La profesora K

Por Mauricio López
Diarios de estudiantes de 8º

Los días, las horas

Suena la alarma: 5:30 a. m. Para la profesora K ya es hora de levantarse, aunque el día sigue bajo una luna renuente. Diez minutos después, la oscuridad se disipa y el sol descubre las formas del barrio Prado conocido por la profesora K: casas vecinas, árboles, pequeños ventorrillos e incluso piedras y jardineras que se habían perdido de vista en medio de la noche.

El baño es lento. A la profesora K le gusta jugar con su cabello y dejar que el agua masajee sus músculos. Se mira en el espejo y repara en las arrugas, aunque apenas cumplió 37 años hace un par de meses. Luego se toma un café con leche y al trabajo. La profesora K no trabaja en su casa, prefiere refugiarse en la casa de su vecina “la artista”, donde la señal de wifi es mejor. Allí la recibe Rosita, siempre Rosita, la perra de la artista.

K no se despide de su hija Saskia, quien tiene licencia para despertarse más tarde. De su compañero se despide con un guiño o con un beso en la mejilla. Él tampoco se levanta.

El teletrabajo de Kateryne es relativamente fácil, al menos desde la técnica. Antes de salir de su casa, en jean y tenis, prende el celular y abre el grupo de WhatsApp que tiene con los docentes de la jornada de la mañana. Eso lo hace mientras termina el café con leche, que le aviva una pasajera nostalgia. Recuerda los inicios de la jornada en el colegio y el tinto que siempre le tenía, a tiempo y caliente, doña Beatriz, la encargada de la cocineta.

Nostalgia que vuelve cuando, en puntas de pie, sale de la casa para no despertar a su hija, entonces se le vienen a la memoria los rostros de “sus niños”, de sus 39 alumnos, y se pregunta en el silencio: “¿Qué será de ellos?, ¿qué habrán desayunado?, ¿cómo estarán las cosas en sus casas?”.

A las siete a. m. comienza la jornada de la profesora. Para entonces ya releyó Pinocho, ya organizó sus implementos de trabajo y ya se apoderó del salón y la mesa que, muy amablemente, su vecina le ha cedido durante la cuarentena. La profe K no tiene más opción, pues de quedarse en su casa tendría que atender las necesidades y caprichos de Saskia, y alguno que otro “arreglito” hogareño como barrer, trapear o regar las plantas.

En el salón de su vecina, la profesora puede enfocarse en lo urgente, en sus alumnos, y en lo aterrador que puede ser para ellos la cuarentena.

Después de hablar con los demás docentes, y cuando ya el reloj avanza pasadas las siete de la mañana, el WhatsApp de la profesora K no para de anunciar notificaciones. Son sus estudiantes pidiendo el link para conectarse a la clase de lengua castellana del grado octavo, grupo tres, en la plataforma Meet.

El curso también se dicta a través de la herramienta de Google: Classroom, y cuando todavía no son las 7:05 ya se han conectado veintitrés alumnos. Buena señal, aunque lo ideal sería tener cupo completo.

La profesora K pide permiso para grabar la conversación y, tras recibir el sí de todos sus estudiantes, inicia. Ya son muchos días de encierro y zozobra por cuenta del virus, por lo que lo académico ha pasado a un segundo plano. La prioridad es la situación de los jóvenes, el afecto, la supervivencia y las relaciones interpersonales. Por eso, la profesora K, como siempre, recurre a su principal estrategia: los diarios.

Diario de Sofía C.

Diario de Sofía C.

Diario de Karol S.

Diario de Karol S

—Hablemos, por favor, de sus diarios, ¿cómo van? —pregunta la joven guía a sus muchachos, pero se topa con un sepulcral silencio, un vaho de aburrimiento. Al fondo, se escucha un vendedor ambulante que, a todo pulmón, y con megáfono a flor de labio, grita que hay tomate, cebolla y aguacate. Los alumnos se echan a reír y la situación, aunque bochornosa para la profe K, rompe el hielo.

—Mariana A., ¿cómo vas con tus escritos? —retoma la profesora con buen ánimo.

—Bien, profe.

—¿Qué significa eso? ¿Te sientes bien escribiendo?

—Creo que sí, profe. Por lo menos me desahogo un poquito.

—¿Qué te ha pasado en estos días de cuarentena? ¿Te sientes ansiosa o quizás baja de ánimo?

—Extraño salir, más que el colegio, los amigos y amigas.

—Gracias por extrañarme —responde socarronamente la profe, quien esboza una sonrisa para aclimatar a la niña. Luego sigue—: Yo realmente los extraño… Pero siento un tono triste, ¿qué pasa?

—Es que ahora valoro más a la familia… pues, los que vivimos juntos.

—¿Por qué lo dices?

—Es que mi tía tiene que salir a trabajar y a exponerse al coronavirus para poder traer plata y así todos comer, es eso… Quisiera que no saliera, no quiero que se muera, pero si no va, no comeríamos.

—Comprendo. Es maravilloso que hoy estés compartiendo estas emociones, especialmente si las escribes en tu diario; las piensas o si las deseas dibujar y experimentar con los colores, como Frida Kahlo en su diario, ya que da alivio permitirte a ti misma conocerte y liberar esas tensiones, las cuales también a todos nosotros nos invaden en este momento. Gracias Mariana, este momento histórico es de mucha incertidumbre, es decir, no sabemos con certeza qué va a suceder, lo cierto es que debemos estar aislados y la virtualidad es el medio para estar más cerca —explica la profesora K con convencimiento, aunque siente que las lágrimas están prontas—. Hace bien escucharnos, chicos ¿alguien más quiere compartir su experiencia? —provoca K, pero de nuevo, como al principio, se alarga el silencio.

Al cabo de un momento, uno de los alumnos responde en el chat: “Yo profe, yo quiero”, y la clase se torna en una especie de terapia grupal, hasta que el reloj marca las 7:45 a. m. y los jóvenes vuelven a su inevitable “prisión domiciliaria”.

Diario de Marlon A.

Diario de Marlon A

Diario de Manuela C.

Diario de Manuela C

La soledad de Prado

Las calles de Prado Centro parecen siempre en cuarentena. Pocas personas deambulan por ese barrio histórico en el que ya no se ven “Magdalenas polacas” llorando desde el pórtico de algún chalet o señores brindando con whisky en el balcón de algún castillete.

Ya nadie repara, por allí, si aquella casa fue del señor Arango o del señor Olano o si tal familia judía dejó descendientes.

Se ven monjas y ancianos colgados de rejas y ventanas como gárgolas vetustas; taxistas ligeros de lengua que conversan al pie de la Clínica Prado y habitantes de la calle y desamparados que rumian su hambre y buscan un pan o una bebida.

No es una novedad, pese a la pandemia, que Prado parezca un barrio fantasma. Sin embargo, las soledades actuales provocan en la profesora K una suerte de sensación de vacío, de desesperanza, que apenas si llega a atenuarse cuando se pierde en los ojos tibios de su hija Saskia.

Muy cerca queda Manrique, su antiguo barrio, añejo y musical territorio medellinense colmado de lomas y cañadas, que se abarca con la vista desde la esquina de Palos Verdes. Uno puede darse cuenta de que allí, la gente, o poco teme al virus o tiene poca paciencia con los encierros.

Es inevitable sentir envidia o angustia al ver tanta gente en la calle, sin mayor motivo que el de tomarse un tinto en el Café Manrique o en alguna de las tantas panaderías de La 45; o por simple rebeldía y ganas de joder la vida.

Diario de Maria Camila H.

Diario de Mariana A.

En una de las lomas de Manrique está ubicado el colegio de la profesora K, la I.E. José Roberto Vásquez, institución a la que no va hace más de cien días, por la cuarentena. Cien días sin ver y abrazar a sus alumnos, sin poder tomarse un café con sus colegas.

Ahora todo se hace desde ese escenario movedizo en el que no todo depende de la voluntad de aprender o de enseñar; un escenario que, además, hace tiempo existe, pero al que nunca se le puso tanta atención como ahora, cuando el apocalipsis se anuncia en cada trueno, en cada temblor de tierra, en cada estornudo.

La distancia en la educación

A mediados del siglo pasado ya existían en Colombia programas educativos a distancia. Gracias a Radio Sutatenza, muchos colombianos, principalmente adultos, lograron realizar sus estudios de primaria y bachillerato, superando los graves problemas de acceso a la educación formal.

Esos alumnos, habitantes de veredas aisladas de la Colombia profunda, fueron los pioneros de la educación a distancia. En 1963, con la fundación del Instituto Nacional de Radio y Televisión, el sistema fue heredado por la televisión (entidad que fue disuelta en 2004).

Los canales 7 y 11, hoy día Canal Uno y Señal Colombia, emitían diariamente programas de matemáticas o lengua española y, en algún lugar de Colombia, algún campesino de botas La Macha y machete al cinto anotaba los secretos del saber en su cuaderno Norma de tapa gris o café.

Luego, a finales del siglo pasado, llegaron las aulas y los campus virtuales, internet se transformó en la aliada de estudiantes y profesores de todo el país. En particular, de los directivos de las instituciones educativas, que de esta forma tenían la posibilidad de cumplir con las metas de cobertura.

No deja de resultar paradójico que la virtualidad educativa, por el asunto de la pandemia, tenga hoy tantas dificultades, a pesar de que Colombia sea un país con larga trayectoria en educación virtual y a distancia.

Depende de una conectividad sin la suficiente penetración en la población más necesitada y de unas herramientas, celulares inteligentes, computadores o tabletas, que no están al alcance de la mayoría de la población. Resulta que, en el pasado, era normal que en cada casa hubiera un radio, pero ahora no se puede garantizar que en cada casa haya un computador, una tableta, a veces, ni siquiera un celular, o al menos un celular que permita una navegación adecuada. Eso sin contar con la fragilidad de la conexión a internet.

Diario de Mariana P.

La vieja normalidad

La profesora K, Kateryne Atehortúa, tiene 39 alumnos del grado octavo en la I.E. José Roberto Vásquez, ninguno de ellos conoce la historia de la educación a distancia, pero todos, sin excepción, tienen redes sociales y se comunican por WhatsApp o Messenger. A pesar de ello, la vida por fuera de los muros del colegio les ha resultado difícil. Extrañan a sus amigos y compañeros y añoran la ritualidad de despertarse temprano y soportar cada materia, cada profesor, hasta que el timbre declare la hora de partida.

Diario de Manuela C.

Diario de Manuela C.

No era tan malo ese mundo, el académico, ese que creían aburrido y soporífero. Y que ahora se vislumbra como el más anhelado, el oasis que puede verse a corta distancia, pero que por ahora es un espejismo.

Como la esquina del barrio, el puesto de comidas rápidas o la casa de algún amigo a la que iban después de clases, los jóvenes alumnos de la profesora K sueñan con volver a las aulas, a los pupitres, y aguantar una dosis de siete u ocho horas de matemáticas, geometría, ciencias sociales y gramática, porque qué importa, mejor eso que soportar el hogar, lleno de necesidades, con papá y mamá peleando, si es que hay papá y mamá para pelear.

Las faldas de Manrique han contado cientos de historias y las seguirán contando tras esta y otras pandemias. Y esas faldas son lugares conocidos de Kateryne Atehortúa desde que era pequeña y rondaba las calles soñando con ser profesora.

No es la primera vez que sus alumnos sufren, y eso lo sabe muy bien la profe, quien llegó al colegio en 2010, en el mes de abril. Justo el día en que pisó por primera vez el José Roberto se presentó una de las balaceras más crueles en la historia de Manrique. La profesora escuchaba las ráfagas de fusil retumbando en la distancia y veía como jóvenes descamisados y en pantaloneta corrían por las calles del barrio en busca de refugio y en medio de un aguacero.

Desde ese primer día, la profesora es consciente de los demonios que a diario tienen que enfrentar los alumnos de su colegio. Sabe que también padecen abusos en sus propios hogares, que son víctimas de desplazamiento intraurbano y de amenazas de muerte que les impiden salir de sus casas y asistir al colegio.


La rutina sin contagio

Por eso, la pandemia no la tomó por sorpresa. Los alumnos de su grupo vienen con ella desde el grado séptimo, en 2019, año en el que los convenció de realizar un ejercicio de memoria a través de diarios, basándose en los celebrados ejemplos de Ana Frank, Frida Kahlo y Joseph Bau.

Los 45 minutos de desahogo de la mañana dejan asfixiada a la profesora K, quien retorna a su hogar para cargarse con el oxígeno amoroso que le proveen su hija y su compañero Gerardo. Prepara un bolso con ropa, pañales, leche, yogures, gelatinas, frutas, galletas y gomitas de colores que oculta subrepticiamente para no ver el ceño fruncido de su compañero.

Diario de Annie V.

Luego toma la mano de su pequeña y las dos salen rumbo a la casa de la abuela Ceci, la madre de K. Se despiden de papá con besos al aire y largos “te quiero”. Luego, disfrutando del sol, atraviesan las calles de Prado Centro, armadas de tapabocas y manteniendo la distancia con otros transeúntes.

A la profesora K la irrita ver filas mal hechas en las tiendas y corrillos de taxistas conversando en grupo sin tapabocas, como si nada, como si el virus fuera una invención, algo falso.

Siempre de la mano de Saskia, la profe cruza hacia la acera del frente para alejarse de los tumultos y llegar sin sobresaltos hasta la casa de mamá Ceci, también en Prado. Allí, tras saludos insípidos y promesas de abrazos futuros, deja a Saskia.

“Más tarde regreso por ti”, le explica a la pequeña tratando de ocultar el nudo en la garganta. La niña, desde el balcón, le dice adiós con su manita derecha.

El WhatsApp no para de sonar. Los alumnos, aunque no todos, precisan de la ayuda de la profe y son insistentes con los mensajes.

“Profe, ¿cómo ingresamos en la plataforma?”. “Profe, no me da, recuérdeme el link”. Kateryne entiende que, más que interés por lo académico, los estudiantes necesitan ese escape de sus rutinas de encierro.

“Querido diario, en estos días de aislamiento he pensado en muchas cosas, como en que no valoramos la libertad que teníamos. Siempre hemos visto todo como normal, pero ahora que no lo tenemos, valoramos y extrañamos lo que hacíamos, como ir al colegio y compartir con nuestros amigos, y sentir el viento en la calle. Yo, principalmente, extraño reírme con mi amiga en el colegio. Madrugar, no tanto, pero igual, sí hace falta. También extraño ir a mis clases de baile, salir a pasear. Todo esto me hace mucha falta. Hemos estado encerrados todos estos días, en casa. Mi papá sí tiene que salir a trabajar, él es tanatólogo, trabaja en una funeraria. En casa hemos estado jugando parqués, cartas, dominó. Hemos visto películas y nos gusta mucho subir a la plancha y ver las estrellas y la luna. A mí, principalmente, todo esto me produce paz, calma. Me gusta ver la noche, en silencio, y no pensar en nada, o pensar en todo, pero sin estresarme por las cosas que me preocupan”, recuerda que escribió Angie.

Diario de Angie J.

Diario de Angie J.

A la profe le duele el corazón y los pensamientos expresados en los diarios de sus alumnos se acumulan en su cabeza como hormigas que encuentran las sobras de algún alimento. Y ese hormigueo se transforma en dolor de cabeza.

“Querido diario, te cuento que se acerca mi gran día: mi cumpleaños, el 22 de mayo, pero igual me siento como imbécil diciendo dizque gran día, sabiendo que no será un gran día por esta maldita cuarentena. Perdón por esas malas groserías, pero es que a cualquier persona le daría rabia”.

“Querido diario, te cuento que he decidido cambiar. O, mejor dicho, ya cambié. Ya me siento más maduro, menos plaga, menos cansón, menos brusco. Seguramente la profe se pondrá feliz cuando lea esto”, dice en el diario de Marlon.

Los estudiantes confiesan todo en sus diarios, incluso aquello que algunos verían como superficial: un corte de cabello, la crianza de un hámster, la visita a una amiga. Hay otras cosas que prefieren no escribir, y de las cuales la profe se da cuenta indagando con familiares. La niña que dañó su tableta por nervios, pues la dejó caer cuando vio a su mamá drogada en una de las habitaciones. O el niño cuya madre perdió un bebé, y entonces prefirió irse para donde su abuela, aunque allí no había wifi.

Diario de Marlon P.

Diario de Marlon P.

A la profesora también le gustaría compartir sus cuitas. Contar, por ejemplo, que durante mucho tiempo tuvo que vivir con su abuela y con sus primos. Que a su padre biológico solo lo vio un par de veces, y luego lo mataron, y que su padre de crianza, al que de verdad quería, también lo asesinaron.

Para librarse del tormento de sus pensamientos, la profesora aligera el paso. Esta vez va acompañada de su hermano Jero, de dieciséis años, quien también debe reportarse a clases virtuales. Atraviesan juntos la calle Barranquilla y corren hacia el metroplús. El joven no sabe controlar la ansiedad y la profe hace lo que puede para tranquilizarlo.

Entran juntos a la casa de la artista y se acomodan en el salón destinado para sus tareas. Se limpian la calle con alcohol y luego buscan la concentración y la calma necesarias para acometer sus responsabilidades. La profe se desatrasa de mensajes, responde preguntas, pone trabajos y da consejos. Es psicóloga, socióloga, madre y profesora, todo a la vez.

También se ocupa de los padres de familia, de sus compañeros docentes, de su hermano, tan joven y desubicado, y, claro, no deja de pensar en Saskia.

Después de hacer una pausa para almorzar, la profesora retoma sus actividades con encuentros virtuales con otros docentes del colegio y con el instructor del Sena de su hermano Jerónimo. Vuelve a hablar con los padres de familia de alumnos en riesgo de deserción, tema que la angustia y la llena de impotencia.

El almuerzo tiene que ser nutritivo, pero rápido. Vuelve a casa y encuentra a su compañero en lo suyo, en sus asuntos de trabajo, concentrado, como ella, en una pantalla. Se saludan con monosílabos y tratan de manifestar interés.

—¿Cómo van las cosas?

—Bien, todo está bien.

Con eso basta. En la cocina, la profe busca lechuga, tomates, cebollas, pan y queso. Prepara sánduches para los tres y toma un trozo de chocolate para ella y Jero. También sirve vasos de jugo de mora, aunque su compañero prefiere un café.

—Hasta luego, te quiero.

—Yo también, chao.

Se dicen los enamorados y sellan la conversación con un furtivo beso. Los deberes no dan espera.

Hasta las cinco de la tarde, mientras atiende las dudas de sus alumnos y sigue hablando con docentes y padres de familia, la profesora K trata de aprender las herramientas que ofrece Google Education. No para de insistir en la estrategia de los diarios. Piensa, con razón, que lo más importante es permitir que los alumnos se expresen, que se desahoguen, que cuenten cómo les va.

Diario de Valentina H.

Finaliza la tarde y el sol comienza a despedirse. La profesora regresa por Saskia y, con ella de la mano, camina despacio hasta su casa. Saskia se despide del sol. Es la rutina habitual para las dos, sobre todo desde que la movilidad se ha restringido por la cuarentena.

De camino ven guacamayas y se emocionan. Un buen final, antes de llegar a casa en busca de sosiego. Juegan un rato y leen algunas historias en los libros de Saskia. Escuchan música y bailan, como si todo fuera normal, como si el mundo no estuviera un poco lisiado.

Es viernes en la noche, la profesora K prepara una cena inolvidable, una muy merecida. La limpieza de los platos la deja para su compañero. Mientras tanto, lleva a Saskia a la cama para invitarla al sueño. La arrulla, la quiere, la abraza y la niña se duerme plácidamente. Por último, un suspiro y, quizás, un bostezo. Ella también está cansada. Los mensajes colman su WhatsApp, pero no es mucho lo que pueda hacer a esas horas de la noche, cuando la luna ha vuelto a gobernar el cielo y las formas de las cosas han vuelto a trastornarse con la oscuridad. Cuando su esposo ya ha terminado la limpieza de los platos se sientan en la sala con una botella de vino. Los dos, agotados y en silencio, toman de sus copas y sueltan todo el estrés de un día, otro más, de ardua labor. Están juntos, es lo que cuenta. Saskia descansa, sana y salva. En la tele comienza una película, una clásica. La película avanza, pero sin espectadores. Kateryne y Gerardo se han quedado dormidos, abrazados, como queriendo que las nuevas soledades no los persigan hasta el mundo seguro de sus sueños.



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