Pandemia al diario

  • John Restrepo señala Medellin

Por Alfonso Buitrago Londoño
Fotografías de Juan Fernando Ospina

¿Vale la pena escribir un diario en tiempos de pandemia? ¿Tiene sentido narrar la inane cotidianidad de un encierro obligado cuando por las ciudades desocupadas de medio mundo deambula un bicho travieso y astuto con ganas de apilarnos, en el menor tiempo posible, en hospitales y cementerios?

No deja de ser irónico que exista la posibilidad de que el Covid-19 provenga del organismo inmune de un murciélago (probablemente del murciélago grande de herradura chino, Rhinolophus ferrumequinum), insectívoro compadre metafórico de los vampiros chupasangre de la literatura, que de mordisco en mordisco van aumentando su cofradía de infectados.

En la vida real, la estrategia de este nuevo coronavirus es mucho más sofisticada que la hipnotizante y romántica infección producida por el imaginario conde Drácula. Su portador puede permanecer saludable por días, e incluso semanas; se puede parar frente al espejo y ver su rozagante reflejo antes de despedirse de beso y abrazo del amor de su vida, sus hijos o familiares; sus gotas de saliva contaminadas caen a sus manos y se esparcen por su lugar de trabajo mientras expresa a viva voz sus deseos de cambiar el mundo y ser exitoso; no importa si en el pecho lleva un crucifijo bendecido por el papa o en almuerzo se comió un racimo de ajos: ahora nos aterroriza un fraternal apretón de manos.

Sin nadie a quien apretarle la mano, darle un abrazo o compartirle saliva, confinado en mi casa, pasé buena parte de la mañana del miércoles 25 de marzo intentando concentrarme en calificar unos escritos que recién me habían entregado mis estudiantes de la universidad. En los días anteriores me había esforzado por aprender a usar una plataforma que nos permitiría dar clases virtuales y por familiarizarme con múltiples formas de esparcir límpido por un apartamento, bien fuera untado o por aspersión; y así como los ensayos de las clases virtuales habían sido exitosos, los trapos de la cocina resplandecían blancura.

El primer wasap que mandé ese día mientras desayunaba fue para responderle un mensaje a John Restrepo, líder LGBT y presidente de la Acción Comunal de Esfuerzos de Paz, un barrio alto de la Comuna 8. El martes en la mañana me había mandado por WhatsApp un aviso convocando la solidaridad ciudadana para “apoyar la compra de insumos de aseo y alimentos para aquellas familias de nuestra comunidad que han visto sus medios de subsistencia afectados por la cuarentena”. Me contó en un mensaje de voz que la situación en su barrio era crítica: “Tengo mucha gente de la comunidad embaladísima, trabajadoras sexuales, vendedores ambulantes, las mujeres que trabajan en bares, estoy tratando de ayudarles hoy lo que pueda, porque ya viene la encerrona”, se refería a la cuarentena obligatoria declarada por el presidente a partir de ese día en la noche. Por último, me envió una selfi en la que se le veía con una mascarilla azul y un mercado callejero al fondo.

Le respondí contándole que Universo Centro había apoyado una campaña en la misma vía del colectivo @putamentepoderosas para llevarles mercado a las trabajadoras sexuales y vendedores ambulantes del Centro de Medellín y le dije que ojalá saliéramos todos adelante. La solidaridad comenzaba a ser una necesidad básica en muchos lugares de la ciudad. Me dijo que teníamos que estar “en ejercicio de solidaridad y cualquier cosa no es sino que hable a ver cómo nos ayudamos”.

Imagen de WhatsApp con textos
Imagen de WhatsApp con textos
Imagen de WhatsApp con textos

Escogí un primer texto de mis estudiantes para editar y calificar —el encargo era escribir un retrato de un lugar— y le saqué sangre hasta quedar saciado; me lo ataqué como sanguijuela hambrienta hasta que quedó completamente irreconocible y mal herido; sin darme cuenta y medio extasiado, creo que invertí por lo menos dos horas en ese proceso de desangre editorial. Al ver los restos del documento lleno de rayones, comentarios, resaltados, tachones, me di cuenta de que debía parar o iba a contagiar a los textos de los demás estudiantes y a causar que la curva de mortalidad aumentara en el salón.

Dejé por un rato mis ímpetus de editor viral y me puse a leer un artículo publicado en la página web de El País de España y que llamó mi atención en Twitter: “Que cuando esta epidemia acabe nos quede la memoria”, se titulaba y se anunciaba como una carta que les había dirigido el escritor chino Yan Lianke a sus estudiantes de posgrado de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong en su primera clase virtual. Era un sentido encomio a conservar la memoria individual como herramienta principal del escritor: “Si los periodistas no describen lo que ven ni los escritores relatan aquello que recuerdan y han vivido… ¿quién podrá venir a decirnos en qué consiste la vida humana, nuestra realidad, nuestra verdad y nuestra existencia individuales en este mundo?”. Hablaba de conservar los recuerdos individuales como antídoto contra la memoria oficial construida por los Estados: “Hemos de hablar desde la memoria. Si no expresamos nuestros miles de recuerdos individuales, la memoria colectiva, estatal y nacional siempre ocultará y modificará, por razones históricas, nuestra memoria individual… Es por esto por lo que espero que todos vosotros, todos quienes hemos atravesado por esta epidemia, logremos conservar la memoria cuando todo termine”. Me tomé la invitación de forma personal, quizás sí valía la pena hacer un diario, después de todo.

Ya completamente evadido de mi papel de profesor, desperté mi recuerdo individual de periodista y empecé a pensar en cómo darle continuidad a unas conversaciones virtuales que habíamos empezado en Universo Centro el domingo anterior —que llamamos Conversa en Quarentena (sí, con Q, cuestiones del aburrimiento)—, con una charla con dos médicos intensivistas locales que pasan la mayor parte de sus vidas en unidades de cuidados intensivos pediátricas y de adultos. Se me ocurrió que podíamos seguir al domingo siguiente con un par de rectores de universidad, una pública y una privada, para que contaran cómo se habían adaptado a tener sus campus cerrados, con los salones vacíos y cientos de profesores desde sus casas dictándoles clases a decenas de miles de estudiantes a los que de repente la universidad se les metió al rancho.

Dudoso de si volver a mi oficio de hacerles procedimientos invasivos a los textos de los estudiantes y conectarlos a un respirador que les soplara vida a sus relatos —los mismos estudiantes con quienes el día anterior había tenido la primera clase virtual de mi vida y les había dicho que estos eran tiempos de ser flexibles—, me acordé de mi amigo Marcel Ventura, un editor de verdad, que el fin de semana me había mostrado, en tiempo real vía WhatsApp, cómo ahogaba en alcohol (etílico, no antiséptico) su encierro de semanas en su apartamento de Barcelona. Le escribí y le pregunté si le sonaba la idea de que hiciéramos una conversación por Skype sobre su encierro en España y que si le parecía bien que invitáramos a Andrés Felipe Solano, el escritor colombiano que vive en Seúl. Se emocionó mucho con la propuesta —creo que se lo tomó como si lo hubiera invitado al bar— y me contó que precisamente le estaba editando un libro a Solano sobre la crisis del coronavirus en Corea del Sur. Con primicia incluida me pareció más pertinente que la charla con los rectores, quizás todavía muy abrumados. Aunque en Seúl eran las tres de la mañana, Marcel le envió un wasap a Solano para invitarlo a la charla. La nueva Conversa en Quarentena estaba cuadrada y ya era hora de almorzar un recalentado de chile con carne de la noche anterior.

En la tarde, mientras miraba en la cuenta de Instagram de Universo Centro cómo se comportaba una entrada que habíamos publicado sobre una visita a un desolado Barrio Triste, recibí un mensaje de voz de WhatsApp de Papá Giovanny, ex mecánico automotriz de ese mismo barrio, líder por un tiempo de la población indigente, y luego asombrosamente transformado en director de cine: “Por aquí volteando desde este celular, le estoy ayudando al Mocho y al Ojón, que son tirados en carretera, y ya no tengo nada para darles o me quedo yo mirando pal techo, pero me acabó de escribir Lady Tabares (la protagonista de La vendedora de rosas), que está sin nada, intenté conseguirle algo con una gente de la Alcaldía, pero ayer dieron unos minimercados y los regalaron en El Pesebre, la idea es si de pronto vos, un amigo o una amiga tuya le quieren donar algo a Lady, lo hacen si quieren de manera personal para que esa pelada coma en la casa, a uno le da es putería todo esto, y bueno, eso era, y si no, tranquilo, seguimos siendo hinchas del Medellín, no seás hijueputa con el poderoso”. A veces las conversaciones que tenemos en la vida real parecen regidas por el mismo algoritmo que le empieza a mostrar a uno en redes sociales ofertas de zapatos cuando uno estaba pensando en cambiarlos.

Imagen de WhatsApp con textos
Imagen de WhatsApp con textos

Algunos miembros del equipo la recibieron con preocupación y tristeza, una integrante hizo una donación casi inmediata. Le escribí a John diciéndole que lo iban a contactar. Al final de la tarde me contestó: “Mil gracias, estamos tratando de generar ayudas de todas las estrategias y formas. Estamos haciendo dos cosas, una está encaminada a Esfuerzos de Paz, donde tenemos las siguientes situaciones: cuatro adultos mayores en situación de abandono, porque vivían de estar en la calle pidiendo, los tenemos en la casa con los vecinos poniéndoles ojito para que no salgan; y tenemos población venezolana que trabaja de manera informal, dos y tres familias en un solo hogar, y la población del territorio. El tema principal es el de los servicios públicos, como la mayoría de la población tiene contador prepago, por no decir todos, si no tienen con qué conseguir el diario y no tienen con qué hacer la recarga de dos o tres mil pesos diarios están embalados. Ayer teníamos cuatro sin energía. Con cincuenta mil pesos que nos habían dado logramos hacerles la recarga. Imaginate la gente en hacinamiento, encerrada y sin luz. Y tenemos otra acción para la población LGBT, especialmente para las chicas trans que no tienen con qué pagar el hotel y no tienen comida”.

En medio de tanto sufrimiento, yo estaba contento. Había puentes de solidaridad tendidos y los estudiantes sentían que podían ser útiles. Me puse a editar un relato más, una historia de grafitis hechos por mujeres en la Comuna 13. La edición fluía con mucha más tranquilidad que por la mañana. A eso de las siete de la noche, John me envió el tráiler de un programa de televisión en el que aparecería y que transmitirían por Teleantioquia a las diez y media de esa noche. Otro motivo de alegría. Terminé de editar el texto y me fui a la cocina. Segundo hogar en cuarentena. Debía gastarme un pollo que había puesto a descongelar hacía un par de días.

Estaba comiéndome unos trozos de pollo asado con salsa pesto cuando cerca de las nueve de la noche recibí un mensaje de la fotorreportera Natalia Botero. Era un mensaje reenviado y decía: “Urgente, hirieron con arma blanca en la comuna 8 a John Restrepo de Casa Diversa, en este momento está en urgencias de una clínica de Medellín, solidaridad. Repliquemos para que la gente se informe”. Tuve que volver a leer. Inmediatamente llamé a Natalia para preguntarle por la procedencia de la noticia. El mensaje circulaba en chats grupales de periodistas. Katalina Vásquez, de Generación Paz, tuiteó minutos después: “Lamentamos informar que John Restrepo, líder social, fue atacado esta noche en Medellín con arma blanca y está herido de gravedad. ¡Ni en la cuarentena para el ataque a nuestros defensores de derechos humanos! @QuinteroCalle exigimos respuestas y protección”. Iluso, marqué el celular de John, con la esperanza de que quizás su hermana o alguien conocido contestara. Correo de voz. Reenvié el mensaje original de Natalia a todo el que se me ocurrió podía ayudar: periodistas, concejales, líderes sociales y culturales. Y a mis estudiantes, que respondían con emoticones de manos en posición de oración, corazones y buenos deseos de recuperación. Difícilmente iban a tener una lección de periodismo igual.

Pasaban los minutos y me llegaban mensajes reenviados, con alguna esperanza. John Mesa, de la Mesa por la Paz, decía que se estaba estableciendo un perímetro de seguridad, pero que la situación era delicada y los compañeros de John por miedo se negaban a dar información de su paradero. Generación Paz volvió a tuitear: “Acabamos de conocer un audio de @PoliciaMedellin donde informa que está fuera de peligro y que será puesto en una ruta de protección ¡Gracias a Dios que está bien! A cuidar a John y a todos nuestros líderes”. Respiré un poco. El mensaje de la Policía era de la capitana Claudia Mejía, coordinadora de la Oficina de Derechos Humanos, que decía que había hablado con John y tenía tres heridas con arma blanca que “no reviste gravedad, ya fue atendido en la Clínica del Rosario, está fuera de peligro, vamos a continuar con la ruta de atención y protección para el señor, vamos a estar muy atentos y se va a hacer el despliegue de la ruta tanto institucional como interinstitucional”. El concejal Daniel Duque me reenvió un audio del general Camacho, comandante de la Policía Metropolitana: “Ya estamos al frente de eso, posiblemente lo den de alta, mañana le informo a la UNP a primera hora y ya tenemos gente de la Sijín investigando qué pudo haber ocurrido”.

Pasadas las diez de la noche, el concejal Duque me dijo que había logrado hablar con él y que se encontraba fuera de peligro. Minutos después, Casa Diversa sacó en redes un comunicado oficial: “John Restrepo ha sido víctima de un atentado contra su vida, cuando se encontraba en su vivienda la noche de hoy (25 de marzo), atendiendo a la cuarentena obligatoria… Este hecho revictimiza a una persona y a una organización. La Mesa LGBTI de la Comuna 8 fue reconocida como primer sujeto de reparación colectiva LGBTI y hoy denunciamos, desde Casa Diversa, nuevamente un acto que intenta aniquilar nuestra existencia, liderazgo y diversidad. Exigimos protección y garantías de no repetición. Esto sucede en el contexto de las otras vidas perdidas de líderes sociales en lo que va del año”.

Imagen de WhatsApp con textos
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John llevaba semanas amenazado por su condición de presidente de la Junta de Acción Comunal de Esfuerzos de Paz, apetecida por viejos líderes de combos delincuenciales que luego de salir de la cárcel viene retomando el control de la comuna. Su situación no había sido atendida por las autoridades y en el estallido de la pandemia se había dedicado a alivianar las desgracias de su gente. Cuando la vida de toda una comunidad de repente está amenazada es fácil dejar de percibir los riesgos propios. Muchos líderes no se dan cuenta cuando la pandemia de la violencia social los ataca sin darles ni siquiera el chance de llegar a una unidad de cuidados intensivos. En esta pandemia MDE-20 la ciudad pide a gritos que le ayuden, pero quienes salen en su alivio terminan hospitalizados por otro virus. Por lo menos vale la pena llevar un diario para que los recuerdos individuales de esta crisis no se pierdan en la volatilidad de nuestros mensajes virtuales.

Aviso pidiendo ayuda para John Restrepo después del atentado

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