos, sin embargo, no son de india, sus cejas tampoco. Los ojos de la Muchacha son dos canicas brillantes que miran con atención. Pero no me miran a mí, que estoy al frente de ella, ni miraban a Juan cuando tomó la foto. Los ojos de la Muchacha se miran a sí mismos reflejados en el vidrio del lente de Juan. Y por más que miran, no ven nada. No ven el reflejo de sí mismos en el lente como yo no veo nada en los ojos de ella. Miro, miro, y por más que miro apenas veo un par de ojos encanicados y brillantes, mudos, cegados por el brillo de las farolas de los carros que pasan volados por la paralela al río para no ver tanto pobre.

De lo demás que es la Muchacha se saben algunas cosas. Por ejemplo, que lleva la geografía del valle tallada en la frente. Por ejemplo, que sus hombros son una playa de arena negra tan brillante que podrían brillar en la noche más oscura. Por ejemplo, que la canción que escucha es una canción triste y está a punto de acabar.

De la postura de la Muchacha se infiere que tiene confianza en sí misma y que cuando camina lo hace con la elegante desfachatez de las muchachas que conocen la calle. Sus cejas pobladas, muy negras, están hechas de tierra negra y fértil de muchacha joven. Su blusita es de muchacha y también la cadena que cuelga de su cuello.

Su sonrisa es quizás lo único que no podría ser de la Muchacha. Sonrisa roja de vieja puta, arrugada, retorcida, mordida, gastada; una sonrisa deforme, de labios irregulares, grandes, rojo sangre; una sonrisa herida que mancha de sangre los labios rojos de la máscara; dentro de los labios leporinos dos hileras de dientes blancos y rectos, y en esos labios y en esa lengua que no veo, el mismo mutismo de los ojos de la Muchacha: de esa boca no podría salir palabra alguna, maullido alguno, gemido otro que no fuese de dolor.

Y aun así, la Muchacha no tiene miedo. Mira algo que no es Juan ni su lente, mira algo que no soy yo, algo que no sé. La Muchacha mira con atención curiosa pero no se inclina. Permanece erguida, con su frente rugosa en alto, orgullosa de su supervivencia. La Muchacha mira algo que está a través de Juan y de su lente, que está a través mío, con sus ojos brillantes y encanicados: la Muchacha respira con la serenidad del viejo que no le teme a la muerte, pero preferiría no morirse.

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