Motivo pandemia

SE RIFA EL NIÑO DIVINO

Pues claro que a nadie le gusta salir de sus cosas y feriarlas con tal de mantenerse a flote, así que un poquito de comprensión por favor que también en El Guanábano el coronavirus ese ha hecho estragos, con la ayuda del Gobierno y sus medidas cuarentenarias. Aunque en este bar siempre hemos sabido, como Joe Gould, que para tocar fondo tendríamos que empinarnos.

Secos los ahorros y sin la compañía de bebedores, nos tocó entonces rifar nuestro preciado Niño Divino este próximo 4 de septiembre.

Con dolor en el alma, entregaremos en custodia a la criatura que nos ha protegido con sus milagros y su sacrosanto poder, convencidos de que es mejor dejar ir al Niño en buenas manos que cerrar definitivamente la puerta y que se lo lleve embargado la agencia de arrendamientos.

Así que gente guanábana, a participar en el sorteo. Cada boleta con su boleta.

ASÍ CONSIGUES LA BOLETA DE LA RIFA DEL NIÑO DIVINO DEL GUANÁBANO

Facilongo. Consigna los 50 mil en alguna de estas cuentas:

– Ahorros Bancolombia. Cuenta 1017 256 9803
– Ahorros Confiar. Cuenta 13 836 0318 (cc: 43 983 245)
– Nequi: 3014296400

QR Nequi
QR Bancolombia
Luego llenas un sencillo formulario en https://forms.gle/ywMTB5nPRNCTVHoQ7

adjuntando el comprobante de consignación y recibirás en tu correo la confirmación.

Si es en efectivo, vas al Guanábano entre las 4 y las 9 pm (y aprovechás y comprás también una lasaña, afiches, camisetas UC, te tomás un café de los buenos, o llevás cerveza y licor para tomar en tu casa. O sea que hay que ir con más platica y tapabocas).


Información, dudas, noticias, chismes y críticas en rifadivino@gmail.com y en el facebook Guanábano Bar.

¡EL GUANÁBANO NO SE ENTREGA!

El gran premio:

El ganador puede llevarse para su casa el Niño Divino del Guanábano hasta el día del próximo cumpleaños del bar (abril 17 del 2021).

No se garantiza que en la casa de quien gane haga los milagros a que nos tiene acostumbrados.

El ganador debe devolverlo intacto. Como a cualquier niño.

El ganador se compromete a prestarlo por un día con motivo de la fiesta de reapertura del bar, a celebrarse el día que el virus quiera.

Por otro lado, el ganador puede renunciar a llevarse al Niño y dejarlo en su santuario de El Guanábano. A cambio, una placa metálica con su nombre (o con un pequeño texto que elija) será puesta a los pies de la imagen por toda la eternidad.

Dos premios secos:

– Quien gane el primero verá su fotografía colgar de un dedo del Niño Divino, dentro de un pequeño escapulario, durante medio año.

– Quien gane el segundo, podrá doblar en forma de moño un dólar de su propiedad y ponerlo debajo de la imagen hasta diciembre de este año, a fin de que le llueva prosperidad. Cumplido el plazo, el dólar quedará en poder del bar.

Premio de consolación general:

Una vez reabierto el bar, todas las personas que compren la boleta adquieren el derecho exclusivo de entrar de rodillas desde la puerta hasta el nicho donde resplandece la sagrada imagen. Nota: el bar no proporcionará los granos de maíz sobre los que se arrodillarán.

Al mismo tiempo la Mona en persona les dará la bendición Uribe et Orbi.

Nota: El sorteo del Niño Divino cuenta con todos los permisos eclesiásticos. Ver Dispensa papal.

SIN CABEZA, PERO DIVINO

LA VERÍDICA HISTORIA DEL NIÑO JESÚS DEL GUANÁBANO

El Niño Divino hizo su aparición en El Guanábano alrededor del 2010. Hay quienes sostienen, y lamentablemente es la creencia generalizada, que fue llevado por la propietaria con el objetivo de mantener limpia el aura del bar, tras haberlo adquirido en un reconocido almacén de imágenes religiosas llamado Íconos y algo más. Es lamentable porque basta conocer algo de la suspicaz personalidad de la dueña y de su batallador racionalismo para considerar esta hipótesis como increíble.

También hay quienes dan crédito a un falso relato que narra cómo el Niño Divino fue instalado intacto en su nicho y a los pocos días un poeta loco que frecuentaba el Parque lo atacó, sin explicaciones de por medio, haciendo añicos su cabeza, que desde entonces sería remplazada por una guanábana.

La verdad es muy distinta, según se ha podido establecer gracias a la ayuda de un sacerdote asiduo del bar, de quien únicamente podremos decir que es claretiano. Este ministro de Dios ha investigado durante años la presencia activa de imágenes religiosas en tabernas, cantinas y bebederos de todo el orbe, demostrando que no es algo tan inusual como algunos dogmáticos piensan. En un pueblito de Irlanda, por ejemplo, aquellos que se pasan de tragos pueden dormir su rasca en brazos de una pietá imitación mármol, y cerca a Salvador, en Brasil, el centro de una cantina está dominado por un gran y colorido Corazón de Jesús, del que liban sus feligreses por la aorta o por la coronaria según sus gustos. “Quizás esta expresión de la religiosidad popular demuestra que hay santos que sí buscan a los más perdidos, que salen de la zona de confort de sus iglesias, que se juntan y se revuelven. Santos non sanctos”, advierte nuestro cura en toda su autoridad.

Pues bien, esta es la historia: el Niño Divino del Guanábano se presentó de sopetón una madrugada lluviosa, y de una vez sin cabeza, ante dos meseras del bar. Las dos se habían quedado después del cierre para adelantar las labores de aseo y al subir la persiana metálica para salir casi chocan con la imagen, que quien la viera diría que estaba escampándose bajo el alar. La primera reacción de las chicas, después de exclamar ay juepucha, fue buscar la cabeza en el suelo, dándose cuenta de que un nutrido conjunto de artículos, piezas y vestigios de cuanta cosa pueda existir se regaba a los pies del Niño, menos la cabeza.

No cupo duda para ellas, entonces, de que se trataba del menaje de alguno de los recolectores que frecuentan el Parque para feriar su surtido de cuadros viejos, bastones, juguetes sin pilas, insignias, chapas y frascos vacíos de perfume, todo a la venta. Al dueño no lo vieron por ninguna parte. “Eso fue que la policía se lo llevó por alguna carajada”, pensaron, y, solidarias, recogieron el universo de chécheres para guardarlo en la bodega, menos al Niño, al que llevadas por un impulso que no comprendieron en ese momento, instalaron en un hueco en la pared, forrado en madera, que toda la vida había estado ahí pero que nadie nunca se preguntó por qué ni para qué. Encajó perfecto.

Por varios días se les preguntó uno por uno a los cachivacheros si se les había perdido algo, hasta que apareció el que era, solo que al desmontar la imagen para entregársela con todo lo demás, declaró firme: Ese Niño no es mío. Muy honrado le pareció a todo el mundo.

Y hasta el día de hoy no se sabe a quién perteneció ni por qué andaba sin cabeza por ahí. Han surgido, claro, especulaciones: La tribu punkera que puebla el parque converge en que se trata de un regalo que dejó Chepo para protegerlos de la maldad, pues era un generoso vecino rico que solía pasar y darles plata o comida, y entre tanto se tiraba unas pepas con ellos. Dicen ellos que Chepo desapareció sin dejar rastro el día anterior a la llegada del Niño y que al preguntarle a la hermana por su paradero simplemente les dijo que Chepo había perdido la cabeza, pero eso es mera coincidencia, así como aquello de que la guanábana está cargada de pepas.

Por mucho tiempo se creyó que la clave que develaría su procedencia estaba en un pedazo de papel impreso que, más o menos a los cuatro años de estar bendiciendo el bar, cayó de su interior en una de las esporádicas jornadas de limpieza. Este era:

(Foto J.O. Archivo El Guanábano. D.R.)

Tuvo que interceder SC, otra feligrés, conocedora de idiomas y culturas del sudeste asiático, para aclararnos que el papel de marras correspondía a un trozo de un manual de una olla arrocera, o algo así. Cómo llegó al interior del Niño Divino es otro de los misterios sin resolver que lo rodean.

Sin embargo el mayor de todos los misterios es el fenómeno que tiene cabida mes a mes, cuando su cabeza de guanábana termina de pudrirse, se cae y le sale otra en perfecto estado, en un santiamén, prodigio que no ha podido ser visto por ninguna persona, ni fotografiado ni filmado ni nada. Se rumora que sólo unas cuantas pepas secas, producto de la sagrada metamorfosis, han sido recogidas y engarzadas en un collar utilizado con mucho éxito por un tal Doctor Víctor para exclusivas prácticas esotéricas. Con todo, no deja de ser una historia descabellada.

Hoy ya casi nadie se interesa por saber de dónde vino el Niño Divino ni cómo fue a parar al Guanábano, pero sí muchas las personas que confían en su protección le hacen promesas y piden favores, y son multitudes las que cada 17 de abril, con motivo del cumpleaños de El Guanábano se postran a sus pies para orarle (o para disimular y guardarse algo entre la ropa, o para pasar la traba, no se sabe bien).

Seguramente serán también multitudes las que acudirán este año a la majestuosa rogativa por el centro de la ciudad, con el Niño en andas, para pedir por el fin de la pandemia o el fin del mundo. Lo que pase primero.

MILAGRITOS DEL NIÑO DIVINO DEL GUANÁBANO

La verdad es que hasta hoy este Niño Divino no ha hecho un milagro-milagro que se diga, pero hay suficientes evidencias de que se mantiene pendiente de su rebaño y cobija bajo su manto de bondad a los feligreses del bar.

En cierta ocasión, por ejemplo, un escritor arribó a punto de naufragar en el mar de tragos que se había bebido y al momento de ocupar un puesto en la barra se dio cuenta de que no llevaba su inseparable morral, en el que además de la cédula, un libro prestado y un suéter, cargaba un cuaderno lleno con los apuntes de su próxima novela, recogidos durante dos años de trabajo y reflexión. Enterados de la grave pérdida, y después de tratar de reconstruir, inútilmente, la ruta de copas del amigo para así talvez recuperar el morral, todos en el bar prendieron velas al sagrado Niño y le ofrendaron licor, rogándole que apareciera. Y fue así que al cabo de una semana de oraciones, sin que se supiera cómo, el morral apareció en una mesa, con libro, cédula y suéter adentro y sin un rasguño. Sólo se perdió la novela. El Niño Divino del Guanábano nos salvó.

Y en otra ocasión, durante una de las tantas requisas a que nos tienen acostumbrados en el Parque del Periodista, se entraron al bar una docena de policías en tumulto y a los gritos ordenaron apagar la música y encender las luces a tope. “Hoy nos alzamos a estos drogos”, se les oyó proclamar. Miedo no nos dio de inmediato, pues como ya se dijo los raqueteos son demasiado comunes por estos lares, hasta que vimos entre la tropa a uno de esos perros antinarcóticos que venía entusiasmado zigzagueando su nariz desde la puerta.  A temblar, porque ese animal sí iba a encontrar lo escondido entre medias y zapatos, entre relojeras y bolsillos secretos, en la oscuridad de los calzoncillos.

Pero sucedió que al pasar al lado del Niño, el laborioso can se detuvo de repente, alzó su trompa y mirándolo fijamente se sentó ante él, como en éxtasis. El teniente a cargo, por supuesto, interpretó la señal: “Ahí está la caleta”, sentenció dichoso. Entonces se dedicaron a esculcar la imagen por dentro una y otra vez, a rasparle pedazos para hacer pruebas, a voltearla patas arriba y sacudirla, hasta que se dieron por vencidos. Qué iban a encontrar si el Niño es un verdadero santo. Mientras tanto nosotros logramos encaletar mucho mejor todo lo poseído, con la suerte de que el perro no salió de su estado de enajenación; quedó poseído. ¡Alabado sea el Niño Divino, nuestro protector!

Atención: Si usted conoce algún otro prodigio, fenómeno o buena acción del Niño Divino del Guanábano por favor háganoslo saber, pues se necesitan muchos testimonios para que la causa de su canonización prosiga en el Vaticano. Colabórenos.

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