Pare

Por Catalina Arroyave
Fotografía de Juan Fernando Ospina

En total visité dieciocho ciudades del mundo el año pasado. Me invitaron a varios festivales de cine para mostrar mi primera película y estaba emocionada, decidida a no perderme un instante de esa experiencia que por momentos me parecía una alucinación. Mi cuerpo pasaba de un avión a otro, de una calle a otra, el tiempo era un huracán que me llevaba entre aviones y desconocidos. Vivía en el huracán y en los aeropuertos, en uno solo porque todos los aeropuetos son el mismo. Fui a Nueva York por primera vez, caminé buscando el Hotel Chelsea, tratando de explicarle a cada persona con la que me encontré que ahí había vivido Patti Smith, pero no encontré a nadie que viera más que un hotel deprimido. Quise entrar y una mujer vestida de terciopelo negro me dijo: “Está cerrado querida, vuelve en dos años”. Tuve una escala de dieciséis horas en Filadelfia arrastrando mi maleta por los pasillos del aeropuerto y dormí sobre ella en un banco. Viví un par de días en una residencia de estudiantes en Austin donde un grupo de chicos llegaba a las tres de la mañana haciendo el sonido de una manada, la líder aullaba como Tarzán. Intenté bañarme en una ducha que nadie había lavado en meses porque sostenían la casa con trabajo voluntario, y salí de ahí a posar sobre una alfombra roja. Cuando aterricé en Sao Paulo el aeropuerto acababa de ser asaltado por un francotirador y varios ladrones de a pie. Viajé veinticuatro horas para estar veinte en una ciudad de Suiza y regresar al otro día a Medellín. Salía del vértigo para regresar a casa y dar clases en la universidad. Después de nuevo en el aeropuerto. Tengo la sensación de que fue el lugar en el que más tiempo pasé. Al final del año ya sabía cómo volverlo mi casa. Me empacaba una maleta de libros, y tenía una estrategia clara de espera: ubicar el café barato y descifrar el wifi; encontrar la sala con buena luz para leer. Escuchar los idiomas ajenos, la voz de los extraños, cada uno con su mundo encima, que en el aeropuerto desaparece momentáneamente porque uno descansa de ser el que siempre es en el anonimato del tránsito. Cada uno espera. Mira por la ventana. Hay una cierta expectativa infantil compartida porque viajar en avión es un misterio inexplicable para casi todos y aun detrás de los rostros más adustos, el niño que cada uno fue está alegre porque va a volar. O eso imaginaba yo. Olvidé muchos detalles de cada sitio que visité. Nunca he hecho un álbum, no imprimo las fotos, no hago un diario de los días que paso en otro país. Yendo de aquí para allá me decía con preocupación que iba a perder toda esa vida si no podía recordarla, que iba a perder esa experiencia si no podía volver sobre ella. ¿Cuándo me voy a acordar de todo esto, cuándo lo voy a entender? Cuando tenga tiempo, me decía. Cuando pare.

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