Voceadores

Por Santiago Rodas
Fotografía de Juan Fernando Ospina

Como en una pintura de Rubens que el tiempo no logra borrar, el barroco del Parque Bolívar de Medellín se opone a que el fin del mundo se entrometa en sus prácticas cotidianas. Permanece, pictórico, casi inmutable en sus modos de existir pese a la contingencia. Con tapabocas y sin la distancia burocrática de la bioseguridad, el círculo de las discusiones milenarias sobre política, religión o fútbol sigue a flote, no se hunde, sobrevive al naufragio pandémico del presente.

Los del círculo son la verdadera estatua que sostiene la ficción fundacional del parque más importante de la ciudad. Las palabras que caen de sus bocas al suelo son el alimento de un dios dormido que habita cerca de la Calliandra medellinensis; ahí hace nido, cuida a La Dany, a las tinteras, a los brujos de Segovia, a los pillos con hambre. Bolívar, encima de su caballo, vigila el círculo de los contendores con una ferrosa envidia, no puede comentar sobre ningún tema y es mejor así.

Los voceadores afincados en sus lugares manotean, gritan, alegan, se desgañitan, se lanzan puñetazos lingüísticos. Dicen: Dios existe, luego no, luego más o menos. Dios ha muerto, viva Dios. El Verde es el rey de copas, el Medallo es el equipo del pueblo, papá. Uribe es un paraco. Uribe le devolvió la seguridad a este platanal. Uribe está en prisión domiciliaria. Los extraterrestres vendrán por nosotros antes de que se acabe el mundo, ya lo explicó muy bien Regina 11 en su último video de Youtube. El virus se lo inventaron para tenernos controlados, así nos querían ver, encerrados y sin trabajo. Pablo Escobar vive y lo vieron bailando en El Suave con una peladita de Robledo. La sombra del viejo gualanday los protege mientras su faena aturde la algarabía de los loros en las copas de los árboles.

Terminada la jornada, el círculo de los voceadores se va satisfecho para cada una de sus casas. Desahogados, livianitos, con la cabeza despejada después de recibir y proferir tantos insultos son seres de paz. Con plena conciencia de que el Parque Bolívar no sería lo mismo sin el sudor de sus frentes, sin la presencia circular de sus cuerpos reunidos, sin su persistencia, sabiéndose sobrevivientes a varios finales del mundo, a los nadaístas, a Federico Gutiérrez con pulsión renovadora. Seguro tienen sueños plácidos y dulces, con olor a crispeta.

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